21/01/2019

Basta, Rolo

Sartorio, Bolsonaro y la argentinidad al palo.

Cecilia Salas
Rolo Sartorio

“Por Dios, no se puede decir nada en este país”, dijo una vez en un video que compartió en sus redes sociales, indignado por la repercusión pública de sus dichos contra distintas minorías.

¿Rolo Sartorio? No, Jair Bolsonaro. El flamante primer mandatario brasileño hizo un reclamo similar al del líder de La Beriso hace poco menos de un año, después de que la procuradora general Raquel Dodge lo denunciara judicialmente por incitar el odio y la discriminación.

El discurso público de Sartorio está (¿aún?) lejos de esa línea. Su escala de opiniones no es tan distinta de la de ese tío segundo que engalana la mesa familiar en Nochebuena: dijo estar “a favor del respeto y de la educación”, propuso armar “un escuadrón” para combatir a “la corrupción, los ladrones y todas las mierdas que nos hundieron el país” y remarcó que “los militares hicieron muy mal, pero la democracia también hace muy mal a la Argentina”. Y todo eso en una sola entrevista.

Mucho antes del show del viernes en Embalse, y apenas fuera de los límites de la Capital Federal, el hombre ya había dado muestras de su pensamiento en vivo. “Qué pedazo de puto”, le dijo en sorna a un plomo que tiraba agua al público con menos potencia de la que su heteronorma considera correcta para un hombre. “Hoy la revolución es el respeto, no hay que tirar piedras, no hay que cortar calles. Eso quedó en los 70, muchachos”, tiró minutos más tarde.

¿El comentario sobre los 70 es más una provocación barata que otra cosa, basada en esa lectura todo-tiempo-pasado-fue-mejor de que la gente era amable y educada hasta que llegó la droga, el peronismo o vaya uno a saber qué otra cosa? Puede ser.

¿Aquello de que los políticos son todos una manga de ladrones que solo están en el cargo para llevársela a su casa -o, en el mejor de los casos, a una cuenta en Suiza- es algo nuevo? Por supuesto que no. De hecho, sobran los ejemplos para ilustrar un reclamo así.

¿La crítica a los ambientalistas por cargar nafta premium con la misma mano con la que levantan el dedo al denunciar un caso de contaminación puede parecer simpática o graciosa? Supongamos que sí, siendo amables.

¿Eso de definir a una mujer trans como “una chica no tan chica” o reirse de que alguien “es re puto, se la re come” nació en la mente de Rolo? Desde ya que no.

Aquella bandera de que “acá comemos asado, papá, asado y vino”, levantada por Sartorio en el recital cordobés, es la encarnación de lo que él considera la normalidad: somos hombres bien machos, nos gustan las mujeres “de verdad” (pero tampoco muy putas, ojo), comemos esto y tomamos aquello, y no rompemos las pelotas con boludeces. La argentinidad al palo, en su forma de ver las cosas.

Elige desconocer Rolo que, entre los cientos de miles de personas que se exponen a su discurso (sea porque pagan una entrada para verlo en un show, o lo siguen en vivo o a distancia por YouTube, o son “fumadores pasivos” en una reunión social donde alguien elige poner La Beriso en altavoz), hay decenas, centenares, miles que no encajan en esa pieza de rompecabezas que dibujó: chicos y chicas, hombres y mujeres, que pelean contra sus demonios internos y el temor del qué dirán para enfrentarse al mundo como lo que son o lo que quieren ser. Y escuchar a su ídolo (o al ídolo de sus amigos) hablar en esos términos no ayuda en nada.

Hay otros miles que, al escuchar ese discurso, probablemente ni se preguntarán si eso que dicen arriba del escenario está mal (porque qué gracioso el Rolo, porque vieron y oyeron comentarios similares cientos de veces en la tele o en sus grupos de amigos) y no podrán hacer absolutamente nada para acompañar a una minoría cuando se les revele como tal. Algunos otros, esperemos que los menos, no sólo no sabrán acompañar sino que directamente actuarán verbal o físicamente contra esos distintos.

Probablemente el líder de La Beriso jamás se haya considerado a sí mismo una persona discriminadora; quien esto escribe no piensa que lo sea. Pero, al repetir discursos como el de este fin de semana ante un público masivo, demuestra una absoluta incapacidad para reconocer su rol como comunicador social en el sentido más literal del término: una persona que dice cosas para muchísimas otras.

Jair Bolsonaro, ese tipo que dijo que su única hija mujer fue resultado de un “momento de debilidad”, o que preferiría que un hijo suyo “muera en un accidente antes de que aparezca con un bigotudo por ahí” no surgió de la nada, pero su discurso de odio logró calar hondo en una sociedad que o bien aprueba esos mensajes o los acepta como el “mal menor” ante una supuesta necesidad de cambio político y social.

Normalizar discursos como los de Sartorio, por “graciosos” o naif que parezcan, es ni más ni menos que alimentar el odio a las minorías. No es un problema de libertad de expresión: decí lo que quieras, pero entendé que al plantarte frente a un micrófono y plantear estas cosas estás enviando un mensaje mucho más complejo que el denotado. Y ya estamos hasta acá de golpes, agresiones y asesinatos.