03/06/2020

Jeff Tweedy y su adicción a los calmantes, en primera persona

Leé un adelanto de "Vámonos (para poder volver)", la autobiografía del líder de Wilco.

Cecilia Salas
Jeff Tweedy

Jeff Tweedy ha construido una carrera notable, en la que se lo considera parte fundamental del alt-country y como un experimentador de la canción. El cantante, compositor y guitarrista es capaz de desarmar la tradición para entregarla reensamblada y fresca, como se pudo ver en la única visita de Wilco a la Argentina. Al frente de la banda -pero antes con Uncle Tupelo y también en sus excursiones paralelas-, ha construido discos cruciales como Yankee Hotel Foxtrot o The Whole Love.

Pero todo tiene un precio. A principios de siglo, Jeff Tweedy se hizo adicto a los calmantes y eso puso en riesgo tanto su carrera como su vida. Varios años más tarde, repasó esos momentos en su autobiografía Vámonos (para poder volver), que acaba de llegar a algunas librerías porteñas en su edición importada de Sexto Piso. Por gentileza de la editorial, aquí reproducimos parte de ese recuento.

Paré el coche de camino de la farmacia preguntándome cómo pedir lo que necesitaba pedir. Mi chico estaba allí. El chaval grande con el pelo revuelto.

–Hola –le dije, saludándolo con la mano y sintiéndome estúpido al momento por saludar así al empleado de una farmacia.

–Hey, Jeff –dijo–. ¿Qué puedo hacer por ti?

–Yo, eh… No puedo conseguir una receta ahora mismo, así que me estaba preguntando…

–Te cubro –me interrumpió–. Salgo a las ocho. Me paso yo, ¿vale?

Vino al Loft con una bolsa grande de cierre hermético llena de calmantes de todas las formas, tamaños y colores: Percocet, Lortab, Norco, toneladas de Vicodin.

–No te tomas más de una a la vez, ¿verdad? –preguntó, mirándome a los ojos–. Los tomas como se indica, ¿verdad?

Entonces se echó a reír y me tiró la bolsa

–Llámame antes la próxima vez. Esto es todo lo que pude conseguir en una noche.

–¿No vas a meterte en problemas por esto? –pregunté.

–No. ¿Por qué?

–¿Nadie va a notar que faltan todas estas pastillas? ¿No te preocupa que te pillen?

Se rió de nuevo.

–En primer lugar, soy el tío que cuenta las pastillas. Además en esta farmacia han entrado como doscientas cincuenta mil recetas para Vicodin este año. Nadie va a echar de menos unos cientos de pastillas.

–Si tú lo dices.

Le di entradas para los conciertos de Wilco, pero nunca supe si vino. Nunca pidió ir al backstage. Sólo lo vi durante sus visitas al Loft, cuando traía bolsas llenas de pastillas y hablábamos sobre lo fácil que era para él llevarme las pastillas, y luego se iba. A veces me preocupaba por él. Era obvio que él también era adicto a las pastillas. Siempre estaba un poco sudado, y durante los pocos años que lo traté, había adquirido el aspecto de un bebé viejo.

Cuando fui a rehabilitación, muchos años después, uno de mis compañeros de allí era un antiguo farmacéutico que afirmaba que había tomado ochenta Vicodin al día. ¡Ochenta al día! Durante su primera semana allí, todo lo que hizo fue dormir. Apenas vi que su pecho subiera y bajara. Cuando finalmente se despertó y se presentó, su piel era amarilla. Fue un milagro que no muriera, o al menos que no perdiera su hígado.

Las drogas no podían seguirme el ritmo, por supuesto. Nunca había suficientes drogas para seguir manteniéndome normal. Éramos los teloneros de REM en Milán, Italia. Allí había setenta mil personas, un montón de público en un estadio de fútbol viejo y polvoriento que estaba hasta arriba, y no pude parar de llorar y vomitar hasta llegar al escenario. Estaba fatal, no había razón aparente, algo se había roto. Tenía migrañas constantemente, lo que derivó en ataques de pánico que empeoraron las migrañas. O tal vez porque entraba en pánico me daban migrañas, nunca lo podía saber. Así que me quedé en el camerino sentado en una silla en la ducha con agua fría cayéndome sobre la cabeza, porque era lo único que podía hacer que me reconfortara. Nuestro mánager de la gira hizo que los paramédicos locales vinieran al backstage y me vieran. En ese momento pensé que estaban confundidos, aunque ahora creo que reconocieron a un adicto y no sé cómo, pero invirtieron la causa y efecto. «¿Qué ha tomado?» no pararon de preguntar. Fue muy difícil de explicar en un inglés entrecortado que no estaba teniendo una sobredosis. Lo que quería era que me dieran estupefacientes. Era como tener siete años otra vez, y sentirse avergonzado ante las cejas arqueadas de adultos incrédulos, que me fruncían el ceño y me decían: «¿Migrañas? Venga ya. ¿No está todo en tu cabeza?»

Me repetía que no estaba siendo débil. «No soy un yonqui que quiere desaparecer. Tengo migrañas reales. Tengo ataques de pánico reales. Y sólo soy responsable de encontrar una manera de controlarlos para poder seguir haciendo mi trabajo. Lo sé todo sobre la adicción y esto no lo es».

En noviembre de 2003, fuimos a Nueva York para grabar con Jim O'Rourke. John Stirratt, Glenn Kotche, Leroy Bach (un multiinstrumentista que había estado con nosotros desde Summerteeth), Mikael Jorgensen (que nos había ayudado a integrar la tecnología que habíamos empezado a usar en vivo durante la gira de Yankee y ahora se unía como miembro de confianza a las teclas) y yo nos íbamos a encerrar en Sear Sound, en el centro de Manhattan, para trabajar en A Ghost Is Born. También es donde estaba bastante seguro de que iba a morir.

Digo esto totalmente en serio. Pensaba que iba a morir. Cada canción que grabamos parecía ser la última. Cada nota parecía la final.

No sé si alguien más se dio cuenta. Eran conscientes de que yo era infeliz y luchaba contra la depresión, pero no tenían idea de lo serio que se había vuelto mi consumo de drogas. No trasnochaba ni hacía nada que los hiciera decir: «Oye, tío, tienes que ponerle freno». Solía mantenerme alejado de las personas cuando estaba en mi peor momento. Sólo me veían durante la parte más funcional de mi día. Al igual que mi padre, siempre pude mantener una ética de trabajo y no eludir responsabilidades. Me las arreglé para seguir creando, no cancelé conciertos. No siempre estaba tan espiritualmente presente y mentalmente alerta como debería, pero mi cuerpo siempre aparecía.

Lo peor sucedía cuando estaba solo en mi habitación de hotel sufriendo ataques de pánico, tomando demasiadas pastillas y luego entrando en pánico porque había tomado demasiadas pastillas. Cada noche yacía en la cama –o con frecuencia en la bañera hasta que el agua del baño se enfriaba– diciéndome a mí mismo: «Si me duermo en este momento, es muy probable que no me despierte. La gente muere en este tipo de situaciones todo el tiempo». Mi historial de búsqueda en internet era en sí mismo un grito de ayuda; página tras página básicamente preguntándole a Google: «¿Voy a morir?». Buscar garantías de que no te estás matando con los estupefacientes que acabas de ingerir no es un trabajo para el que se haya diseñado la World Wide Web. A veces, si llamaba a casa, escuchar la voz de Susie podía sacarme del abismo, pero era más probable que ella escuchara el miedo en mi voz y se asustara, lo que empeoraba las cosas. Era más fácil para mí mantenerla en la oscuridad y sentir algo de confort imaginándola acurrucada en nuestro sofá con nuestros hijos, sin saber que su marido estaba teniendo potencialmente una sobredosis.

Creo que la amenazante sensación de desaparición inminente permeó en las canciones. Los elementos líricos de A Ghost Is Born se concibieron originalmente como una especie de analogía con el Arca de Noé. Es por eso que tenía tantas canciones de animales: «Muzzle of Bees», «Spiders (Kid- smoke)», «Hummingbird», la mosca en «Company in My Back», «Panthers» (que nunca apareció en el álbum). Tenía la vaga idea de que el álbum estaba basado en algo, todas las canciones eran animales que representaban los diferentes aspectos de mi personalidad que valía la pena salvar. No lo sé, ahora suena ridículo, pero en ese momento tenía mucho sentido. El temor que sentía era profundo y definitivamente bíblico en su alcance; era como si se acercara una gran inundación, algo a lo que nadie sobreviviría. Así que estaba guardando todo lo que pudiera, amontonándolo todo en ese arca como una forma de salvar lo que pudiera de mí mismo. Estaba perdido, pero no tenía que perderlo todo. A Ghost Is Born sería un regalo para mis hijos, que podrían recurrir a él cuando fueran mayores y juntar las piezas de mí algo mejor de lo que yo pude hacer en la vida real. «Habrá un nuevo día algún día», pensé, y quería que este disco fuera una herramienta elemental para que Spencer y Sammy reconstruyeran mi visión del mundo, para tener una conexión más profunda con el padre que habían perdido.

Cosas sombrías, lo sé. Y puede que bastante sensibleras. Quizá por eso dejé de lado todo el asunto. O tal vez me cansé de escribir canciones de animales, sin más. Mirándolo en perspectiva, no es que creyera que mis hijos pudieran reconstruir a un padre sustituto o que un álbum fuera a cuidar de ellos. Sólo quería que supieran que me preocupaba por ellos si ya no estaba cerca.

Sin embargo, diré que todavía puedo verme reflejado en la analogía general del arca/álbum, incluso sin esa intención explícita. Todos mis álbumes fueron realmente lo mejor que pude hacer en ese momento concreto. El hecho de que me sienta de esa manera debería dar a cualquier persona interesada un conjunto bastante detallado de pistas sobre cómo me veía cuando las terminé. Más allá de eso, creo que casi cualquier álbum puede ser un punto de partida útil para imaginar el futuro de un artista y hacer una ingeniería inversa de su pasado.

Dejando de lado toda esa grandiosa conceptualización del álbum, lo difícil fue mantenerse funcional como ser humano. Cuando eres adicto, la logística se vuelve terriblemente compleja. Nada es fácil o simple. Todo es mecánica cuántica. ¡Estás simultáneamente ahí y no ahí! Todo era más fácil de decir que de hacer. Rara vez había más de un período de dos horas en cualquier día en el que pudiera garantizar a los demás que estaría presente y sería capaz de hacer música de tal manera que me hiciera sentir bien. El resto del día lo pasaría intentando calcular el tiempo de ingesta de mi pastilla, esperando alcanzar un momento dorado de lucidez y concentración en el estudio. Me echaba una siesta en la bañera hasta que las drogas desaparecían y mi migraña reaparecía, de la mano de otro ataque de pánico. Me esforcé mucho por evitar grabar drogado, así que durante la mayor parte del tiempo que pasé en el estudio, tenía un dolor de migraña enorme y palpitante. Mucho material de A Ghost Is Born refleja ese hecho. «Less Than You Think» tiene un outro basado en glaciales drones electrónicos y ruidos mecánicos repetitivos que evolucionan lentamente y se organizan para imitar los paisajes alienígenas aislados que las migrañas a menudo inducen cuando el dolor envuelve tan fuerte el cráneo que comienza a distorsionar la percepción de la luz y el tiempo. No puedo recordar si ésa era la intención original cuando hicimos la canción, pero en eso tenía mi mente puesto el foco cuando preparábamos la mezcla final.

«Spiders (Kidsmoke)» es otra grabación que creo que refleja mi estado con bastante claridad. Debido a su longitud, conseguir una toma buena completa parecía poco probable teniendo en cuenta mi escasa capacidad para mantenerme erguido mucho tiempo. Así que reestructuramos la canción para que fuera lo más minimalista posible y con el menor número de cambios de acordes. Esto me permitió recitar solamente las letras y puntuarlas con skronks y scribbles de guitarra para sacar la canción sin tener que concentrarme demasiado en mi dolor de cabeza. Intentamos dos tomas y una es la que está en el disco. La toma dos estaba incompleta.

Las cosas no mejoraron cuando volvimos a Chicago. Tengo vagos recuerdos de estar despierto, pero no realmente despierto, y vagando por mi casa, abriendo todos los armarios y revolviendo en los bolsillos de cada abrigo, porque, maldita sea, sabía que había algo de Vicodin en alguno de esos bolsillos. Y luego pensar: «¿Qué estoy haciendo? ¡Tengo que parar esto!». Lo dejaba durante semanas, a veces durante meses, incluso. Y luego volvía.

He hecho cosas horribles que prefiero olvidar. Mi mujer, Susie, recuerda cuando su madre se estaba muriendo de cáncer de pulmón, y todavía vivía con nosotros, y comenzó a desaparecer la morfina que sus médicos le habían prescrito para hacerla sentir mejor en la recta final, y Susie descubrió que yo era el que la robaba. Apenas lo recuerdo, y desearía no haberlo recordado en absoluto. Quiero que ese recuerdo desaparezca para siempre, que se borre de mi expediente permanente. Pero ahí está.

Tuve un terapeuta empeorándolo todo. Ese tipo era un curandero, un idiota y, muy probablemente, un negligente criminal, y yo estaba vulnerable y desesperado. Necesitaba ayuda y no estaba en condiciones de discrepar. Tenía la idea de que yo era un cliente famoso, y eso sólo le animaba a decirme lo que pensaba que quería escuchar. Cuando le dije que era adicto, lo discutió y me aseguró que el Vicodin que me había recetado mi psiquiatra me venía bien. También me recomendó que evitara los antidepresivos porque estaban bloqueando mi energía creativa. No le escuché sobre los antidepresivos (al principio), pero su consejo sobre los opiáceos era demasiado atractivo como para ignorarlo.

–Eres artista, deja que alimente tu arte –dijo–. El dolor proviene del conflicto entre divertirse y limitar tu alegría con los estabilizadores del estado de ánimo.

Me lo creí por un tiempo. Pero un día me dijo que probablemente debería venir de tour con Wilco y conmigo. Eso encendió las alarmas en mi cabeza. «Ah, ya lo entiendo, este tío es malo», pensé. «No está intentando curarme. Necesita que yo necesite su ayuda. Soy su mejor cliente». No pensaba con claridad muchas cosas, pero sabía que tenía que alejarme de ese tío de inmediato, cortar todos los lazos y no mirar nunca atrás. Se lo solté todo, le dije que era el demonio y luego le pedí que me llevara a casa porque estaba sintiendo que me iba a dar un ataque de pánico. Todo mi cuerpo estaba vibrando. Condujimos en silencio, debió de darse cuenta de que había tenido un momento de claridad y lo había calado, porque no estaba intentando convencerme de que me quedara, y cuando llegamos a mi casa, salí y arrancó antes de que casi pudiera cerrar la puerta detrás de mí, haciendo chirriar los neumáticos al alejarse disparado calle abajo.

Decidí dejarlo de golpe. No sólo los calmantes, que estaba bastante seguro de que me estaban matando. Todo lo que viniera en forma de pastilla de repente parecía veneno. Estaba convencido de que cualquier medicamento que había estado tomando me estaba enfermando, así que lo tiré todo. No fue bien. Perdí trece kilos y era incapaz de hacer nada bien. Ya no podía tocar música, no podía ser padre o marido. Durante el día me quedaba en la cama, pero no podía dormir. Tenía pánico todo el tiempo y pasaba la mayor parte de mis días caminando por el parque, porque no quería asustar a mis hijos. Susie no sabía qué hacer, y después de lo que acababa de suceder, estaba demasiado aterrorizado para confiar en un médico. Pensé que tal vez después de unas pocas semanas sufriendo ataques de pánico e insomnio y pasando todo el día en el parque, comenzaría a salir de ahí.

Cinco semanas después, teóricamente, estaba limpio por el hecho de no estar tomando drogas, pero sufrí un grave colapso mental. La química de mi cerebro colapsó, y mi cuerpo se rebelaba contra mí. Intenté tomar los antidepresivos de nuevo, pero no hicieron efecto lo suficientemente rápido. Le dije a Susie: «Sé que no me está dando un ataque al corazón, pero me siento como si me estuviera persiguiendo un oso». Me llevó a urgencias y me inyectaron una gran dosis de medicación para la ansiedad. Eso funcionó exactamente un día, y luego el pánico volvió. Regresé a la sala de emergencias la noche siguiente y les rogué que me ingresaran en el pabellón de psiquiatría.

Me sugirieron que fuera a una clínica de diagnóstico dual, que es básicamente un hospital psiquiátrico que también trata la adicción. Ésa fue la primera vez que escuché que un lugar así existía, y cobró sentido de inmediato.

–Necesito eso –les dije a los enfermeros de urgencias–. Necesito eso ahora. ¿Dónde está? ¿Puedo ir allí hoy? ¿Tienen una cama libre? ¿Podéis llamarlos y decirles que estoy de camino?

–¿Estás seguro de que quieres ir? –preguntó Susie.

–Sí –dije–. Cualquier cosa es mejor que esto.

Jeff Tweedy

Hubo dos momentos durante mi estancia en rehabilitación que fueron fundamentales para que mejorara, o al menos para sentir que estaba en el camino adecuado.

Debido a que éste era un hospital de la ciudad muy duro en un vecindario desatendido, hubo días durante mi estancia de un mes donde yo era la única persona blanca allí o la única persona que no provenía de un entorno de pandilleros en situaciones que eran mucho, mucho más serias que la mía. Así que nunca pasé por alto la suerte que tuve de contar con el apoyo de muchas personas, entre ellas, mi banda, mi mujer y mi mánager. Realmente no había nadie al que tuviera que expulsar de mi vida para mantenerme sobrio y ponerme bien. Me sentía culpable. Asistía a sesiones de grupo y escuchaba a otros pacientes hablar sobre sus vidas, y lo que habían soportado iba más allá de lo que podía imaginar. Venían de hogares donde nunca se sintieron seguros; que los maltrataran física y emocionalmente era sólo una realidad del día a día. La comida era escasa, la esperanza era aún más escasa y era un cara o cruz saber si había más peligro dentro o fuera. Un hombre nos contó que vio a su padre asesinar a su madre cuando tenía nueve años y que probó por primera vez el alcohol esa noche porque su padre le obligó a beber whisky pensando que eso le haría olvidar lo que había visto. Escuchar una historia como ésa me hizo avergonzarme de lo poco que había tenido que sobrevivir y cuánto dolor había derivado de un trauma mucho menos real. ¿Qué iba a decir cuando el grupo me descubriera? «Eh… lloro mucho. A veces tengo miedo. Tengo dolores de cabeza y me cuesta hacer música». Eso era lo peor de todo. No estaba al nivel.

Una vez, después de una sesión de grupo, algunos de nosotros estábamos en la sala de fumadores y les confié: «Siento que no debería siquiera abrir la boca. No quiero que nadie piense que creo que mi situación se pueda comparar».

Un hombre negro y grande, que se alzaba sobre mí, se dio la vuelta y comenzó a gritarme.

–¿Qué diablos es esa mierda? ¡Cállate la puta boca! ¡Todos sufrimos lo mismo, hijo de puta!

–Lo siento –le dije, retrocediendo–. No quería decir…

–Escúchame, hijo de puta, escucha. –Encarándose a mí–. Lo mío no es sobre lo tuyo. Y lo tuyo no es sobre lo mío. Todos sufrimos lo mismo. No tienes que decidir qué te duele. Sólo te duele. Déjame decir mi mierda, y tú dices tu mierda, y yo estaré ahí para ti. ¿Entendido?

Me enderezó. Todavía creo que es una de las cosas más sabias que he escuchado. Yo intentaba poner las cosas en perspectiva fingiendo que no tenía perspectiva, negando mis propios sentimientos. Siempre es importante empatizar con el dolor de otra persona, pero negar tu propio dolor no te ayudará. Simplemente hace que su dolor sea relativo al tuyo, como una vara de medir. Es un desperdicio de dolor. Después de eso comencé a escuchar más y comencé a sentir de nuevo.

Había pasado las primeras semanas de rehabilitación analizándolo todo. Me pregunté: ¿Y si mi recuperación implicaba dejar la música? ¿Estaba dispuesto a hacer eso? Pensé que sí, sinceramente; sentía que cualquier cosa sería mejor que lo que me estaba pasando. Si pudiera estar bien y ser capaz de hacer frente a la vida y cuidar a Susie, a nuestros hijos y a mí mismo, ¿qué no cambiaría por eso?

El otro gran momento para mí tuvo lugar en el cuarto de la lavandería de la casa de transición a la que había ido a vivir, por recomendación del hospital, después de la rehabilitación. El resto de la banda se había juntado conmigo para ensayar el material de A Ghost Is Born con la esperanza de que todo volviera a la normalidad y estuviéramos de gira como siempre. Estaba sentado solo en un rincón tocando la guitarra, intentando ver si todavía sabía cómo hacerlo. Estaba tocando «Muzzle of Bees», en bajito, para no molestar a nadie. No había muchas áreas privadas en el edificio, y la lavandería era el lugar menos concurrido que había podido encontrar. Algunas personas entraron y salieron, llevando cestas de plástico o metiendo bultos de ropa en las secadoras, pero la mayoría me ignoraron. No me di cuenta de que me estaban mirando hasta que terminé. Era un hombre mayor, probablemente de la misma edad que mi padre, canoso, con lo que parecía ser ropa de una tienda vintage, pero se veía que la había comprado cuando era nueva.

–¿Sabes qué, hijo? –me dijo–. Tienes algo especial. No sé qué es, pero lo tienes, y necesitas hacer algo con eso.

Le devolví la sonrisa.

–Gracias –conseguí decir.

–Lo único que te falta es confianza –continuó–. Lo que necesitas hacer es salir, ponerte delante de algunas personas y tocar tu música para ellos.

Eso me conmovió mucho. Él no tenía ni idea de que eso era lo que hacía para ganarme la vida, que llevaba toda la vida tocando delante de desconocidos, que lo hice mucho antes de aprender a conducir un coche, tener novia o de emanciparme. La música era lo único que sabía hacer en el mundo. Pero que una persona aleatoria lo dijera, sin haberle preguntado, cuando no sabía nada de mí, era mucho más significativo. Más sincero. No tenía ningún motivo oculto, aparte de pensar: «Las cosas han sido difíciles para este chico últimamente, y apuesto a que podría venirle bien un poco de ánimo».

Le di las gracias y se fue, y nunca lo volví a ver. Aproximadamente un mes después, estaba caminando hacia el centro y vi mi cara en la portada del periódico semanal de Chicago, el Reader. Incluso había olvidado que había hecho una entrevista con ellos antes de ir al hospital. Estábamos a punto de lanzar A Ghost Is Born y la prensa estaba empezando a sacarlo a la luz. En Chicago estaba empezando a ver mi cara en más lugares que nunca. No pude evitar preguntarme si ese hombre mayor habría reconocido la cara del chico de la lavandería en el lateral de algún autobús de la CTA y habría negado con la cabeza lleno de asombro.