08/03/2018

La mujer en el periodismo de rock, cuando ya no juega de visitante

Apostillas de un proceso de cambio lento pero sostenido.

Cecilia Salas
mujer en el periodismo de rock

El simple hecho de tener que escribir una columna que visibilice la situación de disparidad entre la proporción de periodistas de rock hombres y mujeres da cuenta del panorama actual.

Al preguntar al voleo entre la prensa especializada quiénes fueron aquellas mujeres que dejaron una marca en el rock escrito, aparecen siempre las mismas respuestas… silencio, primero, y la figura de Gloria Guerrero (“La Primera Dama del Rock”), después. De hecho, fue ella misma la que contó en una entrevista que cuando empezó a interesarse en el rock como contracultura y se juntaban los fines de semana en los parques Rivadavia o Centenario “eran dos minas entre 300 tipos”.

En las redacciones, las radios, el fotoperiodismo y en las mesas de mando, esa proporción se mantiene vigente. Y no es por falta de interés ni de mérito, sino porque ese espacio no se les dio ni se da a las mujeres en igual proporción. Siempre musas inspiradoras -muchachas débiles o atrevidas-, encargadas de prensa, acompañantes o fans enardecidas, pero pocas veces protagonistas de la crónica o la crítica. Y menos todavía en la edición o la dirección. Tal vez en el diseño o en la diagramación. De los 60 a la fecha existe un registro acotado del trabajo de la mujer cronista.

Pero no todas son pálidas.

Desde la resiliencia y la oportunidad, hay un lugar excepcional del espacio que nos tocó ocupar: el lado B de la historia, el registro del otro lado del espejo. Como la historia de Peperina en manos de Patricia Perea. Los relatos crudos y sinceros de Viv Albertine en Ropa música chicos o el registro desde adentro de Kim Gordon, “la chica del grupo”. Sin embargo, resulta clave entender que no existe tal cosa como “la mirada femenina” versus “la mirada masculina”: si se omitiera la firma de un texto, no habría forma de identificar si fue escrito por un hombre o una mujer, porque no existen características inherentes a la escritura de cada género.

Promesa de eterna juventud, de igualdad, libertad y hogar de la contracultura, el rock resulta tan homofóbico como misógino. Los astros como Bowie, Freddie, Jimmy o Mick conectaron con su androginia, con la sensualidad y con características consideradas propiamente femeninas, y enamoraron personas sin importar su género. Pero no crucemos ese umbral. Si una mujer en este ambiente se muestra crítica, con criterio y opinión propia, se vuelve el bicho raro, o “la chica que vivió la euforia de ser parte del rock” y que no tiene “huevos para la oficina”.

Por el simple hecho de tener ovarios pareciera que permanentemente hay que rendir examen, lidiar con la brecha salarial, el techo de cristal, el desprecio hacia el género y con una desigualdad total en los cargos de poder, siempre en manos de hombres. La tenemos más difícil, claro.

Y es injusto.

Salimos de los suplementos de temas cotidianos o de escribir en “La mujer, el hogar y el niño” y el esfuerzo para llegar a los mismos lugares que los hombres es del doble, o el triple, aunque cada vez se vean (y lean) más mujeres en la escena.

No esperamos ser parte de la cofradía que se arma entre músicos y periodistas, de la complicidad y las charlas de fútbol o de autos, pero se siente el cambio, que viene lento y sostenido. Por eso las marchas. Por eso la revolución de las mujeres. Porque no nos la van a hacer más fácil, pero hay que dar la pelea para dejar de jugar de visitantes.