05/08/2016

La increíble historia de Fantastic Negrito

Drogas, calle, armas y un blend único de música negra para descubrir.

Prensa

La historia de Xavier Dphrepaulezz, alias Fantastic Negrito, es extraordinaria y merece ser contada. Mucho más ahora que su potente disco The Last Days of Oakland suma elogios de la crítica y, a la par, lo ubica como nueva esperanza negra de la década. Lo suyo es una inyección de vitaminas al blues rural en pleno siglo XXI, atizada por una poderosa base rítmica y acrobáticas ondulaciones de guitarrazos que van y vienen. Hay que mencionar a Skip James y R.L. Burnside como directos antecedentes, por cierto. Dicen que hace “blues con actitud punk”, pero él prefiere hablar de “black roots”: un profundo y caliente blend de funk, rock, punk, blues y letras sobre la vida real de un afroamericano habitante en retirada de la hermana pobre de San Francisco. En sus últimos días, tal como la conocieron MC Hammer y Billy Joe Amstrong, por citar dos de sus músicos hijos dilectos.

Así es Oakland, la ciudad que está enfrente -famoso puente de por medio- y que alberga el estadio de los de los Golden State Warriors de Stephen Curry. Y entre otras cosas, dato literario que viene a cuento, escenografía de la notable última novela de Michael Chabon Telegraph Avenue. Allí donde ahora vive y compuso estas canciones Dphrepaulezz, comenzó a gestarse en los 90 -y fue potenciado con el paso del tiempo- un persistente cambio socioeconómico de la mano del boom inmobiliario que obliga a hablar de “Old Oakland” y “New Oakland”. “Old Oakland” es el escenario de las desventuras de los personajes centrales de Telegraph Avenue: los socios de una disquería de vinilos y sus esposas, parteras a domicilio. Todo ellos viven en una ciudad multicultural, llena de inmigrantes, pero sobre todo de negros perezosos fumadores de porro. Definitivamente, el pasado. El presente es blanco, con edificaciones de lujo para los emprendedores de internet, ingenieros de sistemas y toda esa raza de personajes que sueñan con volver a generar el milagro de Steve Jobs.

San Francisco es cara y apenas queda como escenografía de lujo para una visita guiada al mito del hipismo en los 60. La opción es Oakland, pues, a solo un puente de distancia. En este contexto, los negros, los indios, los árabes, los orientales y los hispanos que allí vivieron por décadas, emprenden la retirada. Todo cambia. Y sobre eso canta el hombre: el disco es la banda de sonido perfecta para estos “últimos días”. Clasismo, rezonificación, boom inmobiliario y racismo, embutidos en 13 canciones que navegan las tumultuosas aguas del blues y sus derivados.

Fantastic Negrito -el último de una larga serie de alter egos, sin otra explicación que la propia combinación de culturas raciales anteriormente descripta- es guitarrista y cantante, tiene 48 años, nació en Massachusetts como parte de una familia con 14 hermanos, estrictamente religiosa por el influjo de un riguroso padre somalí. A principios de los 80 todos ellos se mudaron a Oakland, y allí el joven Xavier curtió desde adentro la cruda realidad de sus calles, pobladas de prostitutas, proxenetas, dealers, pequeños ladrones y sujetos como extraídos -inspiradores, en realidad-de Shaft y toda la serie de películas blaxploitation que trascendieron al mundo en los 70.

“Un buscavidas desde siempre”: así se define Xavier. Y lo explica: “Todos vendíamos drogas, todos cargábamos una pistola. Hubo una epidemia con el crack, pero yo pasé poco tiempo por ahí… Sí era el tipo de pibe que en la calle te vendía marihuana trucha, cosas por el estilo (a veces usaba té)”. La joda terminó con una 9 mm apuntando a su cabeza y una “partida” apurada hacia Los Angeles, donde comenzó la primera parte de su increíble historia musical (y de vida).

Grabó unas canciones en una cinta que tiempo después un amigo, caddie en un complejo de golf para ejecutivos ricos, le hizo llegar al manager de Prince, Joe Ruffalo. El hombre vio madera ahí y pasó a patrocinar al joven prometedor, le pagó un departamento y le compró instrumentos. Xavier hizo audiciones al piano para unos cuantos A&R, hasta que el productor Jimmy Lovine (socio de Dr. Dre y fundador de Interscope) le firmó un contrato por un millón de dólares. Como “Xavier” grabó un primer disco titulado The X Factor, atiborrado de referencias a Prince, en un amplio abanico neo soul  que incluía bastante (demasiado) del R&B meloso que escuchan los negros ricos. Para apoyar el lanzamiento, salió de gira con The Fugees, Arrested Development, De La Soul y Blackstreet, pero no pasó nada con el disco y la compañía, como tantas otras veces, no supo qué hacer con él.

En eso estaba cuando, en 1999, un borracho que pasó con luz roja el semáforo, lo atropelló y lo dejó en coma durante tres semanas. De ese trance emergió con un movimiento limitado de los dedos de sus manos, algo que superó (a medias) terapias mediante y varios meses después. En paralelo, Interscope le devolvió el contrato. Cartón lleno. Sin embargo, casi por casualidad -porque Prince negó la cesión de una sus canciones-, una de X Factor integró la banda de sonido de la infausta Showgirls, la película que le siguió a la supermillonaria Bajos instintos en la filmografía de Paul Verhoeven. Sabido es que la peli es malísima, así que la banda sonora tuvo una repercusión casi nula. Seguían los “éxitos” en la vida del Xavier…

Fue su instinto el que lo mantuvo vivo. Tocó en bandas intrascendentes como Chocolate Butterfly, Blood Sugar X y Me and This Japanese Guy, pero con ellos metió algunos temas en telefilmes y series, como para seguir viviendo de la música. También se convirtió en inesperado empresario: tenía un loft gigante de 3 mil metros cuadrados que convirtió en disco clandestina, que se volvió la favorita de algunas celebridades. Pero, claro, cuando trascendió demasiado, cayó la policía y chau fiestas privadas. Incluso lo metieron en cana unas cuantas veces. Eso fue demasiado, así que volvió a Oakland para empezar a construir una familia en una pequeña granja y… a añejas vías de financiamiento. Plantar y vender marihuana, por ejemplo. Hasta que, una mañana que intentaba atraer la atención de su pequeño hijo, comenzó a tocar la guitarra y a cantar “Across the universe”. El niño se copó y el padre tuvo una revelación: debía volver a la música.

El resto es historia con final feliz. Un video de su canción “Lost in a Crowd”, enviado al concurso Tiny Desk de la radio pública NPR generó un pequeño fenómeno de miles de visitas y le hizo ganar el certamen. Estaba de vuelta, 20 años después y con un panorama discográfico puesto patas para arriba. Twitter y el resto de las redes sociales hicieron su tarea. Otra canción, titulada “An honest man”, creció en número de visitas hasta hacerse visible a los ojos de otros productores. Y aquí está, con un nuevo disco repleto de buenas reseñas y con el empujón de haber acompañado la campaña del excandidato presidencial demócrata Bernie Sanders. Por fin, Fantastic Negrito sale de la oscuridad para mostrarse en todo su esplendor. “Pensé que mi historia había terminado. Pero en ese mismo momento, me di cuenta de que finalmente tenía una historia para contar. Y eso es lo que le llegó a las personas, que también tienen sus historias para ser contadas”. Su “música de raíces negras para todos” está sonando. Y hay que escucharla.