30/11/2019

Los 40 años de "The Wall", la obra infinita de Pink Floyd

Hoy también es imperativo derribar los muros.

The Wall

The Wall es una obra infinita, perfecta. Quizá la más perfecta que haya salido de Pink Floyd. Y no precisamente gracias a la música. Es que el undécimo álbum de la banda inglesa puede ser lo que uno quiera, o mejor dicho, lo que Roger Waters quiere que sea. Con el correr de los años, la “mente creadora” del grupo se encargó de expandir los significados -que ya eran varios-, engordándolos a tal punto que es difícil precisar dónde termina su psiquis y empieza el disco.

Pero aquello que convirtió a The Wall en una leyenda de leyendas, con rumores y recovecos más grandes que los del Valle de la Luna, fue el hecho de ser una gran pantalla. Literal y figurativamente.

En esa cualidad de "la pared más graffiteada del mundo" es que se puede encontrar la clave de su atemporalidad irresquebrajable. El cuento de Pink (¿acaso la fábula más repetida de toda la historia del rock, después de la propia historia de The Beatles?) está narrado con precisión de neurocirujano. Sólo comparable con Tommy de The Who, este camino del héroe que planteó Waters fue el clavo final en el ataúd de la ópera-rock por su claridad, algo de lo que adolecían los relatos de Jethro Tull o Genesis. Al mismo tiempo, es ambiguo y personal. Un molde para cualquier ser humano que se haya sentido aislado, oprimido, abandonado o abusado. Es ahí, frente a frente con el muro, donde tiene lugar la catarsis colectiva que vuelve a The Wall un disco sin fin: en lo que se puede proyectar sobre esos ladrillos blancos.

Con esa imagen poderosa fue que empezó todo. Era 1977. La última noche de la gira presentación de Animals, llamada "In the Flesh". Mientras Waters se esforzaba por completar su actuación en el Estadio Olímpico de Montreal, un fan desencajado no paraba de gritarle. Hastiado, lo invitó a acercarse al escenario y, sin rodeos, lo escupió en la cara. En ese escupitajo de cemento descansaría el primer ladrillo de la pared. Un año más tarde, Waters tendría una visión: un escenario con una pared que dividía a los músicos del público.

Aquella fue la primera pantalla donde el genio lírico de Pink Floyd pudo volcar el desprecio por su audiencia y la demagogia a la que debía someterse en cada show; donde evidenció cómo la guerra, la falta de figura paterna, una madre sobreprotectora, el sexo, las drogas, el rock and roll, el capitalismo salvaje y las instituciones pueden encapsular hasta el último rastro de humanidad. Con una Inglaterra signada por la figura de Margaret Thatcher y el Frente Nacional, Waters había encontrado al tropo absoluto sobre el que levantaría su tan fechada como universal medianera: una estrella de rock fascista, adormecida y desconectada de la realidad. En una casa en la campiña comenzó a delinear las primeras demos de lo que sería The Wall.

Mientras tanto, la banda sufría una crisis paralela. David Gilmour y Rick Wright, los dos miembros más atropellados por la megalomanía del bajista desde The Dark Side of the Moon, buscaron sus propios reductos solistas para refugiarse de la prisión en la que se había convertido la música de Pink Floyd. El guitarrista lanzó ese mismo año el homónimo David Gilmour, más enfocado en crear un cancionero que una experiencia trascendental, y se ocupó de producir el primer disco de la prometedora Kate Bush, The Kick Inside. Wright también debutó con Wet Dream, un proyecto en el que pudo descargar sus obsesiones de parentesco jazzero.

Dentro de esta bomba de tiempo de egos también hubo fugas de dinero. Pink Floyd enfrentaba una bancarrota inminente luego de una pérdida de un millón de libras, casi todo lo recaudado con Dark Side of the Moon. Además, tenían al fisco sobre los talones y a punto de exigirles cerca del cien por ciento de ese monto desaparecido. La necesidad de editar un nuevo trabajo era mayúscula. Ya se había decidido que la única solución posible era seguir los pasos evasores de la escuela Stone: viajar a Francia y grabar a como dé lugar.

Waters aprovechó ese momento de debilidad como quien no quiere la cosa. No sólo les dio a elegir The Wall a sus compañeros sino también lo que luego se convertiría en The Pros and Cons of Hitchhiking. A pesar de requerir más trabajo de reescritura y orden, por supuesto, ganó la faraónica y seductora meditación sobre las relaciones humanas. Aunque la recepción fue gélida, poco sabía el resto de la banda que con esa elección iba a firmar también su certificado de defunción.

Hay muchas historias conocidas sobre las grabaciones de The Wall. La alianza de Waters con el productor Bob Ezrin, a quien llamó para que sea mediador entre él y una banda cada vez más distanciada. El despido de Wright. Los constantes ninguneos a Nick Mason, que terminaron con Jeff Porcaro de Toto sentándose en la banqueta para las mezclas de batería. Gilmour y su admitida desconexión de las ideas de Waters. Todo contribuía para que el disco fuera un desastre absoluto.

Lo cierto es que, entre las cientos de anécdotas que existen, los demos que Waters presentó -contenidos en la edición Immersion que tuvo el disco cuando se remasterizó todo el catálogo floydeano en 2011- lejos de cualquier dato de color, vistos hoy, dan la pista de cuán desesperados estaban por sacar material a la calle. Si solo hubieran sido inaudibles, los problemas habrían sido menores. Pero además de ser retazos imposibles de escuchar, también eran absolutamente vagos al punto de que a veces se trataban de 30 segundos de Waters murmurando una letra sobre un colchón de sintetizadores.

Podría hablarse hasta el infinito sobre qué pedazo de guitarra corresponde a qué segmento de lo que acabó volviéndose “Goodbye Blue Sky” o sobre cuántas canciones de las demos fueron directamente descartadas. Cualquier intento sería desviar la conversación de la pregunta eterna, más temida y divisoria de toda la historia de Pink Floyd. ¿Quién se lleva el mérito por la materialización de The Wall? Por un lado está la idea magistral y, como se dijo más arriba, eterna, atemporal. Un relato humano en carne viva. ¿Pero que se hace con el reino de las ideas? Ahí es donde entró Gilmour, dispuesto a contrariar con su cerebro melodico la ira ciega de un Waters autoritario. Alcanza con escuchar los demos de “Run Like Hell” o “The Doctor” (mejor conocida como “Comfortably Numb”) para sacar las propias conclusiones. Así sentencia el juez: “La evidencia es incontrovertible / No es necesario que el jurado se retire”.

Tampoco hay que confundirse. Roger Waters escribió un guión a prueba de balas. Es la unión entre teatro y rock más audaz de la historia. Como todo a esa altura, la gira de The Wall también fue un caos. Apenas un par de presentaciones en Europa bastaron para que Pink Floyd volviera a sangrar dinero a donde fuera que lo llevaran. Aun contra los malos pronósticos de una puesta en escena descomunal (al día de hoy sólo igualada en ambición adelantada por la gira ZOO TV de U2) y una demanda de ingeniería adelantada a su época, nuevamente, la arrogancia de Waters se convirtió en leyenda. Por eso, en 1982, ya no debían colocarse detrás de veinte metros de cartón ignífugo ni huir de las marionetas diseñadas por Gerald Scarfe para expresar su punto. La película de The Wall, dirigida por Alan Parker, condensó a la perfección las intenciones del espectáculo, la banda y, sobre todo, su mente creadora. Fue la forma de desprecio más puramente refinada: contar el cuento a la distancia.

Con ese gesto tan simple, Pink Floyd estaba muerto. Sí, Waters intentó atrapar el trueno dos veces con The Final Cut y sí, Gilmour dio un cierre digno a la banda con The Division Bell (no tanto así con la coda que pretende ser The Endless River). Pero el grupo del que no se sabía quién carajo era Pink ya no iba más.

El capital de explotación pasó a ser íntegramente un asunto de Waters. En su estado de continuo paladín de la justicia, invistió a The Wall de un significado aún más político cuando en 1989 ofició la ceremonia que hoy es DVD: Roger Waters: The Wall Live at Berlin. Que quede claro, ni Pink ni Floyd. Roger Waters. Y su misión era convertir a su bebé más hambriento en la pantalla que siempre hubo de ser. En este caso, haciéndose de la literalidad del Muro de Berlín un año antes de su caída. Sobre esa pared, un instrumento maquiavélico, se erigía la metáfora terrenal de la alienación.

Luego, Waters descansó hasta que la semilla del mito se volvió, una vez más, leyenda. Hasta que la tecnología, que en su momento fue insuficiente, lo acompañara. Haber vuelto en 2010 con The Wall fue otro acto sumamente político. Incluso antes del advenimiento definitivo de los smartphones, la pantalla del muro sirvió para criticar a la sociedad de consumo, a los gobiernos corruptos y a las multinacionales. Con el correr de los años, la obra parecía admitir cada vez más interpretaciones.

Este sábado, a 40 años de su lanzamiento, The Wall no suena actual. Pero su mensaje sí.

Ya sea como un ejercicio de retromanía o como un llamado de atención para cada uno sobre lo que pasa alrededor, su centro permanece. El corazón de The Wall es indestructible. Mientras haya seres humanos en la Tierra, el muro del pensamiento va a ser un fantasma temible. A la humanidad la dividen ideologías, creencias religiosas, culturas, geografías, gustos y las realidades individuales. Es más actual que nunca en Chile (con un muro como la Cordillera de los Andes). O en Estados Unidos, con la amenaza constante de una pared infinita. Por eso, en donde sea que haya desigualdad, opresión, abuso y dolor se creará un muro. Dentro de muchas cabezas y alrededor de muchas personas. Queda en cada uno derribarlo, siempre.