30/03/2020

50 años de "Bitches Brew", la jungla digital de Miles Davis

Música abstracta con el sonido de la calle.

Miles Davis

En el capítulo Safari Simpson (S12E17), la familia amarilla escapa de un hipopótamo en África. Toman el escudo del miembro de una tribu, improvisan una canoa y se tiran los cinco al río. Al llegar a una bifurcación, se presentan dos opciones. Una muestra un sol radiante, arco iris, palmeras y se oyen cantos pájaros; la otra, troncos de árboles muertos, calaveras, un cielo oscuro y lo que se escucha es un sonido grave, como el murmullo de una bestia que descansa fuera de plano en la jungla inhóspita. Y aunque Homero rema con sus brazos para llevarlos al lugar seguro, el viento los termina desviando a la oscuridad, a lo desconocido. Lo pide la trama del capítulo pero también es parte del destino de Los Simpson: ir hacia lo impensado. Hacia el final de la década del 60, Miles Davis se enfrentaba a un desafío similar.

Podía mantenerse con su quinteto y descollar, como ya lo venía haciendo desde hace años, en las aguas del jazz acústico, o cambiar una vez más el rumbo de su música. Eligió la segunda. A diferencia de Homero Simpson, el trompetista nacido en St. Louis se dejó llevar por los vientos de cambio. Sin dejar que sean estos los que le dictaminen el curso de su visión artística, disolvió su antigua formación y electrificó su sonido por completo. En febrero de 1969 grabó In A Silent Way, hoy visto como una prefiguración de lo que iba a venir, y nueve meses más tarde reunió a catorce músicos para dar forma (una forma bastante amorfa) a Bitches Brew, el gran disco de la historia del jazz rock, del que hoy se cumplen 50 años de su lanzamiento.

Tres pianistas eléctricos, un guistarrista, dos bateristas (uno por cada canal), un bajista eléctrico, percusionistas, vientos y su trompeta conectada a un pedal de wah wah. Una amistad con Jimi Hendrix, una relación con Betty Davis -que le hizo conocer los pantalones de cuero y los discos de Sly & The Family Stone- y una ambición por llegar a la mayor cantidad de público posible. Miles Davis se proponía cambiar la historia del jazz como ya lo había hecho diez años atrás con Kind of Blue y para él todo se reducía otra vez a lo mismo: componer música abstracta con el sonido de la calle.

Inmerso en lo que Kodwo Eshun llama "afrodelia amplificada", Miles Davis y su productor Teo Macero configuraron una jungla digital inexpugnable. Como si una nave espacial se hubiera estacionado en la selva del Congo, el pulso rítmico de Bitches Brew es el de una orgía tribal que se entrecorta en modo aleatorio. Por encima de la base, los pianos eléctricos, la guitarra y los vientos se deshacen en texturas mutantes y pierden su individualidad. Y aunque las melodías y las armonías aparecen irresueltas (sugeridas), hay algo en la trompeta de Miles Davis que funciona como aglutinador entre tanta demencia sónica.

Miles Davis

Ir, por ejemplo, a los 3:54 del tema que da nombre al disco. Miles Davis, después de desplegar un motivo de dos notas repleto de delay, se embarca en un solo que es su marca registrada. El sonido evocativo de su trompeta funciona de contrapunto temporal. Mientras detrás suena el futuro, él se eleva para improvisar una línea que suena como un recuerdo de esos que de tan lejanos ya no son más que una huella.

La capacidad de Miles Davis para sonar melódico & melancólico en cualquier tiempo y espacio muestra en Bitches Brew su cara más extrema. Cada uno de los tracks que componen el disco (cinco de seis superan los diez minutos de duración y dos de ellos los 20) son suites lisérgicas tan difíciles de digerir como indiscutibles en su profundidad y su armado. Mucho de eso se debió al trabajo de post producción codo a codo con Macero. En el cut/paste que permitía entonces el estudio de grabación, encastraron un collage sonoro que subvierte toda linealidad y colmó de extrañeza hasta a los músicos que grabaron el disco.

El 30 de marzo de 1970, Bennie Maupin manejaba en su auto por una autopista de Los Ángeles. En la radio pasaban un tema que le gustaba mucho y le sonaba familar pero no sabía bien a qué. Cuando terminó, el locutor anunció que se trataba de un tema del recién editado Bitches Brew. Bennie Maupin había tocado el clarinete bajo en el disco. Desarmarse para volver de otra forma, como un recuerdo distorsionado de tu propia versión. Miles Davis lo lograba una vez más. Consigo mismo y con quienes lo rodeaban.