11/11/2016

Leonard Cohen, el alquimista de las palabras

Hasta luego, poeta.

Gentileza
Leonard Cohen

“Bien, Marianne, ha llegado el tiempo en el que somos realmente muy viejos y nuestros cuerpos se están desarmando, y creo que voy a seguirte muy pronto. Sabé que estoy muy cerca, detrás de vos, que si estirás la mano creo que podés tocar la mía. Y sabés que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría, pero no necesito decir nada más sobre eso porque sabés todo al respecto. Pero ahora, sólo quería desearte un muy buen viaje. Adiós, vieja amiga. Amor eterno, te veré en el camino”.

Ése fue el texto que Leonard Cohen le escribió en un email a su exmujer Marianne Ihlen en julio de este año, apenas dos días antes de la muerte de la musa de “So Long, Marianne”. Y tal vez sea una muy mala figura poética imaginarlos ahora de la mano, resplandecientes de sol y de mar como en sus años en la isla griega de Hydra, tan hermosos como las canciones que a él le brotaban de a poco. No será justo, entonces, porque si alguien fue un alquimista de las palabras en el mundo del rock, ése fue el canadiense, que falleció hoy a los 82 años. Si el mismísimo Bob Dylan, el primer músico en recibir el premio Nobel de Literatura, dijo que, de no ser él, le hubiera gustado ser Lenny Cohen…

Tal vez el secreto haya estado en su voz, que con el paso de los años se fue poniendo cada vez más grave: cada palabra que salía de su garganta parecía venir de otra dimensión del conocimiento. Y fue así tanto cuando arrancaba en la música con pilchas de cantautor folk -aunque era demasiado joven para la generación beat y demasiado grande para que lo amaran los dylanitas-, como en sus últimos años, convertido en un elegante narrador de los misterios de la vida. Pero, claro, nunca desde el púlpito, sino más bien con esa semi sonrisa del que no necesita de alardes.

En la gira que emprendió en 2008, tras haber sido estafado por su antigua mánager, Cohen hacía gala de su sentido del humor prometiendo compartir con su público sus conocimientos. En Londres, en una actuación que quedó registrada en DVD, mientras la banda y las coristas alargaban “Tower of Song” con el “Du dam dam da de du dam dam” que marca el pulso del tema, el cantante se mandó a hablar:”Me siento agradecido porque esta noche todo se me ha hecho claro; esta noche los misterios se han develado; he penetrado en el núcleo mismo de las cosas y me he topado con la respuesta. Y no soy la clase de persona que se la guarda para sí. ¿Quieren escuchar la respuesta? ¿Están verdaderamente hambrientos de respuesta? Entonces son las personas a las que quiero decírsela, porque es algo muy raro y no voy a decírselo a cualquiera…”. Después de una pausa para crear suspenso, ahí estaba la semi sonrisa. “la respuesta a los misterios es: ‘Du dam dam da de du dam dam’”.

Cohen fue el hijo de Marsha, huérfano de padre a los 9 años. Fue el incipiente poeta y novelista que llamó la atención con Let Us Compare Mithologies, su primer poemario, cuando ni siquiera podía soñar que algún día recibiría el premio Príncipe de Asturias. Fue primero autor -“Suzanne” se convirtió en hit en la voz de Judy Collins- y luego cantante de sus propias composiciones, desde el comienzo con una profundidad inusual para una música que parecía entrar en su mayoría de edad. Fue amante devoto e infiel, mujeriego serial y sólo una vez indiscreto (en “Chelsea Hotel No 2” contó su noche con Janis Joplin), a la vez que perenne rastreador de una conexión espiritual que trascendiera las miserias de la carne. Fue padre, mentor y discípulo, actor ocasional, perdedor hermoso (como el título de su segunda novela), monje zen, depresivo que dejó atrás la depresión.

Los datos sobre la vida y la obra de Cohen pueden acumularse sin por eso decir demasiado. Porque, claro, no los estaría acuñando él ni los pronunciaría su increíble voz. El mejor modo para enterarse es, sin dudas, el libro Soy tu hombre, de Sylvie Simmons, quien fue amiga del canadiense y logró como nadie destrabar sus misterios. Pero probablemente sea más interesante emprender el camino más largo, que es el de intentar desentrañar en cada verso las verdades y vivencias que el poeta dejó como herencia y enseñanza, incluso a su pesar. Bucear en canciones como “Hallelujah” (que tiene versiones de John Cale, Rufus Wainwright y Jeff Buckley, entre otros), “The Stranger Song”, “Everybody Knows”, “Bird on a Wire”, “Avalanche”, “Democracy”, “I’m Your Man”, “Dress Rehearsal Drag”, “Ain’t No Cure for Love”, “Sisters of Mercy” y las mencionadas antes es tarea para disfrutar -incluso mientras se sufre-, y acercarse a las de sus últimos años, enfrentarse a la sabiduría del hombre con un pasado.

Antes de presentar su último álbum, You Want It Darker, Cohen le dijo a The New Yorker que estaba listo para morir. Después, en una conferencia de prensa, se desmarcó con la humorada de que planeaba vivir por siempre. Pero la realidad marca que el disco -en el que pronuncia la frase “Hineni hineni (aquí estoy, aquí estoy) / Estoy listo, mi Señor”-, era su elegante despedida y su última lección. En paz con los hombres que fue, con los demonios y los ángeles que lo acompañaron en el trayecto, el poeta miraba de cerca el final. Dejaba una obra de una profundidad y una belleza a la altura de lo mejor de su carrera, mientras estiraba su mano para tomar la de Marianne. Y entonces el sol y el mar volvían a envolverlos, puro amor carnal y espiritual.

So long, Leonard. Es tiempo de que empecemos a reírnos y a llorar, y a llorar y a reírnos de todo otra vez.