10/08/2017

Del barrio al infinito: el “camino del héroe” de Chizzo

El frontman de La Renga se convierte en la voz de 40 mil condenados a la sed de ser.

Oh, mi alma solitaria, tendré que irte a buscar“, canta Chizzo en “Corazón fugitivo”, el tema con el que La Renga suele abrir los recitales de esta extendida (y problemática) gira de presentación de Pesados vestigios. Y entonces estira, en un melisma pronunciado, la “a” de “buscar”. La estira tanto que le provoca una sonrisa (¿es “la sonrisa del alma muerta” como cantará luego en “Almohada de piedra”? ¿O es directamente “la sonrisa de la muerte”, esa que se cruza en medio del camino en “El twist del pibe”?). Así comienza la odisea del Highlander de Mataderos, un viaje que lo tiene por momentos solo y por momentos acompañado, por momentos haciendo base en el barrio y por momento abrazando las inmensidades. En todos los casos, con la búsqueda (“siempre voy a buscar lo que es mío”) como sinónimo de liberación.

Por cuarta vez en un mes, algo que también ocurrirá por quinta y sexta, Chizzo y los suyos se enfrentan (se encuentran) a una masa de 40 mil personas. La Renga es la banda más convocante y más federal del país, desde hace años. Lo dicen los números y también las banderas: al lado de una que dice Puerto Madryn hay una de San Miguel, en las pantallas aparece una de Casilda y en el campo flamea una que dice Merlo Norte. A todos ellos le dedica “Motoralmaisangre”: “A los que querían venir a ver cómo es en Capital”, dice en un tiro por elevación a la prohibición de tocar en un escenario porteño que se extendió durante una década.

Lejos de la demagogia y los ademanes desmedidos, Chizzo se planta en el micrófono y toma el centro del escenario para desplegar sus solos (inspiradísimo en “Oscuro diamante” y con más dedos que ideas en “Balada del diablo y la muerte”). Su estirpe de frontman se consolida en pequeños gestos que se dibujan detrás de sus guitarras de cuerpos grandes y líneas angulosas -una hecha a medida y la clásica Gibson Firebird- que por momentos parecen su escudo. Pero la médula de su personalidad escénica es la voz: una gola rugiente que exige una parada de piernas abiertas y hombros ensanchados. Chizzo es un gigante estático que se mueve con pies de plomo.

En el viaje de dos horas y media que concluye, como siempre, con “Hablando de la libertad”, Chizzo construye una masa crítica que no lo deja solo. “Sentirme a tu lado me hará mucho mejor“, canta en “A tu lado”, e incluso en esa oda al desencanto adolescente que es “El revelde” reconoce saber “que hay otros también” que prefieran la rebelión a seguir padeciendo. Si la premisa de Los Redondos era “solos y de noche”, la de La Renga parece ser “muchos y de noche”.

Cargado de metáforas y referencias concretas, el recorrido, que siempre es interno en última instancia, se llena de seres sobrenaturales (El Diablo, la Muerte, “el Ángel ahí tirado” e incluso “La vieja palabra Destino”) que ponen a prueba el temple del golem motoquero encarnado por Chizzo. Ahí es donde la etiqueta de barrial parece quedarle chica. Porque sí, hay referencias geográficas concretas al barrio -Pompeya en “La nave del olvido” y Lugano en el ya mencionado “El twist del pibe” tuvieron su resonancia anoche-, pero ese no es más que un punto de partida, una confirmación identitaria para ir a la conquista del mundo (exterior e interior).

No se trata acá del barrio como lugar de resistencia (“Sé que mi barrio esperará”, canta Attaque 77), ni como espacio de rivalidad (“Carlos se vendió al barrio de Lanús” canta 2 Minutos) o aguantadero fraternal (“Cervezas en la esquina del barrio varón”, cantaba Hermética), se trata del barrio como punto de despegue y como lugar donde también es posible lo imposible. “La esquina de mi barrio” es también “La esquina del infinito”. Ahí donde Charly se preguntaba: “¿Por qué tenemos que ir tan lejos para estar acá?”, Chizzo realiza el camino inverso: tiene que estar acá para poder ir tan lejos.

Justo antes de los bises, “La razón que te demora” funciona como síntesis del ethos renguero. La voz de Chizzo se vuelve gutural y cavernosa cuando la posibilidad de que el “destino sea una mentira” se hace patente pero de inmediato su fraseo se aclara cuando divisa que “la ruta sigue más allá de las luces de la autopista”. La superación no es en las letras de Chizzo una mera cuestión de autoayuda; los claroscuros se ponen en evidencia y se combaten. En lugar de caer en la liviandad del “sí se puede”, prefiere, como si se tratara de un Sartre con overol, cantarle a todo aquel que viva “condenado a la sed de ser”.