19/04/2017

El día que Sumo tocó por primera vez en Villa Gesell

¿Luca cantando "Heroína" en un balneario? Eso no podía salir bien...

“Ustedes son unos boluditos de mierda”, les dijo Luca Prodan a las 15 personas que miraban el primer show de Sumo en Villa Gesell. La anécdota es reconstruida por el periodista Juan Ignacio Provéndola en su libro Villa Gesell Rock & Roll, que muestra la relación entre la ciudad balnearia (de la que es oriundo) con artistas como Los Beatniks, Litto Nebbia, Sui Generis, los Redondos, Soda Stereo, Luis Alberto Spinetta, Los Piojos y La Renga, entre muchos otros. El trabajo puede conseguirse en Eterna Cadencia y Obel Libros, y debajo podés leer el capítulo sobre Sumo a modo de adelanto.

Era la primera temporada en democracia después de siete veranos bajo la sombra del Proceso de Reorganización Nacional. Las reuniones sociales, hasta ese entonces patrimonio exclusivo de actos oficiales, dejaban de ser comportamientos proscriptos y la Villa pretendía recuperar algo de aquel tiempo perdido. Un café concert por ahí, un espectáculo humorístico por acá, un show de música más allá. Poco a poco, los locales de gastronomía colgaban carteles ofreciendo, además de sus especialidades, distintas propuestas en vivo. Gesell parecía reencontrarse entre sus viejos pasos, esos que lo habían instalado como un balneario de fuente influjo bohemio y artístico, con todo lo que esto pueda significar.

Con el verano casi encima, los propietarios del Balneario Charlie reciben la propuesta de un grupo musical de nombre curioso. Se hacían llamar Sumo y bajaban desde Hurlingham con un long play editado por su propia cuenta. La tapa era un blanco pleno, apenas interrumpido por su nombre: Corpiños en la madrugada. Las canciones podían llamarse “White Trash”, “Heroína” o “Fuck you”, pero eso no convenía mostrarlo. El arreglo parecía convenirle a ambas partes: una serie de shows durante ese enero de 1984 a cambio de un dinero que le serviría al grupo para costearse el alquiler, la comida y otros gastos esenciales.

Un negocio redondo. O eso parecía: “El sonido del lugar era muy malo y los equipos parecían de juguete. Además, estaba lleno de gente muy ‘finoli’ que ni nos aplaudía. Luca se calentó y los empezó a putear. ‘¡Ustedes son unos boluditos de mierda!’, les decía. No se podía callar”, evocó Alejandro Sokol, baterista de aquella experiencia. Como el balneario los quería despedir sin pagarles, negociaron seguir tocando por lo que les dejara la gorra. Pero no hubo caso: “Son muy pelotudos. ¡Parecen una propaganda de Coca-Cola!”, les espetaba Luca Prodan a los 15 tipos que miraban absortos. El trato fue disuelto de manera irrevocable a la tercera noche.

“A partir de ahí, fue una batalla total buscando lugares para tocar, porque teníamos que terminar de pagar la casa. Alquilamos un equipo de voces y fuimos a hacerles el sonido a amigos que estaban tocando por ahí. A veces iban Luca y Diego Arnedo, o Alejandro Sokol y yo. También tocamos en un montón de bares que ya ni existen. Me acuerdo de uno que estaba por la 3 y 145. ¡En la loma del orto! Nuestro público eran cuatro parejas chapando o dos tipos agarrándose a navajazos por una minita”, extiende Daffunchio, a propósito de aquel verano caliente. “Alquilamos una casa en 115 y 5 que tenía paredes de cartón y era un quilombo de gente. Nos cagábamos de hambre y, a veces, teníamos que robar comida de los supermercados”.

La experiencia había sido catastrófica. De regreso, Luca se fue a Europa, Sokol renunció al grupo y Daffunchio se recluyó en unas cabañas de la Patagonia. Sumo parecía un sueño sin retorno. “Yo estaba podrido de los problemas de Luca con el alcohol y me fui a la mierda. Cuando volvió de su viaje por Europa, me llamó. ‘Dale, Germán, volvamos, no seas boludo’, me dijo. Cada vez que nos peleábamos había un período de silencio, porque los dos quedábamos re calientes y a veces terminábamos a las piñas. Pero hablamos de lo que pasó, nos arreglamos, y el grupo tomó otro curso”, explica el guitarrista.

Efectivamente, tras la gira geselina, la banda estalló en mil pedazos y recompuso sus engranajes en frío, dando paso a la formación con la que Sumo escribiría sus páginas más célebres: Luca Prodan, Germán Daffunchio, Diego Arnedo, Roberto Pettinato y las incorporaciones del guitarrista Ricardo Mollo y el baterista Alberto “Superman” Troglio. Llegaron tiempos de popularidad, discos fundamentales (Divididos por la felicidad, Llegando los monos y After chabón) y reseñas de leyenda. Un baño de oro propiciado por el cadalso de aquel verano fatal en Gesell: “Son las materias que se deben cursar en ‘la historia del rock’. Porque todos piensan que hay que grabar un disco y listo, pero es necesario capear las situaciones como vienen”, reflexiona Daffunchio desde algún rincón de las sierras cordobesas que cada tanto elige para refugiarse de su popularidad, y reencontrarse con esa esencia que él y sus compañeros supieron desparramar por la Villa.