11/04/2018

Xoel López: “El mundo no necesita canciones, las personas sí”

Pan y sueños de un cantautor cosmopolita.

Xoel Lopez

Si se escucha con auriculares el final de “El asaltante de canciones”, el track que cierra Atlántico (2012), se distinguen dos ruidos de ciudades muy distintas entre sí pero muy importantes para Xoel López: Buenos Aires y La Coruña. “Siempre me interesó ser un puente entre la Argentina y España”, dice sentado en un café de Palermo. “Y ese es un resumen que muestras la dualidad de las dos orillas”.

Ya establecido con su nombre de pila y con el español como el idioma para sus canciones, el cantante antes conocido como Deluxe cerró en 2017 lo que define como una trilogía sobre su propio devenir. Atlántico daba cuenta de su asentamiento en la Argentina, Paramales (2015) la transición entre ambos destinos, y Sueños y pan su regreso definitivo a España. “Este es el cierre; si fuera una película, terminaría aquí”, explica. “Todo lo que venga tal vez se pueda entender como secuelas o precuelas, pero el viaje terminó”.

Pero para que el círculo cierre por completo, López se aventura a pensar una fecha en Buenos Aires para un futuro no muy lejano: “La intención es tocar con banda. Siempre toqué solo acá, y no quiero perderlo, pero me gustaría, después de tantos años, dar un pasito a nivel profesional y tocar con mi banda de España”.

No podés ser tan egocéntrico y tenés que saber que hay otro tipo afuera al que no le interesan tus pajas mentales. Yo quiero contar la síntesis o la conclusión, no toda la historia.

Pan y sueños acentúa esta etapa de instrumentación más colorida, que ya se advierte desde el arte de tapa. ¿Sentís que ampliaste aún más tus horizontes?
Sí, claro, en este disco aparece también la electrónica y los sintetizadores. Toda mi etapa latinoamericana es muy colorida… La explosión con Atlántico, que fue mi primer disco como Xoel López y lo compuse 100% acá en Buenos Aires, fue un momento de mucha libertad. No tengo prejuicios, es como si hubiese salido del armario de los colores y las portadas representan esas libertades; eso se mantiene. No quiere decir que pueda tener una etapa azul como los pintores, sería lindo también. Me crié rodeado de cuadros en casa, en la galería de arte de mi papá, por eso la pintura es una referencia muy directa.

Todas las canciones de este disco llevan por título una sola palabra. ¿Hubo una búsqueda de síntesis ahí?
Fue algo que decidí en un momento que vi que tenía siete canciones que eran así, y dije “Ya, va, que salgan todos, acorto estas tres y ya”. Había sacado un libro hacía poco, sentía que había sido muy verborrágico que había contado mucho y que había que bajar de eso; quise quitarle cantidad de información, aunque simbólicamente, expresar que menos es más… estaba con esa idea.

¿Musicalmente buscaste eso también?
Es algo que pasa con el tiempo, vas tendiendo a lo importante y quitás lo que te sobra. En la vida pasa lo mismo, elegís lo que querés. Fui padre hace tres años y es el contexto de este disco: todo este proceso fue nuevo desde la paternidad, me hizo aprovechar el poco tiempo que tenía, todo suma a la idea. Me doy cuenta cuando lo cuento, no lo había pensado nunca en relación a lo de la paternidad. Si tenés tiempo libre, te colgás y hacés pruebas, y sabés que es al pedo pero lo hacés porque tenés tiempo. Ojo que también es divertido, podés fumar faso y es más dilatado… pero ahora no puedo hacer eso. Por otro lado, hacer música es algo que está adentro; me apetece componer y a vecés lo práctico no te deja volar.

¿Ese equilibrio entre libertad y practicidad existe a la hora de hacer canciones?
Sí, es un equilibrio que me cuesta, nunca es total. Me pregunto qué sería de mis canciones si fuese un heredero multimillonario, porque aunque sea inconscientemente, me afecta el hecho de que no sea rico y que tenga que ganar dinero, estoy convencido de eso. A lo mejor no me permite ser tan experimental, no lo sé. Soy muy popero, es la música que escuché; también escucho otras cosas, pero creo que hay que adaptar tus gustos a algo que sea asequible. A los 15 años íbamos a la sala de ensayo y hacíamos zapadas de tres horas, y entendía que no tenía ningún interés para la gente. No podés ser tan egocéntrico y tenés que saber que hay otro tipo afuera al que no le interesan tus pajas mentales. Yo quiero contar la síntesis o la conclusión, no toda la historia: ahí aparece el pop. Después puedo escuchar a Zappa, pero me sale algo más sintético. Al final, hay algo que a mi me tira, que es la canción.

¿Por qué creés que el mundo todavía necesita canciones?
Creo que, en términos sociológicos, el mundo no necesitan canciones, pero las personas sí. Porque todavía es importante que alguien que te diga algo que tal vez se ha dicho mil veces, pero que te lo diga aquí y ahora. Podés leer una entrevista a Dylan del 66 y es interesante, pero ya no estamos ahí; quizás es mas interesante lo que te dice un tipo de 20 en 2018. Tiene que ver con la actualidad, con el aquí y ahora. Si no, no tendría sentido hacer canciones, porque hay de sobra y muy bonitas.

¿Y cómo manejás la presión tener que “competir” con todas esas canciones?
En parte, sabiendo que es una guerra perdida (risas) y tratando de no competir tanto, de ser humilde y realista. Voy a hacer lo mío, lo que puedo brindar, no sé si es bueno o malo pero es lo mío. Me consuela que si hay una persona a la que le hace bien es una victoria, en sentido poético. A partir de ahí, todo es siempre a más. Si lo conseguís con 10, 15 o 20 personas que se van con una sonrisa, están felices o las hacés pensar… Es lo que busco cuando veo películas o leo: sentir que alguien escribió algo que yo quería leer. Creo que tiene que ver con la soledad, en esta sociedad en la que vivimos… Esta música no me hace sentir menos solo [suena reggaetón en el bar]. Necesito gente que me hable desde otro lugar, parece que ya no se deja espacio para lo íntimo, lo emocional. A veces el arte está para eso.

¿El título del disco refleja también la concreción de un sueño personal e poder vivir de hacer canciones?
Sí, de alguna manera este disco celebra que pueda mirar para atrás, a mis 40 años, y ver que mi sueño se convirtió en mi pan. Vivir de la música hoy es una tarea muy difícil para cualquiera. Lo que quiero decir es que soy músico sí o sí, ganando dinero o no, pero tuve la suerte de cumplirlo. El sueño es ser músico, no tanto ser un profesional, que está muy bien y es mejor, pero lo primario es tenerlo a nivel vital y secundario a nivel profesional. De más joven pensaba que iba a ser algo paralelo, pero no hizo falta, aunque igual me hubiese parecido muy bonito y digno.

¿Es difícil negociar internamente el hacer canciones por necesidad vital y por necesidad económica?
Me lleva mucho esfuerzo y es algo que no sucedió naturalmente en mí, siento que tengo que poner el palo en mi propia rueda: “Ahora más de esto, ahora menos de tal”. Cuando me vine en 2009 a vivir a Buenos Aires lo hice porque necesitaba retomar desde otro lugar y no porque llegué a quemarme, pero sentía que ese camino era malo para mi costado artístico y no negocio esa parte. O hasta cierto punto, porque si estuviera muerto de hambre, bueno, haría lo que sea. ¿Cuánto me va a costar perder lo artístico? ¿Cuán libre podés ser viviendo de la música? Me hago esas preguntas constantemente y estoy en equilibrio constante. Todos lo hacemos, claro; en mi entorno todos hacen lo mismo con sus trabajos, solo quería decir que los músicos no somos menos.