05/02/2018

Y vos, ¿qué esperás para abrazar a tu hermano?

Seamos una familia feliz.

Aldana Durán / Gentileza

“Está canción la compuse pensando en todas las veces que quiero ser ella”. Lisa-Kaindé Díaz se sinceró antes de dar comienzo a “I Wanna Be Like you”, un synth pop caribeño en el que las mellizas Ibeyi dan cuenta del espejo (a veces más, a veces menos) benigno que implica toda hermandad. “Mirate ahora, tan salvaje y libre /…/ ¿por qué yo no puedo ser así?“, cantó la hermana con afro y mirada de envidia sana, que no era otra cosa que admiración.

Pero aunque el tema celebre las diferencias, las hermanas parecen fundirse en un solo sonido. Sus mamelucos rojos y la iluminación estacionada sobre el escenario de Niceto las pintaron como dos obreras del downtempo que activaron los engranajes de su maquinaria sin perder la sonrisa ni la amabilidad franco-cubana. Ninguna quiere sobresalir por sobre la otra, ni tampoco ser menos. “Lo que estamos intentando con Ibeyi es mezclarnos hasta que de verdad seamos una”, le había dicho Lisa-Kaindé a Silencio. Ser hermanxs es, tal vez durante más tiempo que ninguna otra relación, compartir aventuras y también responsabilidades.

“Y ahora se quedan con mi hermano, que es un capo”, dijo Federico Pertusi el viernes por la noche, en Uniclub. Aunque fue el principal agasajado de la fiesta punk que se extendió por más de dos horas, le escapó al protagonismo. Porque aunque lo que se celebraba fuera la despedida ¿para siempre? de De Romanticistas Shaolin’s, la banda que le debió su existencia a él y solo a él, sabía que la juntada tenía un fin ulterior: que su hermano Ciro, el que la pegó, el que trascendió el gueto, ganara horas de vuelo y recuperara su voz después de la operación de garganta.

Sobre el escenario, Federico Pertusi fue lo anti punk (había llegado al lugar en bicicleta, y, a la vista de todos, la ató con candado en un poste de luz cerca de la puerta), tenía jeans que no eran chupines y zapatillas demasiado blancas, de esas que se prenden con abrojos. Pero cuando canta, es punk por naturaleza. Su voz suena sin pretensiones, con bronca linda, reventada y optimista. “Es un hombre de estudio, ama esa forma de expresión”, le había dicho Ciro a Silencio antes de la fecha. “Mi hermano es uno de los artistas y humanos que más he admirado”.

Y ese amor fraternal y punk es el que vale rescatar de este fin de semana.

Por más que no haya lazo sanguíneo, el punk (el rock) es, entre otras cosas, el reconocimiento de un origen y un destino común. Joey y Johnny se odiaban, pero todo se solucionaba puertas adentro. Para afuera, no dudaban en darle el apellido Ramone a cualquiera que, aunque fuera fugazmente, se subiera al escenario con ellos… “We are a happy family”. Y de eso sabía mucho Juan Ledesma, baterista de Superuva, que fue asesinado a puñaladas el domingo por la madrugada defendiendo a Checha, el cantante de su banda. El principal sospechoso de su muerte se hace llamar punk y pertenece a los Obelos, una despreciable pandilla de delincuentes que acecha en recitales del estilo desde la década del 90. Una calaña de “Malditos dominantes bastardos / que no tienen ley por el existir de los seres de esta vida”, como canta Fede Pertusi en “Religionaré”.

Si Cromañón fue el colapso de un sistema que repleto de errores que pueden resumirse en el desinterés por el otro (desde prender una bengala a bloquear las salidas de emergencias), tal vez valga como ejercicio pensar la escena musical argentina como un lugar de fraternidad. No para alentar actos de devoción y atucomplacencia, sino como punto de discusión, de celebración y de respeto, donde el otro sea un espejo que nos devuelve nuestros propios aciertos y errores.

Tal vez sea momento de que vayas a abrazar a tu hermano.