21/04/2016

Prince, un artista inimitable

Cuando el mundo no alcanza.

Peter Tea / Flickr
Prince

Cuando se intenta señalar la grandeza de un artista, muchas veces se usa el adjetivo “inigualable” -de ahí que la hinchada de Boca haya elegido la frase “Podrán imitarnos, pero igualarnos jamás” para una de sus banderas más conocidas-. Prince, en cambio, ni siquiera fue imitable. Es cierto que se puede reconocer su influencia en algún fraseo de Justin Timberlake o en algún falsete de Bruno Mars, pero para acercarse a Prince, además, se necesita ser un excelente guitarrista, pianista, bajista y baterista. Eso para empezar.

Ante la pregunta de qué es lo que hizo a Prince un artista diferente al resto, bien vale responder con la pregunta opuesta: ¿qué tenía Prince de parecido al resto? Miles Davis lo resumió alguna vez como un blend entre Marvin Gaye, James Brown, Jimi Hendrix y Charles Chaplin. Y probablemente ése sea un análisis perfecto del ADN de Prince, el hombre que nació con el nombre de Prince Roger Nelson el 7 de junio de 1958 en Minneapolis y veinte años más tarde comenzó a definir el sonido característico de su ciudad natal: el Minneapolis sound.

Volviendo a la pregunta sobre la diferencia, eso que lo hace un artista inigualable e inimitable, la respuesta es: el sexo. Porque a diferencia de cualquier otro músico, y tal vez de cualquier otro ser humano, el sexo -por más casual que fuera- para Prince más que algo físico era metafísico. For You (1978) y HITnRUN (2015) marcan los extremos de una discografía que reúne 39 títulos en total. En cada uno de ellos, y con resultado dispar, claro está, Prince creó una obra en la que la pulsión carnal, lejos de ser reprimida, era objeto y objetivo. Como si fuera una usina de libido, Prince desparramó las fantasías sexuales de todos y todas en canciones que podían sonar sofisticadas y directas al mismo tiempo. Siempre con el funk como músculo vital, el enano púrpura se paseó por las curvas de la música disco, el rock guitarrero y el pop radial con una facilidad deslumbrante.

En los 80, Prince vivió su pico de popularidad y compartió el reinado de la música pop con Michael Jackson y Madonna, pero, fiel a su nombre, prefirió nunca aspirar al trono. Tal vez porque los príncipes siempre la pasan mejor (mirar el caso de Inglaterra), el genio de Minneapolis comenzó a mutar y experimentar para que sus orgías musicales no siempre tuvieran como destino la masividad (aunque las ventas de 1999, Purple Rain y Sing ‘O’ The Times se cuenten por millones). Entonces prefirió cambiar de nombre. Muchas veces. Prince fue Jamie Starr, Christopher Alexander Nevermind, The Purple One, Joey Coco, The Artist Formerly Known as Prince (El artista antes conocido como Prince) y también un signo: .

Al ritmo de las variaciones de identidad, Prince también cambió su personalidad. Su figura se volvió enigmática y extravagante, alimentada por una paulatina desaparición de la vía púbica y virtual (andá a encontrar un video de Prince en YouTube o sus canciones en Spotify). Sus shows en vivo se convirtieron en eventos cada vez más cotizados y sobre el escenario nunca le tembló el pulso a la hora de jugar a la estrella hermafrodita. Era como si no le alcanzara con ser una sola mitad en esa actividad que los humanos llamamos sexo.

A partir del cachondeo trascendental de Marvin Gaye, los impulsos guitarreros hormonales de Jimi Hendrix y los espasmos orgásmicos de James Brown, Prince creó su propio universo, regido por sus propias reglas y en el que el único habitante es él mismo. Porque a Prince nunca le importaron un carajo los tabúes de este mundo, el que dejó hoy a los 57 años.