31/08/2017

Leé un capítulo de la biografía de Los Auténticos Decadentes

Cualquiera puede cantar. Y leer.

Gentileza

Titanes en el hit: una biografía oral, el libro escrito por el periodista Fernando Sánchez que repasa la historia de Los Auténticos Decadentes, está disponible a partir de hoy en las librerías de todo el país. Por gentileza de Editorial Planeta, Silencio publica uno de sus capítulos -titulado “Skabio” en homenaje a la canción compuesta por Jorge Serrano- en el que se detallan los inicios de la banda.

Gastón: Se suponía que la banda se había armado para esa única vez pero, diez o quince días después, Cucho propuso tocar en su colegio. Esa segunda vez fue buenísima porque casi no hubo gente. El Bassman no quería tocar, pero al final vino. “Esta vez sí es la última –dijo–. Es mi despedida.” En la entrada te revisaban, pero el chabón había metido tetrabrik y pastillas en el bombo de la batería. Era cualquier cosa. A diferencia del recital anterior –que había sido al aire libre–, tocamos en un salón con escenario. Contando a los padres de Cucho, había veinte o treinta personas.

Cucho: El segundo show fue en el Echeverría, mi colegio. Estaba mi hermana, toda mi familia. ¡Fue un desastre! Fuimos ahí porque, además de cumpleaños de quince o la casa de algún amigo, era uno de los pocos lugares donde me dejaban tocar. Eran épocas en las que tocábamos mientras caminábamos por la calle: entre los amigos y los músicos, éramos un sinfín de gente.

Gastón: El tecladista no estaba, pero era la misma formación. No llegamos a hacer tres temas porque el Bassman ya estaba reloco y empezó, como en las despedidas, a hacer mierda todo. Como no había nadie, en un momento Cucho empezó a cantar en el borde del escenario y con la hermanita a upa. Todo muy feo. Y el Bassman venía haciendo cualquier cosa. Fue su despedida del rock n’ roll.

Dani: ¡Esa vez lloré! El bajista, Bassman, nos hizo pasar un papelón: había veinte familias y este hacía “arrgffff” y tiraba globos… Me quería morir. Me fui llorando. Qué sé yo… ¡era llorón! Volví a mi casa preguntándome “¿dónde estoy?”, porque cada vez que me exponía me daba vergüenza. Ese día fue horrible: eran las seis de la tarde y estábamos tocando para las familias de la escuela con uno totalmente drogado. Hasta ese momento yo no tenía ni idea de nada. Excepto en las películas, jamás había visto a un tipo en ese estado.

Gastón: Cucho se deprimió y dejó de ir a los ensayos, pero nosotros empezamos a armar. Pusimos un aviso en la revista Segunda Mano para buscar un saxofonista y apareció el Chiflo, que terminó siendo primo lejano de Edu. Conseguimos un baterista al que le decían Sting: un chabón que tenía pánico escénico y se olvidaba todo. Nito tocaba el bajo, había dos guitarras y percusión. Así ensayamos dos meses. Sin Cucho, que no quería tocar más. Le decíamos: “Boludo, justo ahora te vas a deprimir, que faltan dos semanas para el show”.

Capanga: Gastón o Nito pusieron un aviso en Segundamano: “Se busca saxofonista para banda”. Y Chiflo, que ya había tocado con Alerta Roja, ¡cayó con un saxo que no lo podíamos creer! Cuando lo vi tocar yo, que hacía coros y tocaba un cencerro porque estaba ahí, me dije: “Voy a tocar una trompeta”. Con Gastón y Nito fuimos a comprar la trompeta cerca de Radaelli, una casa de música que quedaba por Belgrano y Entre Ríos. El vendedor tenía dos trompetas y me dijo que las probara. ¡Yo no sabía ni cómo se agarraba! Obviamente, me llevé la más barata.

Gabriel “Chiflo” Sánchez: Yo venía de tocar en Alerta Roja, una banda dark o postpunk. En esa época era común publicar avisos en la revista Segunda Mano y yo puse uno ofreciéndome como saxofonista. Así fue que me llamó Braulio. Hablamos, me explicó un poco, me invitó a un ensayo y fui a La Constru: un lugar que debe haber sido muy importante para ellos porque fue la base de todo en los inicios. Además de los ensayos, era el lugar donde hacíamos asados, reuniones. Era un quilombo. Ese primer ensayo me encantó porque era una locura, y encima esa misma noche había que tocar en un lugar de Palermo que se llamaba Container. Así que me fui a mi casa, ¡y me quedé dormido! Me tomé un taxi a la una y media de la mañana, llegué y ya estaban tocando. Me acuerdo que Flavio (Cianciarulo), el bajista de los Cadillacs, estaba como público. Después me contó que pensó: “Qué loco, el chabón llegando tarde”. Era un descontrol, muy anarco. Justo cuando yo estaba llegando lo vi a Cucho bajar de una oficina del primer piso con el dueño del lugar. Después me enteré que el tipo era cana y le había puesto un revólver en la cabeza: “Flaco, bajá un cambio”, le había dicho.

Braulio D’Aguirre: A los catorce, encontré un cartel en una disquería de Ramos que decía “Se busca batero para reggae y ska”. Qué bueno, pensé: el reggae y ska eran lo que se escuchaba. Llamé por teléfono al número que estaba en el cartel y arreglamos para que vinieran a mi casa. Cayó Cucho y me agarró con todos esos bártulos hippies: bombo legüero roto, una caja de zapatos, cosas raras. Metimos todo en unos bolsos y nos fuimos en colectivo hasta la sala. Llegamos a la casa de Nito, fuimos a su habitación y los pibes flashearon: “¿Cómo va a tocar este acá?”. Nito tenía un bombo, había algunas cosas. Y fue como una prueba. Tenía que mostrar que sabía tocar, así que desplegué mis habilidades con todos los objetos que tenía a disposición. Logré tocar unos temas y quedé en la banda.

Cucho: La disquería se llamaba El Ombligo y grababa discos en casetes. En esa cueva pusimos un aviso pidiendo baterista y apareció Braulio. Éramos vecinos con Braulio, me quedaba a dormir ahí… Con el Francés probamos un baterista en Ramos. Le pusimos el casete de ska para que tocara arriba, pero no le gustó. Siempre que paso por esa casa, digo: “Acá hicimos la prueba con un chabón”.

Armesto: Braulio fue nuestro segundo baterista porque el primero había sido el Negro Sting. ¡Un apodo espectacular! Decía que se parecía a Sting y se paraba el pelo, pero ¡era negro! Divino. Tocó en La Pared y algún otro show. Capanga empezó un poco antes. Se había comprado la trompeta para el show de La Gata Flora y se la trajo de sorpresa. No sabía tocar. Tiró un cornetazo y terminó en pedo, dando vueltas arriba del auto de mi viejo. ¡Una fanfarria! ¡Una sola nota y mamadísimo!

Braulio: Sé que puede sonar raro, pero a los catorce ya tocaba muy bien porque empecé a los cuatro, jugando y apoyándome sobre discos de Los Beatles y Johnny Rivers. A esa edad empezaba a salir del cascarón. Desde los ocho, escuchaba reggae por Eddy Grant. Tenía un tío que era disc jockey y guardaba los discos en la casa de su hermana. Es decir, en mi casa. Dejaba los discos y un gran equipo abajo de la escalera: la bandeja con una púa de puta madre y unos parlantes que no eran como los de hoy, sino hechos especialmente. Yo ponía los discos y tocaba encima. Tenía tuppers, un bombo legüero roto al que le había puesto una caña de pescar… Cuando Cucho vino a mi casa y lo vio, ¡le encantó! “Uy, tenés que venir a donde ensayamos nosotros”, me dijo.

Nito: Mi viejo había alquilado un lugar cerca de mi casa. Una casa totalmente hecha mierda por la que pagaba unos mangos y usaba como depósito para guardar andamios de madera y herramientas. La casa tenía varios cuartos llenos de cosas, pero mi viejo nos habilitó una cocinita de cuatro por cuatro para ensayar. Esa fue la sala durante varios años. La llamábamos La Constru.

Capanga: Era medio social. Una reunión de sábado a la tarde, todos medio mamados desde temprano. Encima, al lado de ese lugar había un bar de barrio. Y el dueño del bar y los que paraban ahí hacían asados en el fondo de esa misma casa. El viejo de Nito también iba, así que cuando nosotros llegábamos ellos estaban terminando el asado. Medio mamados, los viejos escuchaban los ensayos y terminaban todos bailando. ¡Era increíble! Un club donde la pasábamos bárbaro. A las diez de la noche, cuando dejábamos la sala, no salíamos en el mejor estado.

Jorge: Los primeros ensayos fueron en el cuarto de Nito, pero después pasamos a la casa chorizo que quedaba a dos cuadras de su casa. Un lugar grande donde mis tíos guardaban materiales: la vieja Constru. Ahí ensayábamos entre andamios, cal y lo que fuera. No lo acustizamos ni nada; a lo sumo sacamos los andamios y le dimos una mano de cal. Al principio, ensayábamos sin micrófono. Con la batería y los equipos. Por eso cantábamos a los gritos: no teníamos micrófono.

Eduardo “Edu/Animal” Trípodi: Contamos que empezamos en el 86, pero en ese año hubo solo dos shows: un colegio y un cumpleaños. El primer pub fue en el 87 y yo ya estaba. No como músico fijo, pero estaba. Fue en La Pared.

Gastón: Conseguimos una fecha en La Pared, un lugar en Corrientes casi Callao que después fue Medio Mundo Varieté. A Cucho le insistimos tanto que al final vino y se volvió a enganchar. Nosotros no teníamos dudas. Ya teníamos ese show y la onda era ver qué pasaba. Después del primer recital sabíamos que había una banda. Ese tercer show lo armamos con los amigos y la gente que conocíamos. Con esa base y la bola que se había corrido, el lugar se llenó. Esa vez tuvimos un sonido espectacular. Ahí ya tocamos “Raquel” y los covers de Camilo Sesto, como el tema de la noria (“Vivir así es morir de amor”). Todos en versión punk rock. También tocamos “El hombre gato”, del primer disco de Ricky Maravilla.

Dani: El tercer show fue el embrión de lo que son los Decadentes, el reflejo de que íbamos a tener éxito. Se ve que Cucho era un personaje querido en Ramos Mejía, porque fueron veinte o treinta de sus amigos. También fueron unos punks para ver a Jorge. Había como cien personas. Fue el primer show donde hubo gente desconocida: mucha gente de Cucho desconocida para Jorge y mucha gente de Jorge desconocida para Cucho. Se juntaron los punks con los bolicheros, ¡y coincidieron en “Raquel”! Ahí fue cuando dije: “Chau, acá entendimos algo raro”. Para mí, el tercer show fue revelador.

Edu: Yo venía de ver a Boca en la cancha de Atlanta. Boca hacía de local ahí porque teníamos suspendida la Bombonera. Los Decadentes tocaban en Medio Mundo Varieté que, en ese momento, se llamaba La Pared. Volviendo de la cancha, me encontré con un amigo.

–Che, vamos a ver a un grupo –me dijo–. Son unos pibes amigos, dale.
–No, dejá, qué vamos a ir a ver a esos negros…

Este amigo es el hijo del Nano Areán (Fernando, ex jugador de fútbol, parte del mítico San Lorenzo conocido como Los Carasucias). Por el padre, en el barrio le decíamos Nano. Pero los pibes le decían Bassman. ¡Rompió tanto las pelotas con el bajo que le decían Bassman! Y fuimos a ver a los Decadentes.

–¡Boludo, pero si estos viven a la vuelta de casa! –dije.

No tenía idea de que era ellos. Y bueno, “eh, qué hacé, cómo andá”. En la puerta había como treinta punks que paraban ahí, no veían quién tocaba ni nada. Estaban siempre ahí. Adentro me encontré con treinta o cuarenta amigos. Entre ellos, Nito.

–Boludo, no sabía que tocaban ustedes.
–Sí, con unos pibes que vos conocés.
–¿Quiénes?
–Está Cucho…
–Sí, a Cucho lo vi un par de veces con el Nano.
–Este es mi primo –me dijo Nito.
Entonces me presentó a Jorge, que estaba hasta las pelotas.

Se había tomado una pepa y estaba reloco. Medio personaje, pero nos hizo reír mucho. En un momento vi que Cucho se estaba poniendo una camisa rara y buscaba algo como para llamar la atención. En el camarín encontré una silla de ruedas y no entendía por qué mierda había una silla de ruedas. Claro, ahí también hacían teatro y sería parte del decorado de alguna obra. Entonces, como el tema con el que iban a abrir se llamaba “Divina decadencia”, dije: “Bueno, ya que va a entrar con una peluca despeinada de Miss 15, como si fuera un pibe con problemitas, ¡que entre en silla de ruedas!”. La cosa es que la silla no andaba para adelante ni para atrás porque tenía las ruedas trabadas con alambres, así que con el Nano cargamos a Cucho hasta el escenario. “¡Ay, Dios!”, gritaba. “¡No anda la silla! ¡Qué decadencia!”

Capanga: Ahí conocí otro mundo. Me fascinó, no lo podía creer. Estaba como en una película. Ya usaba chupines, pero no era punk: era rockero. Bueno, después de eso me hice punk. ¡No lo podía creer! No sabía que había algo así en Buenos Aires. Me gustaba el ska y escuchaba reggae con Nito, pero a partir de eso empezamos a escuchar Blondie, The Cure, Elvis Costello, el punk más pop. Con el tiempo me di cuenta de que siempre me gustó más lo inglés que lo norteamericano. Y buscando los orígenes del ska empezamos a ver bandas que tenían instrumentos de viento, como The Specials, y los temas de Marley que tenían coros y vientos.

Dani: A mí no me interesaba tener una banda de rock, era medio tímido y no me gustaba la exposición. En el show del colegio, de hecho, había tocado de espaldas. Era cualquiera. Mi verdadero primer show fue el de La Pared. Cuando llegué había gente en la puerta esperando para entrar. No lo podía creer.

Jorge: “Loco (Tu forma de ser)” la canté yo porque era más bolero, más romántico, y la voz de Cucho no daba. Además Cucho no iba a los ensayos. En ese momento era más chanta y no le daba tanta bola a la banda. Venía y cantaba, pero por ahí estaba en el ensayo y no cantaba. Y como veníamos con el modelo de los Specials, que tenían más de un cantante y una ética punk, no hubo historia.

Gastón: Entre los punks de Todos Tus Muertos se corrió la bola de que iba a tocar la nueva banda de Jorge, así que se mezclaron nuestros amigos del colegio, los muchachos de Ramos, los que venían por el nombre y todos los punks. Patricia Pietrafesa, que en ese momento tenía el fanzine Resistencia y después tocó en Cadáveres de Niños y las Kumbia Queers, había corrido la bola. Me acuerdo que vino temprano y nos dijo: “Yo le avisé a todo el mundo”. ¡Se metió todo el punkaje!

Edu: Tocaron “El jorobadito”, un tema que me llamó la atención. Jorge estaba que no podía más, gracias si tocaba la guitarra, así que lo terminó cantando Nito desde atrás. Todos los cincuenta punks que estaban afuera entraron colados… ¡y se pudrió todo! Nosotros no sabíamos lo que era el pogo, así que cuando los punks se empezaron a empujar los miré tipo: “Estos pelotudos qué me vienen a empujar”. Empecé a revolear… ¡volaron punks para todos lados!

–¡No, no! ¡Pará, Edu! –me decían mis amigos–. ¡Pará que es pogo!
–¿Qué cosa?
–¡Pogo! ¡Se baila así!
–Ah, ¿se baila así?

¡Entonces me puse a tirar patadas voladoras! Nos reímos mucho. El Bassman se puso a tocar un saxo de madera, yo me puse a cantar con Cucho, los punks subieron a tocar la batería… Ese show nunca terminó: ¡todavía están tocando!

Dani: Cuando conocí a Edu lo vi tan pardo que pensé que se hacía. Estuve como tres meses creyendo que actuaba un personaje. ¡Pero era así! Yo no creía que había personas así de verdad. Pensé que exageraba. ¡Pero no! Es una de las cosas que, de entrada, más me sorprendió. También los lugares adonde fuimos a tocar. Yo no había ido a ningún recital en mi vida, de modo que los conocí tocando. En realidad había ido a ver a Yes al Luna Park, a Earth, Wind & Fire, no más que eso… Mi viejo tenía una fábrica de productos químicos y le iba bien, entonces yo era el cheto dentro de los Decadentes. No me identifico con eso, pero me tocó esa mirada. Iba al colegio Marín, que sería el colegio más paquete de Martínez. Si iba a bailar, iba a una quinta. Mi adolescencia fue ir a los pubs. Cero rockero. Menos rockero que yo, nadie.

Edu: Ese show fue un domingo temprano. Me acuerdo porque yo volvía de la cancha a la tarde, así que habrá sido a las diez. Antes, los domingos se tocaba temprano. Si te daban un domingo, era porque no existías; si te daban un viernes, era porque existías un poquito; y si no había nada más importante y juntabas dos o tres bandas que llevaran cien o doscientas personas cada una, te daban un sábado. Uno de esos lugares era Cemento, donde muchas veces le hice la gamba a Nito haciendo puerta.

Gastón: El cuarto recital fue con una banda de ska de Quilmes que se llamaba Los Chupetines y con otra que se llamaba Los Eyelits. Había un movimiento de ska con bandas como Patrulla Romana, y nos juntábamos con ellos. Entre eso, los festivales punks y los pubs que organizábamos nosotros, se armó algo. Fernando Ruiz Díaz, de Catupecu Machu, nos vio por primera vez en un pub de Flores. Siempre me carga porque dice que salí y, a la gente que estaba en las mesas, les dije: “Chicos, esto no es para estar sentados, ¿me ayudan a correr las mesas?”. Fernando quedó enloquecido con eso.

Capanga: Gastón llegó a tocar las tumbadoras en jeans oxford y patines. ¡Era increíble! Los punks se cagaban de risa, era algo que los superaba, no sabían si era de verdad. Después se armaron grupos que directamente hacían música en joda. Nosotros éramos lo que podíamos.

Nito: En esa época no había drogas; después sí. Bah, más vale que podía fumarme un par de porros, pero no era habitual. No me enganchaba. No estábamos en ese plan. Y Cucho, nada. Una vez, cuando empezamos a tocar con los Decadentes, se fumó un porro y le agarró una locura que terminó en el Hospital Posadas. Le pegó remal. Se asustó, fue al hospital y le dijeron que tenían que llamar a la policía. Salió corriendo.

Cucho: En el 86, cuando hice la banda, tuve un momento feo. Fumé porro, me pegó mal y me fui al hospital. Mi vieja nunca lo supo. Me descompuse, me bajó la presión, hice fiuuuu… No estaba bien, así que me llevaron y me dieron una pastilla. No existían los antipsicóticos: era Tranquilán, Animex, una cosa así. ¡Me ponía nervioso! ¡Me acuerdo que en la tele pasaban los goles de Maradona y yo lloraba!

Jorge: En los ensayos escabiábamos todos. No en el cuarto de Nito, supongo, pero sí en La Constru. Ese lugar era un club. Nito sacaba los tetras de vino Facundo y chupábamos: éramos “Los Decadentes del alcohol”. Por suerte, como Dani tenía un Citroën y no tomaba, me volvía a casa con él. Dani nunca fue de tomar mucho y Cucho directamente no toma nada. Ni drogas ni nada. Ahora toma pastillas para la cabeza, pero nunca falopas recreativas. Los demás diría que sí. En cierto sentido, si estabas tocando en Cemento y veían que estabas reloco, a la gente le gustaba. No decían “uy, qué garrón”. Además, nosotros no éramos un grupo al que ibas a ver para decir “mirá qué bien que suenan”. Era un happening.

Edu: Después del recital en La Pared, cada vez que pasaba por esa casa vieja que estaba a la vuelta de mi casa y escuchaba música, me mandaba. Se juntaban los sábados a la tarde, así que iba después de jugar a la pelota. Y nos quedábamos: el ensayo era de las once del mediodía hasta las once de la noche. Después nos pegábamos un baño y salíamos a ver bandas. En esa época había de todo, pero tenía mucha más resistencia… ¡y seguimos teniendo! Hay gente que nos ve y comenta: “Ustedes están locos”. ¡Será que estamos al escabeche! Como le dijo Luca a Pappo: “Si le hacemos una carrera a todas las bandas de rock nacional a ver quién consumió más estupefacientes en toda su historia, nosotros le derramamos el culo a todos”. ¡No sé si será porque somos muchos o porque somos los más faloperos del rock! No hubo un show de los Decadentes en que hayamos subido sin estar en estado… Diría que en el 99%, pero nunca tuvimos que suspender por eso. Que haya salido un show más onda Morrison y los Doors, puede ser…

Dani: Capanga era parte del público. Al principio se subía mucha gente arriba del escenario, y algunos no se bajaron. Fue así. Algunos subían más seguido, otros eran vecinos. Capanga compró la trompeta porque no le alcanzaba para el saxo, pero quería tocar el saxo. Ninguno tenía el plan de ser músico. Eran todos aficionados. Les gustaba la música pero de ir a recitales, no de estudiar música.

Braulio: Capanga no sabía tocar la trompeta, Cucho no sabía cantar… Los músicos eran los guitarristas, Jorge y Daniel. Nito tocaba la guitarra y el bajo, pero no sé si era bajista. Cuando llegaron Pablo y Diego cambió un poco porque Pablo ya tocaba el bajo y Diego también tocaba la guitarra, pero obviamente no eran grandes músicos ni pretendían serlo. O sea: todo lo contrario de mí. Yo quería tocar mucho: siempre estudié para tocar y ser un grande. Esas cosas chocaban todo el tiempo. No con todos. Chocaba con algunos que me venían a decir: “No, no… acá hacelo más sencillo”. Todo era “más sencillo”, “tocá menos”. Y cuando sos pendejo, eso te choca.

Capanga: Como era pendejo, los padres le traían la batería en el auto. Vio muchas cosas que no tendría que haber visto y los padres vieron lo mismo, entonces pasó por ese lado: preservaron a Braulio. Era una época intensa. Era pastas y vino de verdad. No teníamos plata y tomábamos vino berreta y pastillas berretas. También cerveza. En el bar había fernet, pero en el boliche no existía. Pero nosotros éramos más heavy: éramos del cartón de vino. El efecto, obviamente, es malo. A veces Gastón traía un bidón con no me acuerdo qué alcohol y jugo de frutilla. Y salíamos con un bidón. ¡Los pedos que nos agarrábamos! No éramos muy drogones. Después, con la fama, el dinero y la noche, empezamos a conocer otras cosas que nos gustaron. Pero al principio, era más la borrachera. Era una manera de divertirse.

Braulio: Tenía pocas posibilidades de moverme, porque con la batería, si no tenés un auto es muy complicado. Y como era muy pibe, había contratiempos. Dani Zimbello me decía que yo era su ahijado porque me pasaba a buscar siempre: me traía, me llevaba… No le quedaba de paso para nada, tenía que desviarse por la General Paz para ir a mi casa y llevar parte de la batería.

Edu: Gastón era el cheto, pero no le di mucha bola porque era más loco que cheto. El más cheto de todos era Dani: vivía en Martínez, hablaba así, con la tonada que todavía se le escapa. Pero no quería decir de dónde era, supongo que le daba cosa. Jorge también era de Martínez, pero siempre fue el renegado de la familia. Si bien el papá tenía un buen pasar y la hermana es ingeniera o algo así, Jorge juntaba cartones para un pasaje, se tomaba el palo y volvía a los tres años. Los padres como locos: “¿Dónde estará Jorge?”. Hasta que un día llamaba: “Hola, mamá, estoy en Holanda. ¿Me mandás un pasaje para volver porque me estoy cagando de hambre?”. Entonces la mamá le mandaba el pasaje y Jorge volvía lleno de piojos.

Braulio: Mi primer show fue en la calle Pedernera, a media cuadra de Rivadavia. Un bar lleno de gente.

Chiflo: En ese momento la banda no tenía vientos. Solamente estaba yo como saxofonista. Recién unos meses después, Capanga empezó con la trompeta. Al principio era un desastre, pero le metía mucha voluntad. Si yo iba a tocar con otra banda, Capanga me decía: “Che, ¿puedo ir?”. De esa forma fue aprendiendo, pero no sé cuántos meses pasaron hasta que empezó… Porque antes, ¿qué hacía, Capanga? ¡Coros y quilombo! ¡A lo sumo tocaba una botella con un palo! Supongo que Nito, que siempre fue muy organizador, le habrá dicho: “Che, boludo, andá y comprate una trompeta, metete en algo”.

Gastón: Cuando llegó Chiflo, para nosotros era un genio. Nos rompió la cabeza. ¡Todos los temas tenían saxo! Fue el primero que tocaba música. Bueno, Diego también: tenía muy buenos punteos y buen gusto para los arreglos.