04/05/2019

Así recuerda Johnny Marr en su autobiografía su primer encuentro con Morrissey

"¿Cuándo es ahora?" acaba de llegar a la Argentina publicado por Editorial Malpaso.

John Shard / Malpaso / Gentileza
Johnny Marr

En la época de su primera visita a Buenos Aires, Johnny Marr contó que estaba escribiendo su autobiografía. Titulado ¿Cuándo es ahora?, el volumen (debidamente traducido) llega este mes a las librerías argentinas y acá podés leer, por gentileza de Editorial Malpaso, el capítulo en el que el guitarrista recuerda su primer encuentro con Steven Patrick Morrissey. Nada menos que el germen de The Smiths…

La vida en la ciudad transcurría rápido y estaba cargada de es­tímulos a diario. Daba la impresión de que a mi generación se le abrían nuevas oportunidades en la música y en la moda, lo con­trario que en el mundo del trabajo y en la industria. En lo relativo a la música, asomaba un nuevo tipo de guitarra, con Siouxsie and the Banshees, Magazine y Talking Heads, grupos derivados de la escena del punk; también estaban empezando a aparecer nuevas propuestas en el pop, con The Associates, Simple Minds y Grace Jones, inspiradas en las modas y los estilos originados en los clubes nocturnos. Esta ola de diversidad musical era nue­va y parecía muy diferente de las voces ya demasiado familiares de la muy establecida escena pospunk, que para la gente de mi generación daba signos de agotamiento, por revitalizadora que hubiera sido.

La cultura retro empezó a asentarse, con las tiendas de ropa de segunda mano que aparecían en algunas callejuelas. Algunos amigos míos trabajaban en esas tiendas, y cuando un cliente de X­Clothes se probaba un artículo que no era de su talla o no se ajustaba a su bolsillo, lo enviaba a la vuelta de la esquina para que se pillara lo mismo en Reflex, la tienda de un colega mío, o en el Antique Market. Lee se enfadó mucho cuando se enteró, pero lo cierto es que esas personas después volvían a nuestra tienda porque me veían de confianza, otro motivo más para el mosqueo de mi jefe.

Había un nuevo club nocturno en un sitio llamado Exit todas las semanas, y Angie y yo acudimos allí un sábado por la noche. Era un hervidero de gente joven, la mayoría de ellos dependien­tes y peluqueros de ambos sexos que trabajaban en el centro. La música estaba muy alta y el ambiente a tope, y todo el mundo vestía sus mejores galas antes del siguiente destino. Llevábamos allí cinco minutos cuando empezó a sonar un disco con una abrasiva guitarra rítmica que de inmediato me cautivó. Tenía que saber qué era eso y quién era el instrumentista, así que me abrí paso por la pista de baile hasta la cabina del pincha, que es­ taba elevada como un púlpito. Un hombre joven con una cami­sa rosa, un gran tupé blanco y un sombrero de fieltro se inclinó hacia delante y voceó:

—¡Johnny Marr!

Entonces reconocí a Andrew Berry, el peluquero estrella de West Wythy.

—¿En qué andas? —me gritó.

—Dando un garbeo por el centro —alcé la voz para hacerme oír—. ¿Qué disco es este?

—¿Este que suena ahora? Es Bohannon, «Let’s Start the Dance».

«Ah, Bohannon», pensé. Era la misma clase de guitarra que había oído en «Disco Stomp». A continuación, Andrew nos invitó a Angie y a mí a la cabina para estar con él y elegir discos, mientras nos poníamos al corriente de nuestras vidas y bebía­mos Harvey Wallbangers gratis. Ese reencuentro con Andrew resultó crucial para nosotros dos. Por su carisma era alguien di­fícil de olvidar, y ya de más jóvenes habíamos sintonizado, así que esa vez fue como retomar algo donde lo habíamos dejado. Después de esa noche, nos empezamos a ver a diario. Los dos teníamos un espíritu bastante intrépido y una misma motiva­ ción para tratar de materializar cosas grandes.

Angie había dejado al abogado y estaba trabajando de recepcionista en Vidal Sassoon, algo más allá en la misma calle de X­Clothes, y a la vuelta de la esquina del salón de peluquería Toni & Guy donde fichaba Andrew. Angie y yo quedábamos después del trabajo y luego un grupito nos íbamos hasta un club gay llamado Manhattan Sound, en Spring Gardens, cuyo res­ponsable era Dennis, quien nos permitía estar allí y poner lo que quisiéramos de su colección de discos antes de que el sitio se llenara. Uno de los amigos que salía con nosotros era Pete Hunt, y otro Pete Hope. Solían ir juntos, y por eso frecuentemente nos referíamos a ellos como «los dos Petes».

Pete Hunt estaba a cargo de una tienda de discos del sur de Manchester llamada Discount Records; una noche me comentó que se iba de viaje por Europa y quería pedirme que le guar­dara los discos de la tienda en mi ático mientras estuviera fuera. Me quedé sobrecogido ante la oferta: tener todos los vinilos de una tienda en mi habitación era algo con lo que habría soñado a los once años. La única pega era que mi cuarto en casa de Shelley era pequeño. De todos modos, ya me preocuparía por eso cuando llegara el momento. Pete Hunt también me contó que la semana anterior, en Londres, mientras intentaba encontrar el Wag Club en el Soho, se había cruzado con un tío en la calle que llevaba el mismo camino. Acabaron charlando un rato, y Pete pensó que ese tío y yo podíamos llevarnos bien, así que lo había invitado a Manchester para conocerme. También me dijo que su nuevo amigo había firmado un disco asombroso, y que se llamaba Matt Johnson. Todo aquello despertó mi interés, y que el tal Matt Johnson hubiera grabado un disco me dejó bas­tante pasmado. Unos pocos días después, Pete me puso ese álbum, Burning Blue Soul, y lo que oí aún incrementó más mi pasmo. Era una música realmente innovadora, experimental y psicodélica. Me dejó literalmente sin habla, y ya no podía esperar a conocer a la persona responsable.

Pete había invitado a Matt a dormir en su casa, y el plan era quedar primero y luego ir todos juntos al Legends, un club de Manchester que los jueves pinchaba electro y música moderna de guitarras como Cabaret Voltaire, Gang of Four y Psychedelic Furs. El resto de la semana estaba copado por los monstruos cerveceros que bailaban al compás de Abba. El sistema de soni­do y las luces del sitio eran geniales, y yo, que faltaba pocos jueves, empezaba a reconocer las caras familiares de todas las semanas. Matt llegó y se presentó, y fue como si nos conociéramos de toda la vida. Era cercano e inquisitivo, y no me costó ver que era un tipo genial con una mente muy rápida. Llevaba una cha­queta Levi’s a juego con los 501s y unas botas desgastadas. Em­pezamos a hablar sobre música y comprobamos que a los dos nos habían gustado los mismos éxitos de pequeños, y cuando uno descubre que cosas algo extravagantes que te apasionaron produjeron el mismo efecto en otra persona, se establece una alianza poderosa y significativa. Nos quedamos en la cocina de Pete un buen rato, intercambiando apuntes sobre nuestros mo­dos de componer, y cuando Pete sacó su guitarra Höfner, nos la fuimos pasando para descubrir que algunos de nuestros riffs instrumentales guardaban un más que razonable parecido. Matt y yo notamos que estaba surgiendo algo ahí, y entonces me dijo:

—Estoy montando un grupo, mis próximos discos saldrán con el nombre The The, ¿por qué no te unes?

—Vale —dije—. Si encuentro la manera de vivir en Londres, trato hecho.

Así de simple: había dado con un auténtico espíritu afín, al­guien de mi misma edad emocionado con la idea de crear una música diferente. Bajamos al centro, y en Legends seguimos toda la noche con ese proceso de conocimiento mutuo. Habla­ba en serio cuando le había dicho a Matt: «Trato hecho». Solo que en 1982 no sabía ni cuándo ni cómo se llevaría eso a efecto. Pete Hunt había trasladado ya todos los discos de la tienda hasta su casa, y estaban listos para que yo pasara a recogerlos. Angie acababa de sacarse el carné de conducir, y el viejo esca­rabajo blanco de sus padres ahora servía a nuestros intereses. Paramos donde Pete y cargamos todos esos álbumes y singles en el maletero y en los asientos de atrás. Tuvimos que hacer varios viajes, pero al final conseguí arrastrar ese tesoro hasta mi habi­tación y ordenarlo en filas de tres y cuatro, como si se tratara de la guarida de un coleccionista compulsivo y meticuloso con un gusto exquisito en cuanto a la música.

El coche de Angie coincidió con mi recuperación de la armónica. El escarabajo era el único sitio donde podía practicar sin poner a todo el mundo de los nervios, y la pobre Angie tuvo que soportarme mientras no dejaba de soplar acompañando a la cin­ta del segundo de los Stones. Esa conquista de la movilidad es­taba muy bien, porque nos permitía vernos más, y yo mejoré con la armónica lo suficiente para decidir que debería ser un in­grediente en el siguiente grupo que montara.

Estar en mi cuarto rodeado de tantos discos día tras día era algo imposible de superar. Aún debía salir corriendo por las mañanas, y seguía yendo por los clubes después del trabajo, pero me pasé muchas noches recorriendo las pilas de vinilos de los Crystals y las Shangri­Las, o de Wire y Can, y tocando la guitarra hasta que me quedaba frito.

Volver a componer canciones sin estar en una banda me resultó muy útil. De esa manera podía explorar cambios de acordes sin estar maniatado por la sección rítmica. Luego llenaba esos cambios con melodías y pequeños fraseos, y era libre de ir a los sitios que quisiera. También podía apartarme de algunas cosas que habían hecho muchos guitarristas hasta entonces, viejos patrones ya caducos que sonaban muy trillados. Con mi grabadora de cinta de tres pistas podía registrar una idea y luego añadir un riff por encima, y me volví bastante mañoso para conseguir cosas que sonaban acabadas y llenas sin que necesi­taran mucho más que la guitarra.

Al final acumulé una larga serie de piezas instrumentales y varias ideas para canciones, que le tocaba a Angie con la guitarra mientras dábamos vueltas con el escarabajo. Una noche, es­tando en casa de Joe, le comenté que deseaba empezar un nuevo grupo. No tenía claro cómo hacerlo, pero sabía que era el momento de encontrar cantante, ya que no quería ponerme tras el micrófono. Había estado leyendo todo lo que había caído en mis manos sobre Andrew Loog Oldham, el mánager de los Stones, y con su reputación de visionario con mucha labia se había convertido en una inspiración tan grande como cualquier músico. Joe me escuchaba. Sabía las cosas que me atraían y, en su opinión, bastaba con no perder la guitarra y ganar a al­guien con una voz decente y buena imagen para conseguir un gran resultado. Yo empecé a fijarme en la gente que entraba en la tienda. Había un par de tipos que se las daban de cantantes, pero que eran o demasiado mayores o demasiado góticos. Le pregunté a Tony Wilson si conocía a alguien compatible conmigo, y me emparejó con una chica de su plantilla en Factory, pero aquello tiraba demasiado hacia el jazz con muchos bongos, y además yo tenía bastante claro que prefería a un cantante masculino.

Un sábado me puse a charlar con una pareja de Liverpool que me contó que los Bunnymen se estaban separando y que debería sondear a su cantante, Ian McCulloch. La perspectiva me pa­reció genial: Ian McCulloch habría encabezado por entonces cualquier lista de mis cantantes favoritos. Me gustaba su voz, y su estilo no era demasiado diferente del mío. Pensé que Liverpool no quedaba tan lejos como para ser un obstáculo, y esa pa­reja me dijo que le pedirían al mánager de la banda el número de Ian…, pero a la semana siguiente me enteré de que los Bun­ nymen anunciaban nuevas fechas, y todo volvió a la casilla de salida.

La idea de montar un grupo monopolizaba mi mente siempre que andaba por el centro. Andrew me dijo que podía actuar en un desfile de moda que se estaba organizando para más tarde ese año, y yo sabía que no sería difícil cerrar una fecha en el Manhattan Sound de Manchester. En los descansos para el al­muerzo y al final de la tarde me acercaba a la oficina de Joe o a su casa para verlo, y él escuchaba mis planes. Una noche le co­menté que el único tío del que había oído decir cosas sugestivas de verdad era un tal Steven Morrissey, antiguo compañero de grupo de Billy Duffy, quien ahora vivía en Londres. Al mismo tiempo que hablaba, me daba cuenta de que quizá debería probar suerte, aunque solo existiera una posibilidad remota, ya que hacía mucho tiempo que no tenía ninguna noticia de Steven Morrissey. Lo único que sabía era que vivía en alguna parte de Stretford y que había escrito algunas líneas sobre los New York Dolls en el NME. Estuve una semana pensando en ello, y al final comencé a preguntarme cómo podría localizarlo.

Una noche fui a casa de Joe para ver un programa del South Bank Show dedicado al dúo compositor formado por Jerry Leiber y Mike Stoller, que él había grabado con su reproductor de VHS. Los aparatos de vídeo representaban toda una revolución en el momento, una auténtica bendición para los fans de la música que ahora podíamos ver las actuaciones de nuestros grupos fa­voritos en la tele o las películas siempre que nos apeteciera, y mis amigos y yo grabábamos todo lo que tuviera que ver con música. Leiber y Stoller se habían convertido en una especie de obsesión para mí, ya que habían compuesto y producido discos de los Drifters, Ben E. King, Elvis Presley y las Shangri­Las; ver un programa sobre ellos para mí era todo un acontecimiento. En un momento dado, Joe se volvió hacia mí y dijo: «Mira esto». En la pantalla, Jerry Leiber estaba contando la historia de cómo encontró a Mike Stoller, al que no conocía pero del que había oído hablar que componía canciones. Lo que hizo a continua­ción fue averiguar dónde vivía, ir a su casa y llamar a la puerta. Y entonces se hizo la luz: sabía exactamente lo que tenía que ha­cer. La única pega era que ignoraba dónde quedaba esa puerta. Al día siguiente era precisamente cuando libraba en la tienda. Me monté en un autobús hasta la casa de mis padres y bus­qué el número de teléfono que tenía de un tío que vivía en Wythenshawe, un tal Phil Fletcher, al que conocía de hablar un par de veces en compañía de Billy. Llamé a Phil y le pregunté si tenía el número de Steven Morrissey. Me dijo que no, pero que mejor preguntara a Steve Pomfret, que vivía a la vuelta de la esquina de mis padres. Caminé hasta su casa y llamé al timbre. Steve, o Pommy, como se le conocía, me abrió y yo le dije que andaba tras la dirección de Morrissey. Su silueta se perdió en el interior, mientras yo esperaba al sol. Cuando volvió, tenía un trozo de papel en la mano con una dirección escrita: 384 de Kings Road. Me la dio y, cuando miré la hoja, supe que estaba ante un momento crucial de mi vida.

Algunas cosas pasan sin mayor trascendencia, mientras que para otras sabes que estás predestinado. En ese mismo instante tuve la certeza de que la banda que iba a montar sería especial, y que sería realmente buena.

Pommy me preguntó cuándo tenía pensado pasarme por allí, y yo le respondí: «Ahora». Cuando me dijo si sabía dónde que­daba aquello, le tuve que confesar que no. Él encontró eso di­vertido, y ya que no estaba ocupado con nada, me propuso acompañarme. Pommy le caía bien a todo el mundo, era simpático, un tío majo. Le pregunté si conocía a algún bajista, y me respondió que no, así que le dije si sabía tocar el bajo, y me dijo:

«En realidad, no». Empezamos a comentar las novedades en música que nos gustaban, y yo me pasé todo el viaje en autobús hablando sobre los Gun Club, una banda nueva que pensaba que era lo mejor que había en ese momento.

Hacía un día precioso. El verano se había adelantado y nuestras grandes sombras ocupaban la calzada al recorrer la perife­ria del sur de Manchester. A los diez minutos, nos vimos frente a un adosado de ladrillos rojos, anodino aunque agradable a la vista, con una pequeña puerta batiente fuera. Abrí esa porte­zuela, me encaminé hasta la puerta y llamé. No hubo respues­ta, así que aguardé un poco y lo intenté de nuevo. Al final oí que alguien bajaba las escaleras, y entonces la puerta se abrió. Una mujer joven de pelo claro y modales atractivos contestó, y yo la saludé y le pregunté si Steven estaba en casa. «Ahora le aviso», respondió. Al cabo de un momento, un joven apareció en el umbral.

—Hola —le dije—, me llamo Johnny… y ya conoces a Pommy.

—Hola, Steven —intervino Pommy.

—Ah, hola, Pommy —respondió Steven Morrissey.

Lo primero que me llamó la atención de él fue su voz: hablaba bastante bajo y sin alterar el tono. Noté que estaba algo des­concertado ante esa visita inesperada, pero fue amable y me dijo:

—Hola, un placer conocerte.

—Perdona por presentarme así —le intenté explicar—, pero estoy montando un grupo, y ¿no te interesaría ponerte de can­tante?

—Entrad —dijo, sorprendentemente imperturbable tras haber recibido semejante oferta de un completo desconocido en la puerta de su casa. La cosa pintaba bien.

Seguí a Morrissey escaleras arriba, y entonces me fijé tam­bién en su ropa. Llevaba pantalones de vestir, una camisa con una camiseta debajo y un cárdigan ancho. Tenía el pelo corto, un peinado bastante cincuentas, aunque sin tupé, y pensé que su apariencia era similar a la de algunos tíos mayores del círcu­lo de Factory como A Certain Ratio, una onda más sesuda e in­telectual y menos callejera. En un rincón de las escaleras había un troquelado de cartón a tamaño natural de James Dean, de la película Gigante, y cuando entré en su cuarto lo primero que vi fue una máquina de escribir. Yo llevaba unos Levi’s 1950 anchos, botas de motero y un chaleco Johnson’s. Completaba el conjunto con una gorra de aviador y un pedazo de tupé que me había teñido en diferentes tonos de rojo. Me senté en la cama y Pommy hizo lo propio en una silla al otro extremo de la habita­ción; entonces Morrissey, que se había colocado junto al toca­discos, dijo: «¿Queréis poner algún disco?». Yo fui hasta la caja con siete pulgadas que había en un vestidor e inspeccioné los vinilos de Decca y Pye, hasta que di con uno de la discográfica Tamla de las Marvelettes que me gustaba especialmente, «Pa­per Boy». Lo extraje y Morrissey comentó: «Buena elección», y luego le dio la vuelta y puso la cara B, con el tema «You’re the One».

Empezamos a hablar, y yo le apunté cosas sobre su colección de sencillos raros de la Tamla. Me preguntó si había estado al­guna vez en Estados Unidos, y yo alabé el «Little by Little» de Dusty Springfield. Él me puso «Message Understood» de San­ die Shaw, que no conocía, y luego «A Lover’s Concerto» de los Toys.

La conversación viró hacia Billy Duffy y su exnovia, Karen Colcannon, a los que yo conocía, y entonces le pregunté por lo que había sucedido con los Nosebleeds. «No pasó nada —me contestó—, era más bien que había que esperar mucho.» Yo le expliqué que de momento no tenía a más músicos conmigo, aunque ya había pensado en un par de personas. Planeaba vol­ver a contactar con Si Wolstencroft, ya que era un buen batería y además daba el perfil. Morrissey y yo nos sentimos muy a gusto juntos, y la situación no tenía nada de forzado, algo especial­mente notable considerando que yo le estaba exponiendo mis esperanzas y sueños a alguien a quien acababa de conocer, y en su dormitorio. Todo aquello parecía lo más natural del mundo, y aunque Morrissey me sacaba unos años, entre nosotros hubo un entendimiento y una empatía instantáneos. Él sabía que yo iba en serio, y que podía respaldar con hechos mis palabras. Mientras todo esto tenía lugar, Pommy seguía sentado en un rincón siendo testigo de todo. Detectaba que ante sus ojos esta­ba produciéndose algo especial. No decía ni pío, y se le dibujaba una sonrisa en la cara.

Cuando llegó la hora de irnos, Morrissey —o Steven, como le estaba llamando— me dio unas cuantas hojas con palabras mecanografiadas. «Canciones —pensé—, eso serán.» Las doblé y me las metí en el chaleco, y le propuse que me llamara al teléfono de X­Clothes al mediodía siguiente. Nos despedimos, y cuando salía por la puerta hacia la luz del sol, dije para mí: «Si me llama mañana, tenemos banda».

Al día siguiente el teléfono sonó. Hablamos mucho rato sobre discos y grupos, y él me preguntó si le había echado un vistazo a las letras que me había entregado. Lo había hecho. Había una canción titulada «Don’t Blow Your Own Horn», y aunque había probado con algunos acordes para la música, los resultados no me entusiasmaban. Tampoco creía que eso fuera un proble­ma, y tras hablar algo más convinimos en quedar en mi casa para empezar a componer algunos temas. Transcurrieron un par de días, y un sobre se coló por mi puerta. Dentro había una cinta y un retrato fotocopiado de James Dean. La casete era una re­copilación de canciones de las Crystals, las Shangri­Las, las Shirelles, Sandie Shaw y Marianne Faithfull. Consideré eso una buena señal.

Nuestro segundo encuentro tuvo lugar en mi habitación en casa de Shelley. Morrissey se vino una tarde y subimos por las escaleras entre los retratos enmarcados de mi casera con estrellas de los sesenta, hasta llegar al ático. Hacía otro día precioso, y por la ventana entraban los sonidos de los escolares jugando en el patio. Morrissey sacó más letras para trabajarlas. Al coger las hojas, vi el título «The Hand That Rocks the Cradle», y de manera espontánea comencé a tocar la misma progresión de acordes del «Kimberly» de Patti Smith. Me pareció que enca­jaba con las palabras y que casi pedía una línea de bajo, que pasé a tocarle a Morrissey al mismo tiempo. Seguí tocando, Morrissey comenzó entonces a tararear la letra, y a los pocos minutos una canción había nacido. Después de reírnos a gusto y de tocarla un par de veces más, grabé lo que teníamos con mi magnetófono, y luego añadí por encima una guitarra vibrante, y con eso mi nuevo socio y yo teníamos terminada nuestra primera canción. Sentí que era un momento importante. Y pensaba en esa letra, y también en que el estilo se acercaba un poco al vo­devil, aunque aún no había analizado su significado.

Eché un vistazo al siguiente conjunto de letras, para una can­ción titulada «Suffer Little Children», y sentado en el suelo con las piernas cruzadas y la guitarra, y esas dos hojas en los pies, apreté el botón de grabar. Cuando volví a bajar la vista a las letras, mis manos empezaron a tocar una melodía. Algo estaba ocurriendo; la canción se abría paso a través del aire. Seguí con la estrofa y Morrissey empezó a cantar, y las palabras y la historia se manifestaron delante de mí y en mi cabeza. Obedecía al impulso, mientras mi guitarra suministraba la música por de­bajo de la voz, y la canción de pronto estaba allí, una canción que no sonaba como ninguna otra y que transmitía lo que ninguna otra, una canción sobre los asesinatos del Páramo. No sa­bía qué pensar. Lo único que sí sabía era lo que aquello me ha­cía sentir, una mezcla de verdad y extrañeza. Mis emociones estaban suspendidas en el aire, y yo me dejaba llevar por el ins­tante. Tomé en mis manos una cajita de música que había en la habitación, le di cuerda y me acerqué a la ventana. Asomé esa cajita al exterior mientras reproducía la melodía, y con la otra mano sostuve un micrófono para registrarla con los sonidos de los niños jugando. Junto con la sorpresa de haberme encontrado con esa letra inesperada, en esa segunda canción había una emoción muy reconocible del norte, y eso me llamó la atención más que ninguna otra cosa, pues definió un aspecto básico des­de ese primer día de colaboración. Lo que me estaba diciendo era: «Nosotros hacemos las cosas de otro modo».

Morrissey y yo habíamos emprendido nuestra asociación, y fuera lo que fuese que había entre nosotros, se trataba de algo personal y totalmente único. Éramos dos jóvenes que se habían pa­sado la mayor parte de su juventud convirtiéndose en lo que que­rían ser. Nos habíamos empeñado ciegamente en hacer lo que hacíamos con una intensidad a la que nadie de nuestro entorno se acercaba, y reconocimos en el otro el mismo compromiso y una necesidad emocional para seguir nuestros sueños. Nuestras per­sonalidades eran diferentes, y opuestas en muchos sentidos, pero todo lo que compartíamos creaba un lazo exclusivo. Habíamos elegido vivir inmersos en lo que nos apasionaba, abrazando la cul­tura pop desde un profundo romanticismo, y cuando nuestros caminos se cruzaron, pensamos que solo podía ser obra del destino. Las palabras parecían fluir naturalmente cuando hablábamos.

Uno de nosotros introducía un tema que le parecía de gran importancia, y el otro lo continuaba. El segundo día que nos junta­mos, le enumeré una lista de cosas que pensaba que nuestro grupo debía ser y hacer. Lo primero era que nuestro debut tendría que ser homónimo; luego que nuestro primer sencillo habría de tener una galleta azul marino con las letras plateadas, y que entre paréntesis, debajo del título, deberían aparecer las palabras

«Morrissey and Marr». Le dije que teníamos que firmar con Rough Trade Records, y entonces vaticiné que aunque llevara años sin grabar nada, en el futuro le escribiríamos un tema a Sandie Shaw. Aún no teníamos grupo, solo un par de canciones muy peculiares, pero avisté todas esas cosas y tuve la certeza de que únicamente era cuestión de que nos pusiéramos manos a la obra. Angie llegó y conoció a Morrissey, y luego lo llevamos en el escarabajo hasta la estación de tren. Cuando se marchó, me vol­ví hacia ella y le pregunté:

—¿Qué piensas?

—Sí —me dijo con su típico instinto que no admitía vacilaciones—. Creo que puede funcionar.

Dicho esto, partimos para ver a Andrew Berry en St. Anne’s Square, mientras yo le daba a la armónica con los Stones de fon­do y los pies en el salpicadero.

Todo el mundo en la ciudad seguía la estela de Andrew Berry, y eso normalmente te garantizaba la presencia también de John Kennedy. Este era otro de esos flautistas de Hamelín de Man­chester que yo había conocido durante mis días escolares en Sacred Heart, y procedía de una de las contadas familias irlandesas establecidas en Wythenshawe. John siempre llevaba el pelo te­ñido en alguna tonalidad de azul, rojo o verde, y, algo infrecuen­te entonces, era declaradamente gay, de un modo osado y es­timulante. Todo el mundo le llamaba JK, un hijo de la cultura de los nuevos románticos que se había iniciado en Manchester en el club Pips, con Bowie y Roxy Music como padres fundado­res. El Pips había sido el lugar de reunión de los Joy Division y de otros grupos, e Ian Curtis había perfeccionado allí su baile, el cual —lo mismo habían hecho otros muchos— se inspiraba en una actuación de Bowie en torno a 1976 en el Dinah Shore Show. Allí todos, incluido yo, copiábamos los movimientos de David Bowie y Bryan Ferry. Pese a eso, parecían estar anunciándose también otros tiempos, aún por definir, y todos teníamos la sensación de que había algo inminente a punto de producirse.

Para todos nosotros, Manchester era tan importante como Londres, y esa creencia motivaba a John Kennedy para darles la tabarra a medios como The Face e i-D, tratando de atraerlos a la ciudad para que escribieran artículos sobre sus amigos. John no hacía distingos entre músicos, pinchadiscos o desempleados. Lo que le importaba era el carácter diferencial que te imprimía el centro, junto con una apariencia en cierta manera deslumbrante. Me entrevistaron en una revista por ser «un rostro co­nocido» de la escena, y también en un programa de televisión, en este caso para hablar sobre moda, donde me entrevistó Shelley Rohde. Como estaba viviendo en su ático, aquello nos re­sultó un poco raro, pero Shelley se comportó como una auténtica profesional y arrancó la entrevista con la siguiente pregunta: «¿Por qué llevas esa gorra?», una táctica que me pareció muy a propósito para entablar conversación. JK me sugi­rió que adoptara el nombre de Johnny la Mar tanto para la tele como para la revista, pero no lo hice, por muy en serio que lo dijera. Otras veces sí que tuvo más éxito con los nombres que le proponía a la gente, como con Spikey Mike, o incluso con Mind of a Toy, sin duda uno de mis favoritos.

Empecé a pinchar con Andrew los jueves en el Exit. Algunas noches no cabía un alfiler, especialmente cuando JK conseguía montar algo, y otras solo estábamos nosotros y nuestros cole­gas. A nosotros eso nos daba más bien igual, y actuábamos como si fuéramos los dueños del lugar, alternando y bebiendo Harvey Wallbangers mientras poníamos los discos que quería­mos, lo cual se traducía normalmente en mucho James Brown y John Lee Hooker, junto con cosas más alternativas como el «I Love a Man in Uniform» de Gang of Four y el «The Missio­nary» de Josef K. Después de bajar la persiana, algunos de no­sotros continuábamos la marcha por el centro y nos montábamos en el bus que nos acercaba al piso de Andrew en Palatine Road, cerca de Factory Records, y allí proseguíamos con nuestros experimentos en pos de la invención de nosotros mismos y de nuestros estilos de vida. Yo solía quedarme en vela toda la noche, revolucionado por la vida misma, y alguna vez me apretaba en un sofá junto a otras dos personas que apenas conocía, o directamente en el suelo con otros cuatro seres a los que no conocía de nada, para al cabo de dos horas ponerme en pie y correr hasta la parada del bus rumbo al trabajo.

Empecé a pasar cada vez más tiempo de mi jornada laboral en Crazy Face, una circunstancia que no se le escapó a mi jefe. En la pausa del almuerzo, muy a menudo me iba hasta el despacho de Joe en Portland Street, para ponerle las cintas con las nuevas canciones que estaba puliendo y para soñar en voz alta. En opi­nión de Joe, todo era una cuestión de filosofía: elaboraba sus tesis sobre todo, y siempre tenía una teoría dispuesta sobre algo de extrema importancia que no se le había ocurrido jamás a nadie. Por ejemplo, estuvo días desarrollando la hipótesis de que Jackie DeShannon había inventado la guitarra británica por el motivo de doce cuerdas de la canción «Needles and Pins», y buscaba calibrar la influencia que ella había ejercido sobre los Beatles, ya que estos habían ido de gira con DeShannon por Estados Unidos. Me grabó una cinta con varias canciones de DeShannon segui­das por canciones de los Beatles que, según había dictaminado, estaban influidas directamente por aquellas, y he de reconocer que al final sus argumentos resultaban de lo más convincentes. Joe también te hablaba de cómo eran las cosas de verdad en Manchester en los cincuenta y los sesenta. Detestaba toda la mi­tología con la que se había identificado a la ciudad —esa idea so­bre que era oscura y un purgatorio deprimente—, y decía que los culpables eran personas que no habían estado allí o que habían visto «demasiada Coronation Street». Para Joe, todo obedecía a un cliché seudonorteño. Su Manchester era juvenil y una explo­sión colorista de música y películas, con ropas a juego, algo que había llegado tras la guerra, y, en su opinión, «mi» Manchester estaba destinado a lo mismo. Un día se inclinó hacia mí con sus aires conspiradores tan característicos, y me soltó: «Esta es tu ciudad», y yo pensé que tenía toda la razón del mundo.

Había veces que durante algunos almuerzos también iba a ha­cer una visita a la tienda de segunda mano de mi amigo Rick, en el callejón de Back Bridge Street, para tomar prestado un polo. Luego doblaba la esquina corriendo hasta la tienda de antigüe­dades de Carl Twigg, en King Street West, donde podía charlar con él sobre los sucesos en la ciudad la noche anterior. Mi ami­go Tommy, que trabajaba en la tienda de Virgin Records, pedía reediciones de los sencillos de la Motown que no estaban en Rare Records, y yo me apresuraba hasta allí para echarle el guan­te a una copia de «(Come Round Here) I’m the One You Need» o de «Put Yourself in My Place», antes de ir corriendo para ver un momento a Angie en Sassoon y luego regresar a X­Clothes, adonde muy probablemente llegaría tarde. Los mejores momen­tos para trabajar en las tiendas eran los fines de semana de vera­no. Me paseaba por el centro concluida la jornada vespertina del sábado, hacía calor y los clubes estaban a punto de abrir, y yo ya me preparaba para encontrarme con mis amigos, siendo cons­ciente de que ser joven se resumía en todo eso. Me quedaba de pie en una esquina y miraba por encima de los edificios de King Street, y aunque solo llevaba cinco libras en el bolsillo, sabía que no deseaba estar en ningún otro lugar del mundo.