09/03/2016

George Martin, el motor creativo de los Beatles en el estudio

El legado de un productor que se animó a empujar los límites y a poner todo patas para arriba.

Las grandes ideas corren el riesgo de quedar en la nada si no se encuentra la manera correcta de ejecutarlas. La intención es el punto de partida, pero es necesario saber cómo transitar el proceso para bajar al llano algo que, en los papeles, se presenta como poco más que un anhelo. The Beatles fueron la banda que revolucionó a la cultura joven del siglo XX, y lo fueron por sus canciones y por sus ambiciones creativas, pero también porque tuvieron a su lado a George Martin, quien supo traducir a lo concreto cada idea planteada por los Fab Four. Durante siete años, la banda de Liverpool y el productor londinense integraron una sociedad tan inesperada como dinámica, en un proceso de aprendizaje mutuo cuyo mayor beneficiario fue el mundo entero.

Tras años de trabajar en los departamentos de música clásica de la BBC, Martin comenzó su carrera en los estudios de EMI, a cargo de grabaciones de comedia. Ante la insistencia de un conocido, decidió recibir a Brian Epstein, manager de los Beatles, quien sedujo al productor por su insistencia y entusiasmo. Según contó Martin en diversas ocasiones, la relación no fue fácil en un principio. A la notoria diferencia de edad que los separaba (él transitaba sus 30 y largos mientras los cuatro de Liverpool apenas arañaban la veintena), se sumaba el espíritu rebelde y desafiante del grupo, en especial de su cantante y guitarrista, un tal John Lennon. Su hambre de gloria y su profesionalismo en las sesiones fue lo que hizo que esas audiciones frente a Martin no quedasen en más que en una anécdota.

A lo largo de siete años de trabajo, comprendidos entre 1962 y 1969, Martin y los Beatles crecieron a la par, y retroalimentaron una dinámica de trabajo en búsqueda constante. A medida que la banda fue dándose cuenta que su hábitat natural era el estudio y no los escenarios, el productor se convirtió en la persona clave para poder ayudarlos a sacar el máximo potencial posible de la sala de grabación, a través de técnicas consideradas experimentales para la época. De a poco, Martin empezó a tratar las velocidades de las cintas de grabación, para que el resultado final fuese más grave y pesado, alentando los carretes de los grabadores, o acelerándolos para lograr el efecto inverso.

Con el puesto de “quinto Beatle” en eterna disputa, Martin fue quien más méritos hizo para ganárselo, al menos dentro de las cuatro paredes del estudio. Además de su trabajo como productor y arreglador orquestal de casi la totalidad de la discografía del grupo, fue el encargado de embellecer la ya de por sí grandiosa "In My Life" con un solo de piano de tintes barrocos que, a pesar de su pomposidad, no desentona en lo más mínimo con el tema.

¿El collage sonoro del interludio de "Being for the Benefit of Mr. Kite!"? Un mash up pergeñado por Martin, que consistió en recortar cintas de tomas de campo del archivo de EMI, mezclarlas de modo totalmente azaroso y vueltas a pegar sin orden alguno. A la lista se suman el uso primigenio de loops en "Tomorrow Never Knows", el empujón para evitar lugares ya transitados, y a no aferrarse a una idea sin contemplar otras. El ejemplo más visible está en "Strawberry Fields Forever". La banda tenía dos versiones: una lenta y otra más intensa. Ante la confusión general, Martin optó por una decisión salomónica: cortarlas en mitades y unirlas.

Por la diferencia de edad, Martin adoptó con la banda un rol también paternalista. No sólo era quien orientaba a los músicos hacia nuevos caminos, sino también quien los levantaba en peso cuando la experimentación narcótica obnubilaba todo lo demás. Finalizada su experiencia beatle, produjo a America, Robin Gibb, Jeff Beck, Cheap Trick y Ultravox. En tiempos en los que los productores e ingenieros eran personal exclusivamente vinculado a la discográfica que los tenía como personal de planta, Martin pateó el tablero en 1965 con la creación de Associated Independent Recording, un estudio desvinculado de los sellos, que le permitió trabajar con toda persona que quisiese contar con sus servicios, perteneciera o no a EMI.

Su legado con los Fab Four era tan difícil de esquivar, que produjo tres álbumes seguidos de Paul McCartney (Tug of War, Pipes of Peace y Give My Regards to Broad Street) entre 1982 y 1984. Durante la década siguiente, Martin fue el encargado de revolver y organizar el archivo del grupo para el mastodóntico The Beatles Anthology, que no sólo incluyó tomas descartadas y versiones alternativas, sino que también reunió (virtualmente) a la banda cuando McCartney, Ringo Starr y George Harrison completaron dos canciones inéditas de Lennon, "Free As a Bird" y "Real Love".

En 1998, Martin anunció su retiro. La decisión tenía un fundamento clínico, ya que su audición no era la misma tras más de cuatro décadas de trabajar en el estudio, pero también era el aviso subliminal de que su talento para entender (y, en definitiva) moldear la música moderna ya no tenía el mismo poder que antes. Después de autocelebrar su carrera con el disco In My Life, Martin se mantuvo alejado de la industria discográfica hasta que, en 2006, hizo su último gran aporte. De la mano de su hijo Giles, Martin fue el encargado de armar la banda de sonido de Love, el espectáculo con el que el Cirque du Soleil rindió homenaje a los Beatles. A través de mash ups, cruces inesperados y reformulaciones de las canciones conocidas por todos, demostró que, aun con el inexorable paso del tiempo sobre su figura, su talento seguía intacto.

Los panegíricos y despedidas pintarán a George Martin -que falleció ayer a los 90 años- como el productor de los Cuatro de Liverpool, el genio responsable de las aventuras sonoras de la banda y la persona capaz de ayudar a cuatro jóvenes con hambre de gloria a plasmar en cinta lo que no podían sacar de su mente. Todo eso es cierto, pero quizá la manera más precisa de entender su aporte sea el de resaltar el costado de alguien que, ante un trabajo rutinario, decidió aceptar un desafío y, una vez inmerso en él, decidió ser uno más de los que bogaban por empujar los límites y probar qué pasaba si se ponía todo patas para arriba. Pavada de legado.