28/09/2017

Los 5 mejores momentos de los Rolling Stones en Barcelona

Simpatía por los septuagenarios.

The Rolling Stones / Web

Anoche, y luego de diez años desde su última presentación en Barcelona, los Rolling Stones dieron un show en el Estadio Olímpico Lluís Companys de esa ciudad, en el marco de la gira No Filter, que los tiene recorriendo distintos escenarios europeos. Con un setlist cargado de hits, algunas sorpresas y un pequeño vistazo a la excusa del tour, Blue & Lonesome, su último disco, el show varió levemente con respecto a lo que se vio en sus últimos shows en el Estadio Único de La Plata, siempre con el rock como bandera. Y, en contradicción a la idea de no usar filtros, las cuatro pantallas rectangulares (o smartphones gigantes, tal vez de ahí el nombre de la gira) que funcionaron de escenario, pasaron una y otra vez sobre Mick Jagger, Keith Richards, Ron Wood y Charlie Watts con toda la gama Instagram posible. Y esta es la Story que Silencio capturó y no escribe en catalán:

Uno de los momentos más emotivos del show se dio sobre el final, cuando en los bises, "Gimme Shelter" plasmó toda su intención política desde las guitarras y pantallas. Con videos de movilizaciones y protestas a favor de los derechos de los afroamericanos, LGBT y la educación gratuita, entre otros reclamos, el ida y vuelta entre Mick Jagger y la corista Sasha Allen fueron el querosén para encender a un estadio al que sólo le faltó también pedir por su independencia, a pocos días del referéndum catalán que mantiene en vilo a toda España.

Luego de un pequeño recorrido por su último disco, con "Just Your Fool" y "Ride 'Em on Down", llegó el clásico de Aftermath, una de las rarezas de la noche que se corrió por un rato del lugar del hit. Con una versión casi calcada del disco, "Under My Thumb" fue una de las canciones que mejor le calzó al tono actual de Jagger.

A pedido del público a través de las redes sociales de la banda, el tema que abre Exile on Main Street mantuvo la frescura original gracias a la sección de vientos a dos saxofones, que trinaron entre sí en cada agudo al que Jagger prefería no buscar. El clímax, en el puente, fue una clara demostración de que para los Stones no todo es 4/4.

A diferencia de los shows en La Plata, donde la canción llegaba sobre el final, durante esta gira, "Sympathy for the Devil" es la encargada de abrir el escenario a lo grande. Con un juego de luces rojas y humo que cubrió el estadio por completo, la inmersión en el infierno se sintió tan real que, por un momento, los acordes filosos de Keith Richards parecieron obra del diablo mismo.

Un tema que no invitó a ver la performance, sino a entrar en trance. Durante más de diez minutos, cada Stone se alejó, se transformó, viajó, pero siempre recordando a quién tenían al lado, por momentos fusionándose en un ente etéreo que personificó al blues psicodélico que interpretaron. Los contrapuntos, la oscuridad de su letra y la armónica de Jagger en sintonía con cada línea de guitarra de Richards y Wood marcaron, sin lugar a dudas, el mejor momento del recital, y al mismo tiempo, la eterna juventud de los Stones. El año es 2017, pero anoche, por un rato, pareció ser 1969.