22/11/2018

A 50 años del “Álbum Blanco” de los Beatles

La felicidad es un remaster caliente.

The Beatles / Facebook
Beatles

El año 1967 no había tenido un buen cierre para The Beatles. Lo que había sido un comienzo auspicioso con el lanzamiento de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, de a poco había ido oscureciéndose con problemas financieros, la muerte de Brian Epstein, su manager histórico, y el primer gran fracaso en críticas de su carrera: Magical Mystery Tour, un intento de película experimental creado por Paul McCartney que la crítica destrozó tras ser transmitida por la BBC el día siguiente a la Navidad. De repente, un grupo fragmentado sintió más que nunca la necesidad de volver a agrupar sus piezas para acercarlas entre sí.

Después de que las búsquedas (artísticas, espirituales y personales) los hubiesen distanciado, los Beatles se reunieron en la casa de campo de George Harrison en Esher para grabar los demos de su décimo disco de estudio. El plan fue una suerte de vuelta implícita a sus orígenes: tras haberse retirado de los escenarios en pos de aprovechar las bondades del estudio en tanto laboratorio sonoro, ahora los Fab Four se plantaban ante una grabadora de cuatro pistas con sus guitarras acústicas a bocetar canciones como en sus días iniciales. Esas cintas, conocidas en el mundo beatlemaníaco como The Esher Tapes, circularon durante décadas en piratas de dudosa calidad de audio y ahora son el punto neurálgico de la reedición de The Beatles (popularmente conocido como el Álbum Blanco por su portada), que hoy cumple 50 años.

A lo largo de 27 canciones, puede verse cómo Harrison, McCartney, John Lennon y Ringo Starr dan forma a un repertorio que parecía bastante pulido de antemano, incluso antes de entrar al estudio. Ahí está “Back in the USSR”, con un tarareo que luego se convirtió en un solo de guitarra eléctrica, la versión de fogón de “Revolution” y la fragilidad de “Blackbird”. Otras canciones, como “While My Guitar Gently Weeps” y “Glass Onion”, aparecen en un estado embrionario previo a un desarrollo mayor. También hubo lugar para algunas composiciones que los propios Beatles recuperarían luego en sus carreras en solitario, como es el caso de “Junk”, de McCartney; “Circles” y “Not Guilty” de Harrison; y “Child of Nature”, que luego Lennon reformuló con otra letra en “Jealous Guy”.

El segundo valor agregado de la reedición de The Beatles es el disco original en sí. Con una remezcla realizada por Giles Martin (hijo de George, productor histórico de la banda), un repertorio más que conocido cobra una vida nueva a partir de un audio con sentido del presente, sin que eso signifique alterar de manera drástica el original. Todo suena con más cuerpo y una definición más cristalina y, sobre todo, con un sentido más balanceado del estéreo, una gran deuda pendiente respecto al material de estudio de los Beatles por los criterios de época. Gracias al trabajo de Martin hijo, ahora es posible escuchar “My Guitar Gently Weeps” y sentirse en el medio de la sala de grabación, con los instrumentos reacomodados en el espectro sonoro, o sentir cómo el coro y las orquestaciones allá Disney de “Good Night” literalmente envuelven al oyente, auriculares mediante.

Quienes estén en busca de una inmersión aún más profunda, la saga de reediciones del Álbum Blanco incluye un formato llamado Super Deluxe, que ofrece aún más material inédito y está disponible en plataformas de streaming. A lo largo de tres discos, se puede tener un pantallazo lo suficientemente amplio de las sesiones de grabación: desde versiones acústicas hasta pistas instrumentales y zapadas en el estudio realizadas entre tomas. Así es posible ver cómo “Helter Skelter” nació como un blues a paso de gigante con una duración de más de 12 minutos, que poco y nada tiene que ver con el estallido proto metalero con el que terminó siendo conocida. O una versión de “Revolution 1” que pareciera extenderse sin necesidad de ponerle un final a esa descarga. También es posible escuchar completa de “Con You Take Me Back?”, una canción de McCartney que en The Beatles es tan sólo una viñeta perdida al final de “Cry Baby Cry”, de Lennon.

Como parte del reflejo del fugaz estado de gracia que los Fab Four habían recuperado como grupo, aparecen también tomas primigenias de varias canciones que luego encontraron su lugar en singles o álbumes posteriores, como “Lady Madonna”, “Across the Universe” y “Let It Be”. El espíritu completista hace que algunos tracks, con comienzos en falso, bocetos microscópicos y el exceso de covers repartidos en jams por momentos conspire contra la fluidez de la escucha de los discos de material extra. De todos modos, el contenido es lo suficientemente amplio como para tener el cuadro completo y también para paliar la espera hasta 2019, cuando el revisionismo de archivo alcance a las sesiones de Abbey Road.