25/08/2019

Brian Wilson habla de "Pet Sounds", el LSD y sus voces interiores

Leé un anticipo de la autobiografía "Yo soy Brian Wilson... y tú no".

Takahiro Kyono / Flickr
Brian Wilson

Desde los 60 y su trabajo junto a los Beach Boys, Brian Wilson es reconocido como uno de los máximos creadores de la historia del rock, a la vez que se sabe de sus problemas mentales, que en tiempos más recientes volvieron a obligarlo a parar con sus giras.

En 2016, el músico publicó su autobiografía I Am Brian Wilson, escrita junto Ben Greenman, que en poco tiempo Malpaso distribuirá en la Argentina traducida y con el título Yo soy Brian Wilson... y tú no. Por gentileza de la editorial, reproducimos a modo de adelanto un fragmento del capítulo "Ecos y voces", en el que el líder de los Beach Boys repasa cómo comenzaron sus problemas mentales después de tomar LSD y cómo esto influyó en la grabación de Pet Sounds, su obra cumbre.

Cuando salí de circulación a finales de 1964, estaba seguro de que no volvería a dar conciertos. De hecho, Hawái fue uno de los únicos lugares donde me subí a un escenario con la banda después de eso. Fue en 1967. Un promotor había agendado un par de fechas que íbamos a grabar, tal vez para un álbum en vivo. Yo no quería viajar, no lo había hecho desde Houston. Pero los chicos insistían y yo finalmente acepté, siempre y cuando me dejaran llevar mi órgano Baldwin conmigo. Me encantaba cómo sonaba. Eso significaba que Carl tenía que tocar el bajo. Bruce no quería hacer el viaje. Era gracioso, de cierta forma: él había salido de gira en vez de mí y ahora yo lo haría en su lugar.

Dimos dos conciertos en Hawái, como quedamos, pero a la disquera le pareció que no sonábamos bien. Cuando regresamos fuimos a los estudios Wally Heider, en San Francisco, y tratamos de rehacer el disco completo, como con Beach Boys’ Party! No funcionó y terminamos por desechar el álbum.

Cuando dejé de hacer giras en 64 me gustaba más estar en el estudio. Me preocupaba un poco decepcionar a los chicos o no poder sostener nuestra reputación. Decidí que la única manera de probar que mi decisión no fue un error era escribir las mejores canciones y hacer la mejor música.

Al principio no fue fácil. Trataba de estar en paz para poder pensar en nuevas canciones, pero había muchas voces. Algunas de ellas eran las de la banda, tratando de entender qué estaba haciendo. La voz de mi papá estaba ahí, diciéndome que era débil. Y luego estaban todas las otras voces, las que me dicen que no valgo nada, que debería rendirme, que me van a matar.

He escuchado esas voces por mucho tiempo, casi cincuenta años. Llegaron a mí cuando tenía veintidós, después de tomar LSD. La gente decía que el LSD expandía tu mente y eso me interesó. Quería descubrir maneras de expandirme. La primera vez que lo tomé tuve que ir a esconderme a una habitación y pensé principalmente en mis padres y en si debía tenerles miedo. También empecé a tocar lo que se convertiría en «California Girls» en el piano, ese sonido de vaquero que va entrando al pueblo. La toqué una y otra vez hasta que escuché otras cosas dentro de ella. Pero una semana después aparecieron las primeras voces. Sonaban como la voz de una persona normal, diferente a mí y fuera de mi control, pero dentro de mi cabeza. No sabía qué hacer con ellas.

Dejé el ácido durante más o menos un año pero luego volví a él a los veintitrés. No sé exactamente por qué, supongo que era joven y estúpido y nada más. Los doctores me han dicho que las voces no se deben al ácido, que hubieran llegado de todos modos, pero yo no estoy tan seguro. No estaban antes. A los catorce o quince tenía ataques de ansiedad. Trataba de hablar y sólo balbuceaba o tartamudeaba. Me quedaba trabado por algunos segundos, como congelado. Esa fase duró como seis meses y luego nada.

Los voces son distintas. Dan miedo. A veces llegan diario y a veces me dejan un poco en paz. Cuando estoy trabajando en un disco en el estudio, aparecen menos. Mucha de la música que he hecho ha sido mi manera de tratar de deshacerme de las voces. Otras estrategias no han funcionado. El alcohol no funcionó, las drogas no funcionaron, dormir no funcionó y no dormir tampoco. Todas esas cosas ayudaron por un rato, pero después no. Esas son las voces que la gente llama enfermedad mental. ¿Qué significa eso exactamente? Esa parte de mi cerebro no cambiará, así que lo que tiene que cambiar es mi manera de lidiar con ella. Las voces no desaparecerán, así que tengo que asegurarme de que no me hagan desaparecer.

Lo que empeoró todo, al menos al principio, fue que las voces de mi cabeza que estaban tratando de deshacerse de mí no estaban solas. Había otras tratando de hacer algo hermoso. Las voces eran el problema, pero también la solución. La respuesta estaba en la armonía, en eso trabajé después de 1964. Hubo un periodo durante el cual traté de hacer música que capturara las voces. Una de las primeras canciones que grabamos entonces fue «Do You Wanna Dance?», una versión de una canción vieja de Bobby Freeman. Dennis hacía la voz principal y lo hacía muy bien, rock and roll sin complicaciones, con guitarras y saxofones agitándose debajo de la voz. Luego, como a los treinta segundos de haber empezado la canción, el coro hacía que todo explotara. Entraba Al, entraba Mike, entraba Carl, entraba yo. Cantábamos alto, luego bajo, como tejiendo con la voz alrededor de nosotros, a través de nosotros.

Como es una canción para bailar, la gente no la ve como algo espiritual, pero lo es, por las armonías. Nuestras armonías tuvieron siempre un sonido muy espiritual, muy hermoso. Empiezas con una voz y vas una tercera arriba y luego otra hasta la octava. Todo está al servicio de la melodía principal y eso es maravilloso. Te hace sentir bien, y esa es una de las principales funciones de la música. Toda música que te entre así al alma es música soul y te ayuda a recordar que las voces son algo hermoso y no algo oscuro que hace eco en tu cabeza. Algo extraño de las armonías es que puedo escucharlas muy bien en el estudio pero no tan bien afuera. Cuando entro al estudio, la música sucede y las voces se detienen. Es como magia. No sé de qué tipo. Pero en mi caso pasa en el estudio.

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Hace poco estaba viendo las noticias, como suelo hacerlo. Las noticias de las cuatro, luego la Rueda de la fortuna, luego Jeopardy! Una de las historias de las noticias era sobre cómo la ansiedad y la creatividad están vinculadas. Hubo un gran estudio en alguna universidad, y los doctores que lo hicieron dicen que la ansiedad y la creatividad son casi lo mismo: ambas se tratan menos sobre lo que está frente a ti y más sobre lo que hay en tu cabeza. Escuchar lo que sucede en tu cabeza, especialmente cuando eres una persona ansiosa, conduce a emociones negativas. Pero también son formas de la imaginación. Si puedes preocuparte por problemas cuando no hay problemas alrededor, entonces puedes pensar en historias o canciones que no están alrededor. Puedes darle existencia a las cosas.

Pensé en el reportaje cuando apagué la televisión. ¿Qué tiene de malo que mi cerebro se preocupe, antes de salir al escenario, por lo que va a pensar la gente de mí? Tal vez sucede porque ese mismo cerebro es el que piensa en nueva melodías. ¿Qué tiene de malo que mi cerebro se preocupe antes de subirse a un avión? Quizá es así porque ese mismo cerebro es el que puede juntar instrumentos y voces. Estaba nervioso cuando nos preparábamos para ir a Londres a dar el concierto que se convertiría en Pet Sounds Live. No me gustan los aviones, pero ahora subirme a uno no es la peor parte. Lo peor es pensar en ellos antes de subirme. No dormí nada la noche antes del viaje. Jerry Weiss, que se encarga de todo cuando salimos de gira, me preguntó en qué pienso cuando el avión está despegando. Pienso: «No estalles, no estalles, no estalles». Me oigo repetirlo en mi cabeza, y de un modo extraño me gusta que eso pase. Necesito escuchar esa voz, no para que opaque a las demás sino para hacer una especie de armonía con ellas. Aprender a dejar que esas voces trabajen juntas es lo que me permitió hacer discos como Do You Wanna Dance? o Help Me, Ronda.

O Pet Sounds. Pensé en Pet Sounds en mi fiesta de cumpleaños en Mulholland Grill porque estaba pensando en «You Still Believe in Me» mientras veía a Melinda y también porque acababa de salir el álbum en vivo. Pero la verdad es que pienso en él a menudo. Es uno de los discos por los que más me preguntan.

Es difícil señalar el momento exacto en que empezó el sonido de Pet Sounds. Tomó tiempo en formarse. Quizá fue la primera vez que escuché «Be My Baby» en la radio y empecé a entender cómo se pueden crear emociones con el sonido. O cuando empecé a entender más sobre los cantantes soul como Dionne Warwick y Aretha Franklin y cómo podían hacerte sentir cosas increíbles con pequeños gestos vocales. Tal vez empezó en el segundo lado de The Beach Boys Today!, cuando por primera vez hice canciones más suaves y lentas que no eran exactamente baladas románticas sino una especie de postales de cómo se sentía hacerse mayor. O quizá fue todo esto combinado, la cuestión es que lo que hacía empezó a cambiar.

La primera canción de ese álbum es «Please Let Me Wonder», que edité una noche en Western. Estaba escribiendo más sobre lo que la gente piensa y sueña cuando se enamora y cómo a veces se trata más de lo que no tienes que de lo que tienes. «Kiss Me, Baby» fue una de las últimas canciones que grabamos en 1964, aunque hicimos las voces a principios del año siguiente. Es romántica pero en realidad se trata de una pelea, tal vez hasta de una una separación: el romance está en la imaginación. «She Knows Me Too Well» tenía un falsetto chillón estupendo, mucho mejor que «Let Him Run Wild». Yo me autodenominaría un cantante versátil. Puedo cantar dulcemente, con emoción, pero también de otras maneras. Es un mensaje estupendo, también, una de esas letras sobre un tipo que se siente inseguro y es capaz de expresarlo en una canción:

I get so jealous of the other guy
And then I’m not happy ’til I make her break down and cry
When I look at other girls it must kill her inside
But it’d be another story if she looked at the guys
But she knows me
She knows me too well
Knows me so well
That she can tell
I really love her
She knows me too well

«In the Back of My Mind» surgió de una canción que ya existía, la semilla de la melodía fue «Since I Don’t Have You», de los Skyliners, una balada hermosa de finales de los cincuenta. Eso debe haber hecho eco en algún lugar de mi mente, y escribí una canción sobre alguien que no puede ser honesto sobre todo lo que le da miedo.

I’m blessed with everything
A world to which a man can cling
So happy times when I break out in tears
In the back of my mind I still have my fears

Esa es una de las líneas más honestas que he escrito:«In the back of my mind I still have my fear». Nunca he tenido problemas con admitir el miedo. Pero yo no cantaba esa línea, le pedí a Dennis que lo hiciera porque no tenía tantas oportunidades de cantar. Creo que lo hizo muy bien.

Las canciones más suaves y tristes del disco eran buenas, pero también las más rápidas. «Dance, Dance, Dance» era fantástica. La editamos en Memphis y luego hicimos otra versión cuando regresamos a Los Ángeles, que me gustó más. Carl escribió la intro de la guitarra para ella. El disco terminaba con «Bull Session with the ‘Big Daddy’». La gente dice que es una pista de poesía en voz alta, pero ni siquiera es una pista. Es la grabación de una entrevista que hicimos con Earl Leaf, un fotógrafo famoso no relacionado con mi amigo David Leaf. Lo pusimos al final del disco para mostrar la manera en que nos comportábamos en el estudio cuando no estábamos haciendo música. Ordenamos hamburguesas con papas fritas y pepinillos. Al no estaba pero Marilyn sí. La parte que mejor recuerdo es la que Earl pregunta por un concierto que dimos en París. Los chicos hablan sobre si tocaron bien o no, si cometieron algún error. «Yo no he cometido ni un error en toda mi carrera», digo, y Dennis me contesta: «Brian, seguimos esperando a que te equivoques». Era joven en ese entonces y decía las cosas con mucha seguridad, y eso estaba bien. Era estricto con los chicos cuando les salían mal las armonías. Buscaba el sonido que quería y sabía cómo obtenerlo. Nunca fue mi intención ser cruel al respecto, pero tampoco quería relajarme demasiado y perder ese sonido.