21/12/2018

El primer manager de Virus recuerda cómo era trabajar con Federico Moura

Una relación sin disfraz.

Costhanzo
Federico Moura

“Un hombre de su tiempo que parecía un astronauta sensible llegado de un planeta futuro, una profunda inspiración al comando de Virus en su armadura de sensibilidad y carisma”. Así definió a Federico Moura Andrés Calamaro, uno de los músicos con los que compartió la escena de los 80.

A 30 años de su muerte, Silencio recuerda al artista con el testimonio de Carlos Guaragna, un diseñador gráfico (hoy devenido en empresario gastronómico en Córdoba) que se desempeñó como manager de Virus durante la primera etapa de la banda.

Publicado originalmente en el libro Federico Moura, editado por el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires para el festival Provincia Emergente (y republicado aquí por gentileza de su coautor y compilador, Guillermo E. Pintos), el relato ayuda a vislumbrar la personalidad de quien se convertiría en una figura icónica del rock argentino.

“Cuando recién salía del horno Wadu-Wadu, apareció el gran Horacio “el Gordo” Martínez (productor discográfico) y me convenció, haciéndome escuchar el disco, de que empiece a trabajar con él en una agencia en la calle Sarmiento, frente al Teatro San Martín. Luego de escucharlos sentí que pintaban muy bien, aunque eran muy modernos para la época. Así fue que presentaron el disco en un teatro de la calle Corrientes y el único aporte para ese show fue la presencia de Pettinato como músico invitado. En ese entonces hacíamos la revista Expreso Imaginario, con Petti como director y buenos (y con el tiempo) grandes periodistas: Alfredo Rosso, Marcelo Gasió, Víctor Pintos, entre otros. Yo me desempeñaba como encargado de publicidad con mi primer nombre y apellido, y como diagramador con mi segundo nombre y apellido.

El final fue cuando le soplaron el grupo a Martínez y fueron a la productora de DG. Y como era de esperar me dieron un shot de cul y Horacio Grinbank pasó a ser el manager. Unos años después, en un encuentro casual en un lanchonete en San Pablo, me encontré con Federico (que iba a visitar a su pareja). Tuvo hacia mí una actitud de disculpas desde el respeto mutuo y una explicación más que entendible del por qué habían cambiado de agencia… Terminamos bebiendo unos tragos en Bairro do Bixiga.

Lo que recuerdo de Federico es la claridad que tenía en cuanto a lo que quería. Era un tipo muy inteligente, estaba un paso adelante del resto. Fue un precursor respecto al tipo de música que propuso. La estética era una de sus cualidades. Después de conocerlo me di cuenta de que el ego es algo necesario para que un artista llegue a lograr lo que él logró.

Hablando de alguna pequeña historia, recuerdo una actuación en La Plata; si mal no recuerdo era en Starlight… o algo así. Fue una noche memorable para mí. Fue como haber visto un show de los Beatles: el público totalmente desbordado en el fanatismo por Federico; el escenario, una pequeña tarima en el cual tuvimos que colocar una escalera de madera como contención, al final del recital terminó hecho escarbadientes. Se había acabado hasta el agua de las canillas.

El que organizaba era un tipo al que le decían Pingüi: cuando finalizó todo nos quiso pagar con una botella de whisky. Después de una acalorada discusión, logramos cobrar y encima nos tomamos la botella en la sala de ensayo (que creo era la casa de la abuela de [Enrique] Muggeti). Federico percibió todo desde arriba del escenario, y donde pudo estuvo a mi lado apoyando mi trabajo, haciendo valer mi localía en el lugar. Además no era la primera vez que se presentaban ahí.

Él nunca dejó de ser exigente y ubicado en las realidades que se presentaban. Para cada show, siempre estaba de acuerdo en que los primeros que tenían que cobrar eran los plomos, el flete y el sonido”.