11/10/2018

Nick Cave y la intimidad a escala masiva

Cuando el rock se convierte en comunicación genuina.

Cecilia Salas
Nick Cave

Aunque su figura no diste demasiado de la que paseara por Buenos Aires hace más de dos décadas, Nick Cave ya no es el mismo. Su estatura como compositor y performer ha crecido, claro, lo mismo que la diversificación de su arte: el proyecto paralelo Grinderman, las bandas sonoras junto a Warren Ellis, los libros, las canciones para otros intérpretes… Sin embargo, lo radicalmente diferente en él es un nuevo dolor, la muerte de su hijo adolescente. Una pena infinita que parece encontrar su exorcismo a través de una ceremonia colectiva.

Ahí radica la gran diferencia entre su show de anoche en el Malvinas y los de 1996: Nick Cave necesita de su público tanto como éste precisa de las canciones del australiano.

“Hay algo que tiene que ver con la comunicación a escala masiva que de algún modo extraño funciona muy bien en relación con la intimidad”, había dicho Cave ayer a la mañana, durante su conferencia de prensa en Buenos Aires. Y a la noche, ese contacto tan vital empezó enseguida, sin que pudiera interrumpirlo ni el corte del sonido en “Magneto”. Los gestos de Cave generaron esa intimidad, impensada en el pasado: en “Higgs Bosom Blues” se agachó y apoyó en su pecho manos de los que estaban adelante mientras preguntaba “¿Sentís a mi corazón latir?”, miró a los ojos en cada estribillo, abrió sus brazos como para absorber las emociones que ascendían desde el campo…

En la búsqueda de esa intimidad a escala masiva, Cave atravesó a pie parte de la platea y se situó en una tarima ahí montada, más cerca de los que estaban (un tanto) más lejos. Y después, invitó al escenario a parte del público durante “Stagger Lee”, en un gesto que algunos interpretaron como tribunero, pero que también puede ser visto como el punto más alto de esa necesidad compartida de compartir. De estar ahí, a centímetros de distancia, artista y público.

Si antes había cagado a pedos a uno que se había subido a hacer stage diving -¿qué clase de comunicación es esa?-, en el momento de tener el escenario cargado de gente preguntó una y otra vez “¿Están listos?”. Listos para la canción, sí, pero también para esa intimidad que uno pareció no comprender. Si contestó que estaba listo, ¿por qué seguir apuntando con la cámara del celular? “Bajá el fucking teléfono”, le ordenó / rogó Nick Cave. “El diablo tiene un fucking iPhone en la mano”, cantó más tarde.

Subir al público al escenario no es un gesto inusual en shows de rock, pero lo de Cave fue especial. Pasada la emoción de estar ahí arriba, el cantante pidió a la gente que se sentara y se ubicó en el medio, cantó estrofas cara a cara con algunos, recibió y otorgó abrazos… Y entonces empezó “Push the Sky Away”, para la que se paró, tomó de la mano a dos chicas y un muchacho, y entre todos empujaron ese cielo imaginario.

Ok, ya todo el mundo asistió a la desacralización del rock, el escepticismo y el sarcasmo han ganado la batalla desde las redes sociales (incluido a quien escribe), ya no hay modo de sentirse trascendido por una situación de concierto de rock. Entonces, ¿qué son esas lágrimas arriba y abajo del escenario? ¿Cómo es que la conexión se produce, si se supone que sólo se asiste a una tribuneada? La canción, la actitud de Cave (parte de su personaje, también, porque al fin y al cabo es un artista), la mirada de la chica que cantó cada verso de “Stagger Lee” (¡de “Stagger Lee”!), el abrazo que Warren Ellis le propinó a uno cuando estaba por abandonar el escenario…

Vuelta al comienzo y alguna conclusión: cuando el artista necesita tanto de su público como éste de las canciones, el rock -ese que ya está tan de vuelta de todo que parece muerto- cobra sentido, se hace epidermis y luego la traspasa, se convierte en una comunicación genuina en la que las emociones no pueden ser contenidas con ninguna clase de pose superada (otra vez, incluida la de quien escribe).

Nick Cave & The Bad Seeds fueron todo eso durante un rato en Buenos Aires. Fue hermoso. Fue bestial. Fue descomunal.

Aleluya, hermanos.