18/11/2017

Malcolm Young, el sultán del ritmo

El hombre que hizo que el rock sea siempre igual... y que nunca vuelva a ser igual.

Aftershow / Flickr

Cada paso que Malcolm Young daba en el escenario era preciso. Cuando el estribillo requería de sus servicios, avanzaba hacia el micrófono en línea recta, como el soldado más eficiente que la guardia pretoriana haya tenido jamás. Una vez que su función de corista estaba cumplida, volvía sobre sus pasos con su mano derecha siempre castigando la guitarra y la mirada congelada en un punto fijo bien distante. Nada lo distraía de su misión: ser el sostén de la banda de rock más efectiva del mundo.

Para Malcolm siempre se trató de tocar y hacer lo justo y necesario, de fabricar canciones de rock según sus atributos básicos. Para entender su lógica sólo alcanzaba con mirar su guitarra, una Gretsch Jet Firebird del 63 a la que de sus tres micrófonos le sacó dos. “No los necesitaba”, solía repetir. Y en los huecos visibles de los micrófonos desterrados asomaban los cables que desnudaban el modo de producción del sonido eléctrico: la transimisión de ondas se da por la transmisión de corriente (corriente alterna/corriente continua: AC/DC). En su guitarra, como en el arte japonés, el vacío es plenitud.

Como una usina inagotable de riffs, Malcolm hizo que las canciones de AC/DC se convirtieran en el arquetipo de la canción de rock. No se trataba de tocar muchas notas en poco tiempo, sino de todo lo contrario: de tocar pocas notas durante la mayor cantidad de tiempo posible. 40 años, por ejemplo. En algún rincón de su cerebro, parecía haber encontrado el algoritmo que le permitía combinar las mismas cuatro notas en infinidad de maneras distintas. Si la música se trata, en última instancia, de relaciones numéricas, Malcolm fue el matemático perfecto.

Pero la música también es magia. La forma en la que la disposición de sonidos en determinado período de tiempo pueden generar emociones distintas será siempre un misterio. Y AC/DC (Malcolm) supo generar siempre la misma emoción, la misma reacción epidérmica incluso cuando cualquier oído ya sabía lo que iba a venir. Tomemos un caso paradigmático. “TNT”, el hit precoz de 1975, contra “Hail Caesar”, el hit anacrónico de 1995. Con 20 años de distancia, el laboratorio de Malcolm concluyó en ambas oportunidades que el silencio debía combinarse con las mismas tres notas (Mi-Sol-La). Los productos finales: igual de básicos, igual de irresistibles. En la repetición también está el gusto.

En su rol de principal compositor de AC/DC, Malcolm entendió la matriz del rock antes (y durante más tiempo) que nadie. Su sentido del ritmo, preciso, austero, pero con ese imponderable toque de “onda”, incluso cuando se tratara de una música sans serif, lo transformaron en un guitarrista único. A los 64 años murió luego de una larga batalla contra la demencia. Malcolm Young hizo que el rock siempre fuera igual, y el rock ya nunca más será igual sin él.

We salute you, Malcolm.