07/03/2020

Leé un capítulo de "¡Alucina! Mi vida con Frank Zappa"

De carne y yeso.

Archivo
Frank Zappa

Pauline Butcher era una simple oficinista británica cuando Frank Zappa le ofreció trabajo como secretaria. El año era 1967 y el músico recién acababa de publicar Freak Out!, el debut de sus Mothers of Invention, pero ya tenía en mente redactar un manuscrito que lo ayudara a su fin último: ser presidente de Estados Unidos. Eso no sucedió, pero durante un lustro la joven vivió pegada al autor de "Bobby Brown Goes Down", su familia y sus colegas, hasta que se enfermó y regresó a su país.

El cantante murió en 1993, pero Butcher tardó varios años más en desempolvar sus viejos diarios y darle forma a ¡Alucina! Mi vida con Frank Zappa, un libro repleto de anécdotas que permite una mirada desde cerca de un verdadero genio musical. La edición en español acaba de llegar a la Argentina y por gentileza de Malpaso Editores publicamos un capítulo a modo de anticipo. En "Cynthia Plaster Caster", la secretaria recuerda la particular relación entre el músico y la dama que se hizo conocida por hacer moldes de yeso de los penes de las estrellas de rock.

Cuando conocí a Frank Zappa y estuvimos hablando de las letras de "Brown Shoes Don’t Make It", debería haberme dado cuenta de que estaba ante un hombre interesado en los excesos sexuales. Lo intuí vagamente, pero su nuevo proyecto ya me alertó por completo y me pregunté para qué tipo de persona trabajaba.

Eric Clapton le presentó en Chicago a una tal Cynthia Plaster Caster, una chica que no sólo hacía moldes de yeso de los penes de las estrellas del rock, sino que además dejaba por escrito en su diario todos los detalles del procedimiento. Frank vino con tres valiosos cuadernos para que los transcribiera, así como una cinta con una entrevista que le había hecho él a ella. Sin embargo, revelar detalles de la privacidad de las estrellas del rock era, dicho suavemente, poco delicado e incluso difamatorio. Frank, Gail, Kansas y yo nos fuimos a casa de Mutt en busca de consejo legal. ¿Podrían publicarse, aparte de los de Pamela, los diarios de Cynthia? Hojeamos las páginas boquiabiertos. Todo lo que aparecía en ellas era demasiado íntimo para leerlas en voz alta.

Con el tiempo descubrí la estrambótica historia. Cynthia había sido una adolescente muy formalita que tenía una enorme colección de musicales de Broadway. Entonces llegó el memorable día en que una amiga le enseñó en la universidad una foto de George Harrison y se enamoró. Se hizo fan de los Beatles, y después de los Rolling Stones, y después de Dave Clark Five y después de todo grupo inglés con el pelo largo para acabar al final abriéndose a todos los grupos, incluidos los estadounidenses. Pasó a conocerlos en persona uno a uno, irrumpiendo en los hoteles y "montándoselo con ellos". Sus diarios tenían unas descripciones muy minuciosas, aunque usaba un código especial por si su madre se los encontraba: decía "torre de perforación" para referirse al pene, "galvanizar" para el sexo oral, "ir al banco" para masturbarse, y "pringar" cuando se refería al acto sexual.

Cynthia le contó a Frank que la extraña afición que tenía se le ocurrió en un sueño. Un día, la profesora de plástica les pidió que llevaran a clase lo que se les ocurriera para hacer moldes de escayola. Podría ser cualquier cosa, un tenedor, un apio, un trozo de queso, lo que fuera. Así que ella pensó: ¿lo que sea? Hizo un molde de su mano, y mientras se aplicaba alginato, la masa que usan los dentistas para hacer moldes de la boca, se le ocurrió que estaría muy bien moldear un pene, y si hacía la "torre petrolífera" de una estrella rock, eso ya sería lo máximo. Para entonces era amiga de casi todos los músicos que habían tocado en Chicago aquel año, 1967, pero antes tenía que ensayar la técnica.

Usó de conejillo de indias a un amigo de la universidad, que se prestó encantado. Al segundo intento le quedó un molde bastante apañado, aunque un poco torcido y arrugado. El proceso se componía de varias fases. Para empezar, su amiga Dianne tenía que endurecer la "torre" con la mano, la boca o ambas a la vez, y cuando la "torre" estaba casi a punto, le hacía una señal a Cynthia, que mezclaba a toda velocidad el polvo de alginato con agua. La mezcla no tenía que estar ni muy seca, para poder penetrar sin problemas, ni muy húmeda, para que las paredes del molde quedaran compactas tras la extracción. Era esencial que se hiciera con rapidez porque la mezcla de alginato tardaba sólo cincuenta segundos en endurecerse. En su primer ensayo, Cynthia intentó aplicar directamente la masa sobre la torre, pero se desmoronó y cayó sobre el estómago del chaval, así que optó por ponerla dentro de un jarrón que sujetaba en posición horizontal: de este modo, el chico pudo introducir su pene en el jarrón, procurando no tocar las paredes. Tenía que mantener erguido el pene dentro del jarrón durante al menos un minuto mientras se endurecía el molde. No era nada fácil si pensamos en los moldes que nos ponen los dentistas, que son fríos y húmedos. Después de sacar la "torre", Cynthia hacía un molde inverso con yeso líquido, vertiéndolo en las hendiduras y dejando que se secara. Al instante tenía una réplica del pene.

Tras una serie de pruebas en las que su compañero de la facultad demostró una impresionante paciencia, las dos chicas se habían convertido en unas auténticas profesionales, hasta el punto de que los moldes mostraban las venas y parte de los testículos.

Ya podían ir a la primera división, a por las estrellas del rock. Cynthia le explicó a Frank el procedimiento. Como no se consideraba muy guapa y ocultaba su ligero sobrepeso con camisetas anchas y vaqueros, iba directa al grano. Se acercaba a por su presa en el concierto o en la recepción del hotel y le preguntaba directamente:

-¿Cómo tienes "la torre"?

La respuesta era siempre la misma: risitas y el número de habitación.

Los diarios describían página tras página detalles eróticos. Seguro que Cynthia jamás pensó que esos detalles provocarían las carcajadas de un grupo de desconocidos a dos mil kilómetros de distancia. Mientras los perros y gatos de Mutt husmeaban nuestros pies, nos partíamos con la descripción de Cynthia del molde de Jimi Hendrix, que casi había acabado en una catástrofe. Como, según ella, tenía una masculinidad tan monumental, tuvo que buscar un jarrón más ancho y más largo. Al final del proceso, sin embargo, no podía sacar el pene. Cualquier otra persona se habría muerto allí mismo de terror al pensar que Cynthia le había destrozado la parte más sagrada de su cuerpo. Pero Jimi no. Estuvo muy tranquilo. Dianne pensó que se había atascado por el vello púbico y que tenía que haberle puesto más vaselina. Cynthia consideró que la satisfacción de Jimi era tan grande que tendrían que esperar un cuarto de hora para relajarse y poder sacar el pene. El incidente no disuadió a Noel Redding y a Mitch Mitchell, que se pusieron en fila para que les hiciera su molde.

A veces copulaban después de terminar, pero no era lo habitual ya que el proceso agotaba normalmente la pasión.

Frank quería saber más. Le preguntaba qué hacían cuando después había recompensa por el trabajo, si la recibían juntas o si se turnaban, primero una y luego la otra.

Cynthia le respondió que, en cuanto se corría la voz entre el público, cada uno tenía su propia manera de proceder. A veces uno empezaba "yendo al banco", otro quería meterse con las chicas en la cama y otro prefería no hacerlo. En cualquier caso, Cynthia relataba muy abiertamente tanto los éxitos como los fracasos con esos músicos tan pagados de sí mismos.

Lo mejor de todo eran sus dibujos en los diarios, que no sólo ilustraban los moldes que habían salido bien, sino también los desastres, las muestras descartadas porque habían salido torcidas.

Había estrellas del rock que no aceptaban hacerse el molde, como, por ejemplo, el propio Frank, así que no me pareció justo que él se lamentara de que sólo habían realizado siete en seis meses. Él había esperado que tuvieran muchos más moldes y las animó a aumentar la producción.

Cynthia le habló de su padre, que estaba separado de su madre. Le dijo que le gustaba contarle chistes verdes. Frank le preguntó si alguna vez le había notado que la deseara y ella le confirmó que una vez lo pilló mirándole las tetas. A continuación le dijo qué pensaría si ella le ofreciera hacerle un molde. Cynthia se quedó perpleja y le contestó que se enfadaría, que no le gustaría que una chica hiciese esas cosas tan obscenas.

-Normal, yo pensaría lo mismo si fuera mi hija -comentó Frank, tajante.

Por su lado, Dianne creía que su padre la mataría si se enterara de algo así. Frank soltó uno de sus comentarios habituales:

-A nadie que os viera por la calle se le pasaría por la cabeza que tenéis ese hobby tan extravagante. Pasáis por chicas totalmente normales, excepto por el maletín y la bolsa de piel marrón.

Frank había conocido en Nueva York a dos grupis de 14 años. Una de ella le dio su definición de grupi: es más que una mera fan que sólo venera a la estrella desde la distancia, es una persona que no sólo tiene que conocer al grupo, sino que se lo tiene que montar con el grupo. Pero mientras Cynthia se guardaba las confidencias para su diario, estas chicas adquirieron una cierta reputación contándoles a sus amigas las intimidades con pelos y señales. Frank se interesó por la porción de tiempo que detentaban los besos y los abrazos en el cómputo global de un polvo y conjeturó un treinta por ciento. Dudaron un poco porque no estaban acostumbradas a medir con estadísticas sus relaciones sexuales, pero lo fijaron finalmente en el cuarenta.

Cuando le confesaron que se habían frotado contra las pilas de los lavabos en el servicio de señoras del Garrick tras haber visto el concierto de los Mothers, Frank les pidió más detalles, como si se habían quitado la ropa. Las grupis explicaron que no porque la ropa ayudaba en la estimulación. Una intentó una vez quitar el grifo de una pila para metérselo dentro, pero no pudo y tuvo que parar porque entraron otras grupis y no querían dar una mala imagen: masturbarse por una estrella de rock no tiene mérito, lo que cuenta es follárselo.

Frank le puso la entrevista con las chicas de Nueva York a Cynthia quien, a su vez, estaba sorprendida por la franqueza de las chavalas. Le dijo que, así como ella misma ni se había imaginado lo que hacían las crías de catorce años, habría muchas de veinticinco años a las que Cynthia podía enseñarles muchas cosas. Para Frank, había que transmitir ese conocimiento de unas a otras. Estaba convencido de que después de la revolución sexual de los años sesenta habría un interés masivo por el comportamiento sexual femenino y, por lo tanto, los diarios de Cynthia tendrían un amplio mercado. Me sentí decepcionada con Frank, ya que yo no le veía el mínimo interés a esos temas tan sórdidos.

Todos los demás pensaron, por el contrario, que eran estupendos. Mutt, tras pensarlo detenidamente, dijo que los publicáramos y en paz, lo que implicaba que me tendría que centrar en esos textos durante los siguientes meses. Por un lado estaba bien, pero evidentemente no le iba a decir nada a mi madre.

En casa nos esperaban las GTO para enseñarle las canciones a Frank, pero éste tenía una nueva obsesión: Cynthia Plaster Caster. Les mostró los diarios y se quedaron pasmadas por su crudeza. Se le ocurrió ponerlas en contacto, de manera que llamó a Cynthia y le pasó el auricular por turnos a Christine, Lucy, Mercy y Pamela.

Christine no se fue por las ramas:

-Hemos visto fragmentos de tus diarios y están muy bien escritos. No quiero que parezca que soy tu madre, pero si un día conoces a alguien que se oponga a eso y estás locamente enamorada de él, convendrás conmigo que lo mejor es que seas un poco más discreta.

Mientras escuchaba cómo le leía Christine la cartilla a Cynthia sin miedo a quedar como una mojigata o una puritana, me preguntaba por qué no podía yo expresar lo mismo con esa libertad. Había algo muy fresco en esas voces desinhibidas, en esa voluntad de expresar lo que les viniera en gana. Todas las chicas estadounidenses que había conocido (Gail, PamZ y las GTO, así como Cynthia en sus diarios y las chicas en Nueva York), absolutamente todas ellas, tenían una mentalidad abierta y una capacidad de adaptación que envidiaba. "Sé fiel a ti mismo", era el mantra de mi familia, lo que en el fondo significaba que hay que quedarse sin hacer nada. Las había considerado dispersas, inconsecuentes, desechos sociales, pero ahora que las conocía mejor, me sentía rígida, tensa y ortopédica.

Lucy, con su acento de puertorriqueña neoyorquina, le habló con mucha llaneza:

-Soy Lucy. Sólo quería decirte que me parece una pasada tu diario y lo del yeso. Es una cosa… no tengo palabras. ¿Sabes a quién le molaría que le hicierais un molde? A Jeff Beck. Va más salido que la leche. Esas cosas le van cantidad.

-¿Cómo tiene "la torre"?

-Grande grande -Lucy soltó una de sus risas taladrantes-. ¡"La torre"! Nunca la había llamado así, tiene gracia. No lo había escuchado para los rabos o los huevos.

-Hemos oído también que se la llama Hampton.

-¿Hampton? Dios, ¿de dónde sacas esos nombres?

Mercy quería hablar de Brian Jones. Cynthia dijo que era bisexual, pero Mercy lo adoraba y se resistía a creerlo.

-No es verdad -le replicó-. Soy amiga de Mick Jagger y acabo de pasar una semana con Brian Jones y tiene unos cuatro hijos. Puede que sea un poco bisexual, pero no totalmente. Mick y Keith son bisexuales, pero Brian Jones no.

A pesar de todo lo que había vivido esa chica, me conmovió su interés en que no se desmoronara la imagen idealizada que tenía de su ídolo. Empecé a tomarle cariño como a las demás. Había que reconocer la sensibilidad de Frank para detectar aquella humanidad que yo había catalogado de vulgaridad. Eso era mejor que la universidad, era aprender de la vida real.

Finalmente, Frank le entregó el teléfono a Pamela, quizá la más guapa de las GTO con sus rizos dorados, su cara redonda, sus ojos azules y sus labios carnosos siempre pintados de rojo vivo. Como ambas tenían su propio diario, conectó con Cynthia de inmediato compartiendo sus experiencias, particularmente sobre Noel Redding, con el que ambas habían intercambiado fluidos. Estaban de acuerdo en que era el mejor. Podrían haber seguido durante horas, pero Frank le quitó el auricular.

-Vente un día a Los Ángeles -le dijo a Cynthia-. Y tráete los trofeos.

Cynthia ocultaba a los ojos de su madre los siete moldes en una caja de zapatos al fondo del armario ropero, pero Frank quería que trajera toda una maleta llena.

Debió de sentir calor en el cuerpo puesto que se quitó la camiseta y se quedó sentado junto a la mesa con el pecho descubierto y rodeado de las chicas, que estaban en el suelo. Estaban impacientes de que leyera las letras con las que habían estado peleando los últimos diez días. Repasó todas las páginas escritas a mano con calma, sentado, con las piernas cruzadas y un cigarrillo encendido entre los dedos. Las chicas tenían los brazos entrelazados y no se movían. A veces Frank se reía y estiraban el cuello para ver qué canción le había hecho gracia. Terminó, se las devolvió y dijo:

-Están todas muy bien —dieron un sonoro suspiro de alivio-. Ahora tenéis que poneros con las melodías para las letras. Le pediré a dos de la banda que os ayuden.

Cogió la grabadora y nos dijo que quería escuchar de nuevo su conversación con Cynthia. Lo contemplamos en silencio mientras se retiraba a su dormitorio.

Entonces empezaron los chismorreos sobre el cariño que le había tomado Frank a Cynthia.

Sandra opinó que era una atracción sexual, pero Mercy no lo veía así.

-Frank explora territorios que los demás ni se plantean.

Sparkie, habitualmente poco habladora, después de tocarse distraída la falda, intervino:

-Creo que Sandra tiene razón. Con Frank todo va de sexo.

Esa misma mañana me había cruzado en la cocina con Frank. Sin mediar palabra, me abrazó con mucha dulzura y me sentí especial. Era normal en él, le gusta abrazar a las chicas, pero en esa ocasión había sido muy cálido y me sorprendió. Se había recogido hacia atrás el pelo y sus patillas me hicieron cosquillas en los mofletes. Entre el abrazo y la breve visita a mi habitación la noche anterior, parecía que me había echado de menos durante su viaje. Quizá se había dado cuenta de que no quería trabajar en la oficina alejada de él y respondía así a mi afecto. Me recliné para buscar su cara y encontré una pequeña sonrisa sin intención sexual alguna. Me quitó un mechón de pelo de la cara y me susurró:

-Esto es porque me alegro de verte.

Su voz estaba llena de ternura.

Oí que venía alguien y me aparté diciéndole:

-Yo también. Me cuesta creer que esté viviendo todo esto.

Se volvió para buscar algo en el frigorífico.

-¿Entonces quieres que pase a máquina esos horribles diarios? ¿Qué será lo siguiente que se te ocurra? —le comenté.

-Invitarla a venir. Te va a encantar cuando la conozcas.

Tenía razón. Cynthia resultó ser una chica tímida y retraída. Jamás me habría imaginado así a la ilustre Plaster Caster de Chicago. Recuperé la fe en Frank y decidí olvidar su fascinación por la sordidez.