15/10/2018

“¡Derechos humanos ya!”: a 30 años del festival de Amnesty en Buenos Aires

Cuando Charly, Springsteen, Sting y Peter Gabriel cantaron por la paz.

En un momento de la tarde, el debate fue por la métrica de la consigna de Amnesty International que debía ser cantada sobre el escenario. Los visitantes -Sting, Peter Gabriel, Bruce Springsteen- querían entonar “¡Derechos humanos ahora!” en español, traduciendo de forma literal la proclama original en inglés “Human rights, now!”, pero los locales -con Charly García al frente y con León Gieco en la retaguardia- preferían el más ajustado “¡Derechos humanos ya!”

Así de finitas fueron las cosas el 15 de octubre de 1988, cuando 75 mil personas llenaron el estadio de River para la última fecha de la gira mundial en apoyo a Amnesty International que encabezaban los tres gigantes de la escena del momento, junto a Tracy Chapman y el senegalés Youssou N’dour.

En la Argentina, la democracia era muy joven. La primavera alfonsinista le estaba dando paso a un invierno que prometió que lo siguieran sin defraudar, pero la cuestión de los derechos humanos estaba en la agenda política. Sin embargo, nadie sabía cuándo las cosas podrían volver a ponerse negras: en la Semana Santa de 1987, el levantamiento de Campo de Mayo terminó con el famoso “la casa está en orden” de Raúl Alfonsín, y con el avance de las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final, y en diciembre de 1988 -apenas dos meses después del festival- fue el levantamiento de Monte Caseros.

“Se hablaba de los derechos humanos porque estábamos despertando de la pesadilla de la dictadura -recuerda hoy Daniel Otero, presidente de Amnesty Argentina por aquellos años-, pero los ciclos en este país decían que cada 6 o 7 años volvían los golpes, y más o menos estábamos en fecha.” El grito era, por lo tanto, necesario.

La gira mundial de Amnesty International tenía como propósito conmemorar el 40º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y juntar firmas para llevarle un petitorio a la ONU que garantizara su puesta en práctica. Eran tiempos en los que el rock se relacionaba con las grandes causas humanitarias: el histórico Live Aid, en 1985, o USA For Africa, en 1986. La mirada estaba puesta en los más necesitados y la fuerza como expresión juvenil podía ser usada para despertar algunas conciencias y mover a las masas.

El festival se anunció en abril de 1988 y se confirmó en julio con una conferencia de prensa. Al principio, sólo Sting y Peter Gabriel serían los artistas al frente del cartel. Más tarde se sumó Springsteen, que aún arrastraba el éxito de su disco Born in the USA. Seis semanas duró el tour de Amnesty: empezó en el Estadio de Wembley de Londres el 22 de septiembre y terminó en la cancha de River en Buenos Aires el 15 de octubre.

En el medio hubo shows en París, Budapest -que vivía una breve apertura a pesar de formar parte de la Cortina de Hierro, pero que en el show tuvo al Politburó del Partido Comunista sentado en primera fila-, Turín, Barcelona, varias ciudades de Canadá y Estados Unidos, Costa Rica (con un huracán que azotó la ciudad el día del festival), Japón, India (el primer concierto en un estadio de la historia de ese país), Grecia, Zimbabwe y Costa de Marfil, antes de desembarcar en Sudamérica para hacer una fecha en San Pablo.

Chile, en plena turbulencia política tras la derrota del dictador Augusto Pinochet en el plebiscito con el que buscaba definir su continuidad en el poder hasta 1998, no era una opción, por lo que Amnesty decidió hacer el festival en el estadio mundialista de Mendoza. En aquella fecha, los invitados fueron los chilenos Inti Illimani, que invitaron a León Gieco a su set. Éste, a su vez, invitó a Andrés Calamaro, para que no se perdiera la oportunidad de ver a Peter Gabriel desde arriba del escenario. “Todos los que querían tenían su lugar”, recuerda Otero. Y así fue: esa noche también fueron de la partida los chilenos Los Prisioneros y el grupo mendocino Markama. Unos 10 mil trasandinos cruzaron la cordillera para asistir a ese show histórico que en su patria no podía darse.

Para la fecha en Buenos Aires, las cosas debían ser diferentes. Además de ser el cierre de la gira mundial, el concierto sería grabado para la televisión y para ello había que ajustar algunos detalles de organización. La grilla se repetía en cada parada del tour de Amnesty: abría con algún artista del país anfitrión y luego pasaba Youssou N’dour -famoso por su compromiso con las causas sociales-, después subía Tracy Chapman y más tarde Sting. El inglés estaba en pleno auge de su carrera como solista y era el más admirado por el público local, que ya lo había visto varias veces. Luego era el turno de Peter Gabriel, con un show de luces muy llamativo, y cerraba Bruce Springsteen con su pulsión rockera. Al final, todos juntos, hacían una versión de “Get Up, Stand Up”, de Bob Marley, con el pedido de “derechos humanos ahora” en la letra, tal como se había cantado en español en Barcelona.

Otero propuso a Charly García y a León Gieco como créditos locales. Al primero, por su llegada al público joven y su status de estrella de rock local (en acuerdo con Amnesty, se encadenó a las rejas de la Embajada de Chile en Argentina el 29 de julio de 1988 para señalar ante la prensa la vigencia de la dictadura de Pinochet), y al segundo, por su compromiso con las causas sociales y la canción testimonial. Desde el vamos, este plan empezó a generar conflictos entre la pata local y la organización visitante. Como dos mundos que chocan, la habitual forma de trabajo improvisada de la producción local chocó con el profesionalismo de los visitantes.

La Argentina no estaba preparada para semejante nivel de producción. Había diferencias abismales en tecnología y experiencia entre la manera de trabajar de los equipos de la gira con lo que se encontraron al llegar al país. Unas 500 personas trabajaron en el staff; cada artista trajo a su equipo. El productor e ingeniero de grabación Gustavo Gauvry recordó que la gira trajo todo, desde el escenario hasta las luces y el sonido, en decenas de camiones que entraban al estadio, y que hubo que construir un estudio de 24 canales para poner las máquinas que iban a grabar el show.

Por los compromisos de la televisación, Charly y León tenían asignado solamente un set de dos canciones cada uno, pero el primero protestó y el santafesino le cedió un lugar. De esa manera, Gieco cantaba una y García tres, aunque finalmente hizo cinco. Como el concierto de Amnesty sería exhibido como legado al mundo, el manager de Springsteen puso el grito en el cielo y dijo que si todos tocaban muchas canciones, su artista llegaría al final de la noche sin público en el estadio, dando una imagen lamentable. Otero y el productor Daniel Grinbank intervinieron para explicar que, en estas pampas, nadie se mueve de su lugar hasta el final del concierto y prometieron arrancar más temprano. Eso generó la protesta del manager de Peter Gabriel, que vería afectado su despliegue de luces si su artista salía a cantar al atardecer.

El debate se trasladó a los camarines, donde todos debían ensayar juntos para el número de cierre, aquella versión del clásico de Marley. Allí, Charly García escupió el mítico “acá el jefe soy yo” en la cara a Bruce Springsteen. “Había una zona común detrás de escena donde cada uno tenía un camarín. Ahí vi a Tracy Chapman plancharse ella misma su pantalón, y ahí Charly se cruzó con Bruce y le dijo quién mandaba. Yo lo vi”, recuerda Hilda Lizarazu, integrante de la banda de García esa tarde. Entre músicos, la cosa se relajó un poco, y se aceptó que Charly y León pudieran tener un poco más de espacio, pero los managers de Sting, Gabriel y Springsteen seguían siendo reticentes a dejarlos subir al final y quedar así registrados en la grabación televisiva.

Previsiblemente, mucho se habló en la previa de este novedoso maridaje entre el rock y la consigna de los derechos humanos. Peter Gabriel resaltó la importancia de cerrar la gira en la Argentina, un país que buscaba justicia y paz para su gente. León salió a decir que él ya había participado de movidas así con las Madres. Spinetta aseguró que alguien mencionó su nombre como invitado local, pero que él solo iba a tocar para presentar en vivo su disco Tester de Violencia. Fito Paéz, más escéptico, dijo a la revista Pelo que apoyaba la causa pero no a los “que se quedan con la guita”.

La oficina de Amnesty en Buenos Aires había abierto en 1985 (el organismo, sin embargo, fue el primero en denunciar a la dictadura militar en 1977) y apenas contaba con 15 personas. Debían delegar el esfuerzo de producción y, sobre todo, apoyarse en los centros de estudiantes de las facultades de la UBA para buscar las firmas para el petitorio (al fin y al cabo, el objetivo del evento). Las entradas se agotaron enseguida y todos, incluídos los miembros de la ONG y sus familiares y amigos, tuvieron que pagar su ticket. No había pases de cortesía, VIPs ni nada de lo que se acostumbra hoy en día en los grandes festivales. Desde el Gobierno nadie ofreció ayuda ni tampoco se pidieron favores.

García llegó a River sin dormir: había estado toda la noche grabando en los estudios ION y pasado por Prix D´Ami. Se indignó cuando supo cuál sería su sonido, y después de patalear y apelar a la solidaridad del resto de los músicos, Peter Gabriel se apidadó de él y logró que le habilitaran cinco canales. Como consecuencia, Hilda Lizarazu quedó sin micrófono y sólo pudo hacer palmas, Alfi Martins subió a escena con su teclado desenchufado y la batería de Fernando Samalea tenía un mic y otro quedaba para el Negro García López.

León tocó dos de sus clásicos sólo con su guitarra y su armónica: “Hombres de hierro” y “Sólo le pido a Dios”. Charly arrancó exigiendo que le subieran el volumen con un grito visceral  y arengó a todo el estadio de la mano de “Demoliendo hoteles”, “Los dinosaurios”, “Nos siguen pegando abajo (Pecado mortal)” y “La ruta del tentempié”.

Peter Gabriel efectivamente deslumbró con su puesta en escena y sorprendió a todos con sus movimientos sobre el escenario, que parecían cuidadosamente estudiados, como una coreografía perfecta, algo muy atípico para el artista de rock y jamás visto en este país.

Entre tanto compromiso con Amnesty, la prensa le recordó a Sting su visita a la Argentina con The Police en 1980, en plena dictadura militar. Él dijo no haber estado al tanto en aquel momento de las atrocidades que cometían los genocidas en el país. En su visita de 1987, sin embargo, había subido a las Madres de Plaza de Mayo a cantar con él su canción “Ellas bailan solas”, pero no tuvo la repercusión que logró con ese idéntico gesto en River en 1988. Esa imagen, la de las Madres sobre el escenario, fue la que terminó de validarlas ante una generación que estaba creciendo en democracia pero que sabía que las heridas aún no estaban cerradas. Aunque hoy parezca increíble, nadie se había atrevido a tanto dentro de la cultura rock.

Springsteen cerró la noche de la mano de la E Street Band y repartió varios clásicos: “Dancing in the Dark”, “Glory Days” y un final a puro rock and roll con “Twist and Shout”.

El plan era cantar al inicio y al final del show el clásico de Bob Marley “Get Up, Stand Up” todos juntos y con la adaptación del español que se había hecho para el show de Barcelona. Pero entonces en el ensayo en camarines, Charly siguió quejándose y dijo que la métrica no cerraba, que había que cambiar la letra por el más exacto “¡Derechos humanos, ya!” Sting le dio la razón y así se hizo. Pero los managers querían la foto de todos los artistas al inicio del festival y no al final, donde se cerraría la gira con la emblemática canción pero interpretada sólo por Springsteen, Gabriel y Sting, Tracy Chapman y Youssou N’dour.

Sin embargo, una vez más, Charly se salió con la suya y se coló arriba del escenario, empezó a arengar a la gente y se abrazó al senegalés para hacer los coros y colar algunas frases: a su manera, García logró ubicarse en la cima del mundo.