25/11/2016

Leé un capítulo de la biografía de Vicentico

El libro se consigue desde hoy... Yo te avisé!

Cecilia Salas

Vicentico, la "biografía musical" del cantante de Los Fabulosos Cadillacs escrita por  el periodista Eduardo Fabregat, llega hoy a las librerías porteñas y la semana próxima a las de toda la Argentina. Por gentileza de Ediciones B, aquí se reproduce un capítulo completo, titulado "Pausa: Un salmón viaja en Cadillac", en el que se detalla el comienzo de la relación del vocalista con Andrés Calamaro.

Explicar la relevancia de Andrés Calamaro ya no solo en el rock sino en la música popular argentina excedería largamente los propósitos de este libro. Baste decir que, desde su temprano debut en Raíces con solo 16 años, a través de Los Abuelos de La Nada, Los Rodríguez y una extensa carrera como solista, el multiinstrumentista y cantante ha dado al cancionero argentino innumerables páginas inspiradas y exitosas, perfectos ensayos pop, alardes de puro rock y experimentaciones como el monumental disco quíntuple El Salmón, producto de incontables horas de trabajo registradas en una portaestudio con un modo artesanal que contrasta con la brillantez de producción de discos como Alta suciedad o La lengua popular. Pero además y sobre todo en los años ’80, Calamaro mostró una fina sensibilidad para producir a otros artistas: su tarea en ese lugar dio pie a discos como Don Cornelio y La Zona, Man Ray y Contrarreloj (Los Enanitos Verdes). En esa lista, claro, hay que agregar a Los Fabulosos Cadillacs. Como ya se dijo en estas páginas, Yo te avisé!! significó para el grupo un salto de popularidad y el reflejo en el estudio de la particular energía que desplegaba en vivo, un trabajo nunca fácil de llevar a buen puerto. Allí también se empezó a consolidar una relación de amistad entre Andrés y Gabriel que creció y se sostuvo en los años posteriores, un vínculo por encima de las posibles cuestiones de ego y competencia que a veces surgen en el terreno de la música.

El dúo se conoció en los Estudios Moebio, cuando Calamaro le prestó a la banda un teclado con sampler que fue utilizado en Bares y fondas. Pero la agitada noche porteña de esos años ’80 los hizo reecontrarse en varios sitios clave, fuera un show en el mítico Palladium o la pizzería que se encontraba cerca de las oficinas del manager Alberto Ohanian, en Fray Justo Santa María de Oro y Santa Fe. “Eramos exconvictos de la vida”, definió Andrés en 2005, en un encuentro junto a Vicentico propuesto por el autor de este libro para un artículo que finalmente nunca se publicó. “A mí Andrés siempre me cayó bien… en un punto es algo medio inexplicable, es encontrarse con una persona que entiende algo de vos que quizá los demás no entienden”, complementó Gabriel. Como es natural, la amistad nació de un potente vínculo musical entre tipos que renovaban la escena del rock argentino en la era post Malvinas. En ese 1986, Andrés ya había dejado Los Abuelos de la Nada para impulsar su carrera solista con Vida cruel, pero era además un ávido consumidor de todo lo que sucedía en una efervescente escena under. “Yo a los Cadillacs los veía un poco como los Blues Brothers”, definió en aquella charla conjunta. “Me acuerdo de un show en La Capilla… para mí Gabriel era como un John Belushi, como un Marlon Brando, un tipo con mucho carácter. Durante muchos años en el rock argentino hubo muchas cosas pero él tenía una actitud, un punto bestia de ska punk en el que podía hacer cualquier cosa… se podía tirar de cabeza al público, no se sabía lo que podía hacer en un show”.

Aunque comenzó con un entredicho (“En el primer día yo me enojé con algo que me dijo Andrés, no me acuerdo por qué, me quedé en un costado ensimismado tratando de tranquilizarme, pero después se me pasó y estaba todo más que bien”, recordó Gabriel), la experiencia de la grabación del segundo disco Cadillac cimentó la relación entre esos dos pibes que terminarían inscribiendo su nombre en la lista de grandes solistas argentinos. “Andrés tomó a esos pendejos y no intentó cambiarlos”, recordó el cantante. “Es muy gracioso porque nos vestíamos para ir a grabar, pero grosso, camisa, sombrero, todo. Y él creía en nosotros, en nuestra energía, fue una grabación donde la pasamos muy bien. Tengo una imagen del final –incluso está filmada-, en la mezcla, con todos encima de la mesa haciendo cosas…”.

Calamaro solo produjo ese segundo disco, pero anduvo flotando siempre en la órbita Cadillac, participando en grabaciones y compartiendo noches algo tóxicas, shows y encuentros de toda clase. En 1989, el notable Nadie sale vivo de aquí propició un gran dueto con Gabi en “Con la soga al cuello”, una colaboración que podría haber sido semilla de algún proyecto conjunto. Pero incluso antes de que su tercer álbum solista ganara la calle, Andrés se fue a probar suerte en España y la relación debió continuar a distancia. Su regreso al país dio pie a un natural reencuentro sobre el escenario, con Calamaro participando de un Luna Park de Vicentico y éste apareciendo en el Obras al aire libre que Andrés hizo en diciembre de 2005, para hacer grandes versiones de “El cantante” y “Vasos vacíos”. Ese año los dos acariciaban la idea de hacer un disco de cumbia, que estaba explotando en la Argentina y con la que ambos se confesaban “muy cebados”: jugaban con la idea de utilizar el método de “featuring” típico del hip hop, invitando a figuras del género como Pablo Lescano, Dalila, Leo Mattioli, Los Palmeras, Yerba Brava y otros. Los tiempos de sus respectivas carreras lo impidieron, aunque se dieron el gusto de grabar juntos “Tres Marías” en On the rock (el disco que Calamaro editó en 2010). Y Gabriel sí terminó convocando tiempo después a Lescano para grabar con los Cadillacs.

Los Cadillacs, precisamente, se convirtieron en una inesperada –aunque efímera- realidad debido a la figura de Calamaro y otro nombre en común. Cuando Afo Verde empezó a delinear la lista de artistas que debía participar de Calamaro querido!, obviamente incluyó a Vicentico, que junto a su banda hizo una bella relectura de “Para no olvidar” (grabada por Los Rodríguez en Palabras más, palabras menos), dándole un relajado aire brasileño. Pero que la banda que tenía tantos vínculos con Andrés estuviera inactiva no fue obstáculo: en los dos volúmenes del álbum subtitulado “Cantando al salmón” tenía que estar LFC. “La reunión surgió a partir de que yo estaba grabando para ese mismo disco. Como iba a comer con Flavio al día siguiente, se nos ocurrió que podíamos juntarnos, que estaba buenísimo grabar y fue muy agradable hacerlo sin ninguna presión, sólo por Andrés, que es amigo, y por nosotros. Fue muy fácil y enseguida hubo magia", contó Gabi después en México. Así, en los estudios El Santito se produjo una reunión cumbre de la planta histórica: Luciano Jr. y Gerardo “Toto” Rotblat en percusión; Mario Siperman en teclados; Sergio Rotman al saxo; Fernando Ricciardi en batería; Daniel Lozano en trompeta; Vicentico en voz y Flavio haciéndose cargo del bajo y de la guitarra. La canción elegida fue “La parte de adelante”, uno de los grandes pasajes de Honestidad brutal, disco doble lanzado por Andrés en el último año del siglo XX. Y el tono fue típicamente Cadillac, un aire de rock steady jamaiquino en el que el grupo demostró no haber acumulado ni una mota de óxido. El reencuentro en el estudio disparó a la estratósfera la excitación de los fans; para colmo, Flavio envió una carta al sitio web LFCRarezas en el que decía “Se nos ve bien. Nos sentimos bien. Y quién sabe…”.

Pero todavía no era el momento. Se hizo la grabación, el tema de los Cadillacs sonó como uno de los caballitos de batalla del álbum tributo, y luego cada cual siguió en lo suyo. Gabriel, además, ya tenía nuevas canciones volando en la cabeza.