18/08/2017

Ricardo Iorio, o cómo discernir la obra de la ideología del autor

Quien ayer cantó "Sé vos" hoy transita errante.

José Luis García

“Esa fue la primera vez que le pegué a Francis, y no sería la última” Con esas palabras, Miles Davis confiesa en su autobiografía algo que ya era mucho más que un secreto a voces. Dueño de valores incluso polémicos para su propia época, la figura más grande del jazz en toda su historia encierra también un costado privado que incluye, entre otras cosas, maltrato femenino y manejo de una red de prostitutas. Nadie, de todos modos, se atrevería a utilizar esto como argumento para invalidar su música, uno de los corpus artísticos más apasionantes del siglo XX.

La obra por un lado, la vida por otro.

Sin intención de comparar, la figura de Ricardo Iorio obliga a enfrentar un desafío similar. Como factor de complejidad, la proximidad -geográfica y temporal- hace que separar una cosa de la otra sea más difícil. Y aunque todos los que alguna vez nos desgarramos la garganta cantando “Sé vos nomás, que al mundo salvarás / aunque muchos lo hagan difícil” hoy sumemos otro cachetazo, hace años que venimos curtidos.

Los comentarios antisemitas de Iorio datan, como mínimo, de aquella entrevista a Rolling Stone en 1999. “Si vos sos judío no me vengas a cantar el Himno”, dijo en esa oportunidad. Esa “línea de conducta” extendida en el tiempo no hace que cada derrape duela menos; mucho menos dejan de doler ahora, cuando esos derrapes se repiten cada vez con mayor frecuencia.

Aceptemos algo: si la vida privada no empaña la obra, la obra no suaviza los desarreglos de la vida privada. No hay solo de trompeta de Miles Davis que cicatrice sus trompadas a una mujer, como tampoco hay versos de Iorio que lo hagan menos despreciable, menos facho, menos nazi.

El proceso es doloroso, claro. Incluso cuando ya dejamos de ser adolescentes y nos sentimos mucho más curtidos y maduros, no es fácil aceptar que esas canciones que te representan, que abrazaste desde pibe, las pudo haber escrito un tipo desagradable. Es una de las reglas del juego que deben estar escritas en letra chica cuando firmás contrato con el rock, porque nadie te advierte que la persona que vas a idolatrar puede ser igual de oscura que la persona que más repudiás.

En ningún lado dice, y esto también es cierto, que si cantás una canción automáticamente comulgás 100% con su autor. Pero entonces sos chico y te gusta creer que sí. Te gusta creer que ese tipo pensaba en vos cuando escribió que “lo que tú buscas dentro tuyo está”.

Porque el rock interpela como ninguna otra música. Por eso es más fácil desprenderse de la filiación antisemita de Wagner que de Iorio sentado con Biondini. Hay más fanáticos de Wagner que de Iorio en el mundo. “Fijate cuántas remeras de uno y de otro te cruzás en la calle”, podríamos exigir y con razón.

Pero el paso hay que darlo.

Y no para rescatar a Iorio. Hay que darlo para rescatar a las canciones y con ellas a nosotros mismos. Una letra que dice “Todo es en vano si no hay amor” sobrevive a quien la escribió. Y la sobrevive no por un juego de equivalencias, sino por todo lo contrario. La sobrevive porque opera en otro plano: el de la imaginación, el de la libre asociación, el del mundo íntimo del oyente.

Hoy, Santiago Maldonado se encuentra desaparecido por defender la causa mapuche. ¿Cómo no pedir que aparezca con vida y cantar “Sentir indiano en mi corazón, canción ha parido”? Arrebatarle esas letras a Iorio hoy es nuestra obligación, porque si dejamos que caigan en el olvido vamos a tener menos herramientas para pelear por un mundo con menos personas que piensen como él.

Personalmente, Hermética seguirá siendo una las bandas favoritas de mi vida, y no voy a permitir que nadie me la quite. Ni siquiera su líder.

Y también voy a decir, y lo diré todas las veces necesarias para que con cada repetición el dolor sea menor, que Iorio es un facho despreciable.