16/04/2019

El Mercado de la Música en Santa Fe, día por día

Rock, electrónica y un tatuaje de Horacio Guarany.

Pablo Kauffer / Gentileza

Óxido, yuyos y silencio. Ese era el paisaje que mostraba la Estación Belgrano en la Ciudad de Santa Fe hasta que fue recuperada y convertida en un centro cultural enorme. Chapas lisas, piso encerado, murmullo constante. En ese contexto se desarrolló la cuarta edición del Mercado de la Música Regional. Una iniciativa municipal que busca focalizar y construir una red de la música de la región en conexión con el centro magnético de Buenos Aires. O a la inversa, ¿qué mejor que la federalización de la cultura -y el conocimiento- a través de focos geográficos con sus propios circuitos en pleno desarrollo y pura creación?

En sus comienzos, el Mercado de la Música Regional estuvo pensado para establecer una base artística en la canción popular. La novedad de esta nueva edición es que se volvió multigenérica, y mostró una Ciudad de Santa Fe fértil y en estado de búsqueda permanente. Una escena de hip hop que asoma y muestra sus primeras grabaciones, los subgéneros del rock que pululan entre los sonidos clásicos y las nuevas tecnologías, el trap hecho en el barrio, el jazz tocado prolijamente y la psicodelia y la experimentación en manos de jóvenes que se auto-generan sus propias bases electrónicas. Un reflejo, también, de un lugar que se llenó de instituciones musicales, que avanza en el reconocimiento cultural con ejemplos como la muestra permanente de Ariel Ramírez y  la tradición que se deja ver hasta en la piel: ahí está el pie del encargado de iluminación del evento con su gran tatuaje de Horacio Guarany.

Viernes rojo

Los elevadores que conviven en el Centro de Convenciones Estación Belgrano comenzaron a desaparecer el viernes por la tarde. Luego de superar la extensa feria de diseño y ropa, el escenario breve pero conciso se apoyó sobre el fondo del lugar. Ahí fue que Nacho Peñalva dio inicio a la música, después de que un conductor leyera un breve prólogo sobre el motivo del encuentro y el desglose de algunos protagonistas y autoridades. Durante esa primera jornada, pasaron Candela Fernández y José Galvano para encarar una tanda de composiciones propias en el formato canción. Luego fue el turno del folklore de proyección de José Gago y las intenciones rock-pop del Chino Mansutti y Los Cronopios.

El cierre de cada uno de los días contó con un show por fuera del Mercado de la Música. El primero estuvo a cargo del proyecto nuevo de Daniel Melero. “Soy un catálogo de errores”, dijo el distópico productor y compositor para darle desarrollo a una propuesta llena de beats y letras nuevas (“Neo coso” y “Prueba el fuego”) sumadas a otras ya conocidas como la elocuente “Así asá” (Cristales de tiempo, 2017).

Al borde de la noche del viernes, el puente de hierro de la Ciudad de Santa Fe está teñido de rojo. Los reflectores son como perros guardianes de la laguna Setúbal y de la urbe allá al fondo.

Sábado azul

Para el segundo día, la intensidad de la humedad de la región se hizo sentir. Despejado y con el murmullo del agua de fondo, el folklore eléctrico de Martín Garmendia fue el encargado de la apertura. Le siguieron el rock progresivo y experimental de Proyecto Ity, el punk clásico de Jedy y el rock vieja escuela de La Naranja. Cuando cayó la noche, Apolo 11 deslizó su rock alternativo concebido en Paraná (Entre Ríos), la rosarina Mavi Leone mostró -enérgica- sus composiciones pop. ÑÑÑ, destacados por su performance, pintaron el foco más fuerte del festival: la experimentación electrónica y la presencia de sintetizadores.

Esta búsqueda terminó de tomar forma cuando Chancha Vía Circuito -en set solista- se dispuso sobre las bandejas para cerrar la segunda fecha. Con su característico ritmo denso y envolvente comenzó a imantar al público disperso entre los puestos de comid, de ropa y de discos. “Me siento raro cuando la gente no se mueve, me pongo introspectivo, por suerte después se fueron aflojando”, le confesó el músico de Buenos Aires a Silencio unos segundos después del show. A pesar de esa preocupación, las canciones de Pedro Canale siguen surtiendo el mismo efecto desde su debut. De hecho, las de Río arriba (2010) fueron de las más bailadas.

Al borde de la noche del sábado, el puente de hierro de la Ciudad de Santa Fé está teñido de azul. Los reflectores son como perros guardianes de la laguna Setúbal y de la urbe allá al fondo.

Domingo verde

Durante la última jornada del Mercado de la Música Regional, la gente ingresó desde temprano y superó la convocatoria de los dos días anteriores. Fue el día en que las propuestas se aglutinaron entre los shows más contundentes. Fija desde el inicio con Yo alpargata. Más allá de su estética algo inconclusa, la música propia convivió con un viaje total que bien podía empezar desde el funk y la improvisación pero que fue capaz de llegar a una cumbia y hacer base en la rítmica del candombe. Luego del show de Eduardo Figueroa llegó el jazz con la agrupación del clarinetista Eugenio Zeppa. Y aunque sonaran canciones que parecieran del repertorio tradicional del género, se trataban de composiciones propias donde predominó el swing up-tempo y la auspiciosa celebración de la improvisación. Allí, por ejemplo, Francisco Lo Vuolo tuvo espacio para desplegar su técnica y su sentido de los espacios. A ese show le siguieron la música litoraleña de Aguapé y la intensidad setentosa de TEN, un trío joven que se pasea por el lado alternativo del rock de Paraná.

Un soldador electrónico y expresivo. La performance de Naub tuvo varios elementos que compusieron una búsqueda orgánica. Desde sus pequeños tuppers haciendo de base para los canales hasta su mochila donde se alojaba un buffer, a su música en diálogo con los efectos que fue disparando. Su máscara de soldador estaba conectada a una línea directa que generaba una sonrisa luminosa y una atracción inmediata con el público, el más pequeño sobre todo. Naub construyó un viaje en su set en donde el hilo conductor fue la voz de ese ser. Durante la grabación en el estudio de la Audioteca, la referencia fácil e inmediata fue pensar en un Daft Punk del litoral, aunque en palabras del técnico de la consola, Federico Teiler, la cosa es más profunda: “Es como un artesano de los cables, y no falla con sus invenciones, esto suena realmente bien”. Eso es también lo que pasó en la Estación Belgrano. El curador del festival suspiró: “Cuando vi su video, no sabía si era un loco o un genio”.

Villa Diamante compone en tiempo real. No sólo a través de sus consolas y remixes sino también en base a su contexto. “Voy a probar algunas cosas”, dijo antes de subirse a su set, “pero de arranque le doy voz a la región”, aseguró. Así fue que, mientras comenzó a completar su primera base rítmica, el rapero Delfino Flow largó las primeras buenas líneas de sus composiciones. Después, Diamante se quedó solo y se paseó tanto por la cumbia villera como por los nuevos íconos del pop de corte popular (Rosalía). Al promediar el show le pidió a Delfino que suba con un amigo y en seguida se pusieron de acuerdo para el flow con Gogo Clap. Así es fue cierre del festival: con la electrónica fluyendo en una ciudad que se muestra como foco regional bien activo.

Al borde de la noche del domingo, el puente de hierro de la Ciudad de Santa Fé está teñido de verde. Los reflectores son como perros guardianes de la laguna Setúbal y de la urbe allá al fondo.