22/01/2020

Fito Páez y el folklore argentino, antes de su presentación en Cosquín

Parte del aire.

Cecilia Salas
Fito Páez

En todo el país se conoce el ritual veraniego de memoria. Ese en el que una radio o la televisión encendidas en el medio de la noche y una voz engolada que anuncia con épica el comienzo: “¡Aquí Cosquín! Capital del folklore”. El festival más importante del género es una banda sonora en continuo de la música popular argentina desde hace seis décadas y su impacto en distintas generaciones, directa o indirectamente, también permeó en artistas que escribieron la historia de esta música. Fito Páez nunca estuvo en Cosquín, aunque siempre se sintió parte de ese aire junto al Cuchi Leguizamón y Atahualpa Yupanqui.

No debería sorprender a nadie, entonces, como un hijo de provincianos, rosarino, admirador de Los Beatles y Chacho Müller (pianista, compositor y héroe local de bajo perfil), que uno de los compositores más importantes de la cultura rock en la Argentina tenga ahora su espacio en la cuarta luna de Cosquín, el próximo martes 28. “Estoy muy honrado de estar ahí y espero pasemos una noche inolvidable y extraordinaria”, anticipa a través un video enviado por whatsapp (y que podés ver más abajo), desde su estancia en la zona de Traslasierra, Córdoba. 

En el video se lo nota tranquilo. No será la primera vez que un artista de rock pise la Plaza Próspero Molina. Ese espacio ya lo tuvieron Charly García como invitado de Mercedes Sosa en un show que había generado una polémica previa en 1997, Divididos en 2008 y Eruca Sativa invitades por La Bruja Salguero en la última edición. También León Gieco, que siempre se sintió cómodo entre ambos mundos -el folklore y el rock-, tuvo diferentes participaciones a lo largo de los años.

El caso de Fito Páez es distinto, porque el folklore se metió intrínseca y epidérmicamente en las melodías de su infancia y, acunado por el rumor del Paraná, desarrollaría su síncopa natural en el piano como un documento inalterable. La síntesis llegaría en esa obra maestra en clave de 6x8 con aire de chacarera bautizada “Yo vengo a ofrecer mi corazón”, que le valió un elogio del propio Atahualpa Yupanqui durante un cruce que tuvieron en París, a mediados de los 80. “Siga así, 'mijito', que andará bien”, le dijo el folklorista, estampando una bendición sobre su frente.

El folklore siempre estuvo cerca de Fito Páez y viceversa. En el colegio aprendió los primeros acordes de zambas como “La Felipe Varela” y “Balderrama”. En la juventud fue tocado por The Beatles, el tango de los hermanos Expósito, Tom Jobim y por la epifanía modernista de la revolución folklórica de los 60 que encaraba el salteño Cuchi Leguizamón, autor de “Maturana”, “Zamba del carnaval” y la ya mencionada “Balderrama”, entre algunas de las obras más importantes del cancionero popular. Como escribió el poeta y periodista Martin Rodríguez en una nota de 2015 en Página/12: “Fito es un Sargento Pepper de nuestra música popular: transforma el piano del Cuchi en pop, transforma el piano de García en el futuro de nuestra tradición profunda”. 

La cantante folklórica Liliana Herrero, que comenzó su amistad con Fito en los 80 post dictadura militar, recuerda que se sentaban en su casa a escuchar con la misma devoción obras de Joni Mitchell y del Dúo Salteño. La música de Páez fue porosa a esos elementos que circulaban como información de las propias vanguardias nacionales. De hecho, con Herrero, un icono revolucionario del género, establecieron una relación que se prolongó a lo largo de varios discos, donde el rosarino ofició de músico, arreglador y productor artístico. En mucho de esos discos, Fito terminó colaborando en versiones de temas como “Los ejes de mi carreta”, de Yupanqui, y “Me voy quedando”, del Cuchi Leguizamón, que formaron parte de sus propios conciertos de solo piano.

A lo largo de toda su discografía, la mano folklórica trasciende su patina pop y su afiebrado sentimiento rockero. Eso puede verse desde la inalterable baguala electrónica “D.L.G”, escrita para el cierre del álbum Giros, hasta en “El mal vino y la luz”, una gema oculta de El sacrificio (disco que reunió obras escritas entre 1989 y 2013). En ese track no tan conocido, Páez desarrolla una fábula trágica del litoral con un argumento cinematográfico con todos los componentes hiperrealistas de la vida en el Paraná, como si esa historia se pudiera leer como el revés maldito de un personaje secundario de la canción “El cosechero”, uno de los temas más cantados de Ramón Ayala.

En el luminoso álbum doble Lalala, grabado junto a Luis Alberto Spinetta, la cadencia chamamecera aparece tamizada por su mirada Jobim de la vida en “Parte del aire”. Es otra pieza clásica de Fito Páez y uno de los himnos de ese disco emblemático de 1986. En cada giro definitivo de su obra, el latido telúrico aparece con una fuerza natural en el engranaje cancionero y termina arrastrando su obra hacia ese propio río de música interior. 

También dentro del frenesí pop y la admiración por Prince que reflejaba El amor después del amor (el disco más vendido de la historia del rock argentino, con más de un millón de unidades), emerge como un tótem la canción con aires de zamacueca “Detrás del muro de los lamentos”, con la participación definitiva de Mercedes Sosa. La voz de la Pachamama dice presente y le da su propio ADN latinoamericano a ese disco poblado de hits que marcanon la década del 90: “Dos días en la vida”, “Tumbas de la gloria”, “A rodar mi vida”, “La rueda mágica” y la balada “Brillante sobre el mic”.

Ya en el último tramo de su discografía, otra canción con gen decididamente folklórico cierra uno de sus discos. “Zamba del cielo”, con la matriz clásica del género (las vueltas, el estribillo y la repetición de los versos) se sirve para montar en piano y voz uno de sus tributos más criollos y claros. La canción aparece en el álbum Rodolfo, de 2007. Es un Páez auténtico filosofando sobre la vida, con una melodía envuelta en un devenir perfecto para bailar la zamba. Ese track selló su unión con el estilo y también significó su última intervención sonora con el folklore como bandera dentro de un disco, aunque ese repertorio sigue circulando subterráneamente como un río interior. Las pistas están dentro de su música.

El propio Fito Páez devela cómo esa clave de la música de raíz atraviesa su obra íntegramente y de forma emocional, ofreciendo un mapa de su lugar en el mundo. Concentrado en medio de la traslasierra cordobesa, el artista cuenta su profundo vínculo con el Festival de Cosquín y el folklore. “Me acuerdo de que mi padre ponía la radio para escuchar el festival cuando veníamos a pasar vacaciones a La Falda, Villa Giardino o Huerta Grande, cuando era niño. Tengo un recuerdo muy hermoso de esas noches con mi papá escuchando juntos todos los grupos que iban pasando”, cuenta el músico en el video.

Fito Páez llegará al festival de folklore en un contexto favorable para su repertorio. Cosquín viene ampliando su visión de una música popular argentina del siglo XXI, que permite la reunión y el encuentro de distintos géneros, marcados por un signo de identidad. Será el caso del rosarino, que ofrecerá también algunos standards folklóricos (conocida es su predilección por el material del Cuchi) junto a su propia obra. “También me siento parte de la música folklórica argentina porque conozco ese repertorio de muchos autores y compositores a través de los años”, agrega el músico. “Siento que hay una parte de lo que hago que tiene en su corazón una raíz folklórica inmensa que tiene la Argentina”.