07/07/2019

Pruebas directas, indirectas e indicios: Cristian Aldana, antes del veredicto por abusos sexuales a menores

El líder de El Otro Yo podría pasar hasta 40 años en la cárcel.

Cecilia Salas
Cristian Aldana

¿Qué perfil tienen las personas que fueron abusadas? ¿Cuáles son sus características, qué es lo que las diferencia del resto? Son las cinco de la tarde del 2 de julio y, sentado en la sala de audiencias del Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional Nro. 25, Cristian Aldana tiene las respuestas para esa pregunta: “Las personas abusadas ni loco saldrían en los medios a decirlo, no es la línea psiquiátrica de alguien que pasó por eso”.

El cantante de El Otro Yo está preso desde fines de 2016, acusado de abusar sexualmente de siete chicas, todas menores de 18 años, entre 2001 y 2010. Aldana lo niega y, desde sus casi 50 años, sostiene que todo es parte de una trama de “rencor y venganza” por parte de una de las denunciantes, a la que conoció cuando tenía 14 años y con la que tuvo una “relación” hasta sus 18.

En los últimos diez días, la fiscalía y dos abogados que representan a las víctimas pidieron entre 20 y 40 años de prisión para el músico. Con matices, todos afirmaron lo mismo: Cristian Aldana se aprovechó de que eran niñas, adolescentes, de su inexperiencia sexual, de su vulnerabilidad y de su condición de ídolo. Ese combo le permitió manipularlas, humillarlas, violarlas y violentarlas de distintas maneras.

“Ahora es más fácil que alguien te llame por teléfono, pero también es cierto que las chicas importantes son las que no se animan a llamar. Estaría bueno que se animen las que no se animan: ahí es donde quiero llegar.” Fue Aldana el que contó, en una entrevista en 2001, cómo se contactaba con sus fans.

En el juicio, quedó claro que tenía un modus operandi: contactaba a chicas a través del chat de la página de El Otro Yo, les hablaba, indagaba sobre sus vidas y, si le satisfacían las respuestas, les pedía su teléfono. La investigación era clave: buscaba vulnerabilidad, buscaba chicas con familias no tan presentes, pibas que pudieran cumplir con el pacto de silencio que les exigía para entrar a su círculo de confianza.

Para la fiscalía, esto era parte del juego que más disfrutaba Aldana. Como si fuera una cuestión de caza, seleccionaba a sus víctimas. Quería a las más incondicionales, a las que lo idolatraban. “Fueron absorbidas por el deseo del agresor”, planteó el fiscal.

Cristian Aldana declaró más de 12 horas durante el año y dos meses que va de debate. Contó su vida, sus problemas, sus conflictos, su idea sobre el amor. Pidió, en su momento, declarar sin público. Consideró, desde el principio, que todo era una causa armada políticamente. Cuando por fin habló de las acusaciones, decidió volcar toda la responsabilidad en una de las víctimas, una chica de 14 años. Una adolescente “muy madura”, según su relato, y de la que él “aprendía mucho” porque tenía una gran “apertura sexual”.

Marcó que era ella quien le presentaba chicas, que era ella quién vivía su sexualidad así y que disfrutaba mucho de sus “perversiones”. Casi sin darse cuenta, terminó confesando todo: contó sobre el sexo grupal con menores, reconoció situaciones y hechos que contaron las víctimas. Pero en su mente fue todo a instancias de una chica de 14, 15 años. El único error que el cantante reconoce como tal es “haber estado enamorado”.

¿Qué determina si alguien es culpable? ¿Cómo se llega a esa certeza? ¿Puede una canción (dos, tres, diez) ser prueba de crímenes aberrantes?

“Fotos no quiero, tu masturbación quiero, soy el monstruo más grave que viste en tu vida / Este chat es la carreta más verga que hay / Amigas no quiero, fornicar quiero / La fidelidad careta se libera acá, poneme la cam, sexo digital.”

En “Neutro” (2007), Cristian Aldana le canta a un chat que funciona mal, quiere garchar y se autodenomina monstruo. Es lineal, es directo. ¿Son esta letra, la de “No me importa morir” (“Y estas bajo mi control / Solo yo puedo tocarte / Y puedo ahogarte / En el vértigo del sadismo”) o “Vaselina” (“Hoy conocí a una niña / más que una niña, una mujer / ella me ama, ella me ama / Vaselina purifica mi cuerpo, vaselina pura y dulce”) los motivos por los cuales le piden 35 o 40 años de cárcel? ¿Son la prueba de todo?

En el ámbito jurídico, existen las pruebas directas, las indirectas y los indicios. La letra de una canción puede darle un plus a una imputación, un contexto que ejemplifica ciertos puntos. Es un indicio. Dentro de este expediente, hay pruebas directas que comprometen a Cristian Aldana, y lo vinculan con abusos sexuales a adolescentes y a la corrupción de menores.

Cristian Aldana

Los informes realizados por los y las especialistas del Cuerpo Médico Forense son contundentes. Las víctimas contaron ante los psicólogos/as y psiquiatras todos los hechos, desde el momento en que conocieron a Aldana hasta el momento en que se alejaron de él, ya sea porque pudieron salir de esa situación o porque el músico las “reemplazó”. La acusación dejó en claro algo: al músico le gustaban las adolescentes, las nenas. Podía estar con personas adultas pero él elegía mantener relaciones con chicas. Buscaba que se subordinaran a él, buscaba dominarlas.

Los informes médicos dejaron en claro que el testimonio de las denunciantes era verosímil, contundente, sin fisuras. El análisis psicológico de Cristian Aldana, realizado también por el Cuerpo Médico Forense, mostró ocultamiento, narcisismo y un trastorno de personalidad con un “borramiento de la diferencia generacional”. “Tiene una personalidad donde el otro queda anulado como sujeto y pasa a ser objeto”, se resaltó en el informe.

“Y, de última, sí, canto en una banda y me buscás por eso, entonces lo voy a tomar como una perversión y me van a dar ganas de hacerte cualquier cosa”. (Aldana, en la misma entrevista de 2001.)

Ante los jueces se presentaron varias chicas que decidieron no hacer una denuncia penal pero que si querían dar su testimonio. Todas describieron situaciones similares, violencias padecidas, momentos forzados cuando no tenían ni 16 años. Esto es también uno de los puntos fuertes de la acusación: los relatos coincidentes. Todos se ensamblan de manera natural, lógica. No están forzados ni preparados. Ir a declarar y contar lo que vivieron es, de por sí, una reparación.

La estrategia de Cristian Aldana era lograr que el juicio se cayera. Intentó ir por el camino de la poca prueba en su contra, de la causa armada, de un supuesto estado de indefensión. Roberto Patiño, el primer abogado que tuvo en el debate, fue expulsado por el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N°25 luego de faltar sin aviso más de tres veces y después de que le fijaran varias multas.

Ante esta situación, los jueces le asignaron una defensora oficial, a la que el acusado maltrató. El segundo abogado, Nicolás Grasso, renunció intempestivamente cuando faltaban pocas semanas para los alegatos, y alegó una enfermedad y un viaje programado con anterioridad. Volvió la defensa oficial y volvieron las ganas de Aldana de declarar sobre lo mismo: su inocencia, el amor libre, la venganza de una de las denunciantes.

La semana próxima, el abogado de Cristian Aldana terminará su alegato. Coincidente con lo que dice el músico, argumentó que tuvo antes de su llegada una defensa “ineficaz”. El eje son las críticas al Tribunal, que rechazó apartarse de la causa en cuatro ocasiones. La Cámara de Casación nunca aceptó los planteos defensistas por considerar que no había elementos que los sostuvieran y ratificó a los jueces.

Ya no quedan muchos más pasos judiciales que cumplir ni oportunidades para intentar maniobras dilatorias. La intención es que el veredicto se conozca antes de la feria judicial. Antes, Aldana tendrá la oportunidad de decir sus últimas palabras, un derecho que tienen los acusados de hablar antes de que los jueces tomen una decisión. El veredicto, más allá de los años de cárcel, determinará si la impunidad con la que Aldana se manejó durante toda su vida adulta tiene efectivamente una consecuencia penal.

“¿Por qué no dijo todo esto antes? Es porque todo es mentira. Quieren destruir a mi familia, crearon una imagen de monstruo total.” El discurso de Aldana (entre lágrimas) no es nuevo: lo repiten a diario muchos acusados de violencia de género y de delitos contra la integridad sexual. Ese calificación de monstruo (que usaba desde sus temas para seducir adolescentes) se convirtió en su defensa: “Hoy no me subo solo a un ascensor con una mujer”.

En caso de sufrir violencia de género, llamá a la línea gratuita 144 desde cualquier punto del país, las 24 horas.