01/07/2017

Por qué Paul McCartney recuperó sus derechos de autor

(Y por qué los había perdido)

Paul McCartney / Facebook
Paul McCartney

¿Necesita uno de los músicos más redituables del mundo establecer una disputa legal para recuperar sus derechos de autor? Por supuesto que sí, sobre todo si la figura en cuestión es Paul McCartney. Esta semana, el Macca le puso fin a varias décadas de litigios para volver a tener poder sobre todo el repertorio que firmó junto a John Lennon mientras los Beatles estuvieron en actividad, en una historia que incluye cláusulas leoninas, traiciones por parte de reyes del pop, y una serie de estrategias y planteos que no sirven más que para confirmar que las canciones no son sólo obras de arte, sino también herramientas para hacerse de dinero. Mucho dinero.

El punto de partida de esta historia está en 1963. Cuando los Beatles grabaron Please Please Me, su álbum debut, el manager Brian Epstein les hizo crear a los Fab Four una compañía de publishing para administrar los derechos y regalías de sus propias canciones. Así nació Northern Songs, cuya titularidad estaba integrada por Lennon y McCartney con un 20 por ciento del total cada uno, y el 60 restante repartido entre Epstein y el editor Dick James. Cuando los Beatles se volvieron un fenómeno mundial, Northern Songs se tornó una compañía pública en 1965, con una redistribución que desfavoreció a los propios músicos: Paul y John se quedaron con un 15 por ciento, y sus compañeros de banda tuvieron porcentajes de un solo dígito.

En 1969, la relación entre los Beatles y James se puso tan tirante que el empresario optó por vender su tajada a ATV Music, una empresa creada por un magnate británico de los medios. A pesar de sus esfuerzos, Lennon y McCartney poco pudieron hacer para evitar la maniobra: irónicamente, eran socios minoritarios de la sociedad creada para administrar los derechos y regalías de las canciones que ellos mismos habían compuesto. Al poco tiempo, ATV pasó a tener control del catálogo beatle, por lo que John y Paul decidieron venderles sus acciones y quedarse cada uno con sus respectivos créditos de composición y nada más.

La historia permaneció sin novedades hasta 1982. Después de varios intentos que habían quedado truncos en diversas ocasiones, McCartney pudo colaborar con Michael Jackson en dos canciones de Thriller, y el Rey del Pop le devolvió la gentileza al sumarse para “Say, Say, Say”, de Pipes of Peace. En una de sus jornadas de grabación, Macca le contó a Jacko lo que le había pasado con ATV, y que por eso había comprado el catálogo de otros artistas (como el de Buddy Holly, por ejemplo) a modo de inversión financiera. La maniobra tenía sentido: quien tiene los derechos de la letra y música de una canción gana dinero cada vez que suena en una película, en la televisión, en una publicidad o hasta en un concierto. Según el propio Paul, cuando terminó su explicación, Jackson le respondió en broma “un día voy a ser el dueño de tus canciones”. Lo que McCartney no sabía era que estaba hablando muy en serio.

Con la ayuda de su abogado John Branca, Jackson comenzó a comprar derechos de canciones de los 60 que le gustaban para bailar. En 1984, Branca le informó que ATV, ahora en poder de un billonario australiano llamado Robert Holmes a Court, estaba a la venta, y su paquete incluía 251 canciones de los Beatles más otras 4 mil de otros artistas. Para evitar asperezas, el abogado primero contactó a Yoko Ono para consultar si no prefería hacer ella la compra junto a McCartney, y la viuda de Lennon desistió, pero le dio el visto bueno a Jackson, argumentando que prefería que fuese él y no una compañía quien se quedase con la tutela (irónicamente, fue lo que terminó pasando años después).

Resignado, Macca también se retiró de la oferta ya que el monto era demasiado elevado para poder pagarlo él solo. Cuando el asunto se hizo público, otros empresarios se interesaron por comprar el catálogo (Richard Branson, dueño de Virgin, y el magnate discográfico David Geffen), por lo que la base de 30 millones de dólares comenzó a escalar cada vez más alto. Después de meses de negociaciones, Branca cerró el acuerdo en 47,5 millones de dólares por el total de ATV, con la excepción de “Penny Lane”, que Holmes a Court quería... regalarle a su hija.

Pero todo lo que sube tiene que bajar. En 1995, una serie de problemas económicos llevó a Jackson a vender la mitad de ATV a Sony por 110 millones de dólares, lo que devino en la creación de Sony ATV, con el músico y la compañía como socios igualitarios. Los números rojos reapacieron en las finanzas de Jacko en 2006, por lo que Sony ofreció hacerse cargo de sus deudas a cambio de adquirir el 50 por ciento de esa parte, lo que dejaba a la compañía a cargo del 75 por ciento del paquete.

Cuando el músico murió en 2009, su tajada pasó a estar controlada por Branca y sus herederos, y Sony compró su parte por la nada despreciable cifra de 750 millones de dólares. Nada mal, teniendo en cuenta que ATV ya no solo poseía el cancionero beatle, sino también derechos de los Rolling Stones, Elvis Presley y Bruce Springsteen. La movida tenía además sabor a revancha: en 2002, Jackson había amenazado con demandar a Sony por no apoyar su último disco, Invincible, que costó 50 millones de dólares entre producción y difusión, pero había sido un fracaso de ventas. De hecho, el autor de "Billie Jean" llegó a acusar de racista a Tony Mottola, director de la compañía en una protesta por los derechos civiles de la comunidad negra en Nueva York. 

Y a pesar de que McCartney desistió durante muchos años de recuperar la tutela de sus propias composiciones (“El problema es que las compuse a cambio de nada y tener que pagar esa suma desorbitante no tiene sentido”, dijo en una entrevista con Howard Stern), su opinión cambió con el paso del tiempo. En enero de este año, el ex beatle presentó una demanda con el foco puesto en la legislación estadounidense, más particularmente en el Acta de Copyright de 1976, que establece que todos los artistas que vendieron sus derechos a terceros antes de 1978 podían recuperarlos pasados 56 años de la creación de la obra. De esa manera, “Love Me Do”, la primera canción que los Beatles registraron en 1962, volvería a sus manos el año próximo, y el resto del catálogo llegaría en 2026.

Pese a que Duran Duran entabló una demanda similar en diciembre del año pasado con resultados negativos, esta semana el abogado de McCartney confirmó que el pleito había llegado a su fin a través de un acuerdo confidencial entre ambas partes. Al final de cuentas, el dinero no pudo comprarle amor, pero sí la tutela de las canciones que él mismo compuso, y cuyos derechos perdió por factores que poco y nada tienen que ver con armonía, ritmo y melodía.