14/05/2019

Turf: “La libertad no existe, es una ilusión”

Los 20 años de un acto de rebeldía que casi se cobra una carrera artística.

Turf

En 1998, Turf tenía todo lo que una banda nueva podía llegar a desear antes del fin de siglo: un álbum debut publicado a través de una multinacional, el reconocimiento en diversos rankings de revistas y suplementos juveniles, el esponsoreo de una marca de jeans y un lugar como teloneros de los Rolling Stones en el estadio de River Plate. Pero así como todo lo que sube tiene que bajar, de un momento a otro la banda se quedó sin nada. “Era la época de la crisis de las compañías discográficas. Nosotros éramos de Universal, que se fusionó con Polygram, entonces quedaron los nuevos que llegaron y a todos los demás nos rajaron a la mierda. Los capos de las compañías se medían la pija y de repente quedamos sueltos”, recuerda el guitarrista Leandro Lopatín.

Sin contrato ni marcas, la banda inició un proceso de autodescubrimiento e introspección, que empezó en unas maratones compositivas en Valeria del Mar y concluyó en el estudio de grabación. Producido por un por entonces debutante Coti Sorokin, Siempre libre fue un giro inesperado en la carrera de Turf: donde antes había rock stone leído con arrogancia britpop, ahora había psicodelia, dub, arreglos coros y cuerdas y una búsqueda conceptual de la que no había existido preaviso. Editado a través del fugaz sello discográfico Musimundo Producciones Discográficas, el álbum tuvo una difusión acorde a la escasa repercusión de su publicación en el mercado.

Casi como un acto de justicia tardía, este año la banda recuperó los derechos del disco para poder lanzarlo en plataformas de streaming en una versión remasterizada. La maniobra cerrará su círculo este sábado en Niceto (Niceto Vega 5510), con un show que celebrará los 20 años de Siempre libre, un disco que Joaquín Levinton describe como “una idea de rebeldía hacia el mainstream”.

 Comercialmente, “Siempre libre” fue un fracaso rotundo. Y así como no quisimos que se nos subiera a la cabeza el éxito del primer disco, tampoco queríamos que se nos subiera el fracaso del segundo.

¿Recuerdan cómo vivieron la transición entre el primer disco de Turf y el segundo?
Leandro: Con el primer disco nos fue bastante bien, ganamos encuestas, giramos por todo el país, tocamos con los Stones, y ese es un poco un clásico o un cliché, que después de tanta exposición uno se guarda para adentro. De ahí viene Siempre libre.
Joaquín: Yo no me acuerdo de Turf antes de Siempre libre. Me da la sensación de que nos transformó en un grupo, porque nos unió. Lo primero fue un grupo que uno quería armar: todo era un deseo de tener una banda, de organizarnos, de armarlo, de juntar a los chicos… Misteriosamente, de eso no me acuerdo mucho, pero no por no tener memoria, sino porque evidentemente no fue tan relevante desde el corazón. Fue una cosa a través de una multinacional, nosotros éramos muy chicos… Había mucha confusión, ganas de querer suceder, pero sin saber cómo estábamos conformados nosotros. Siempre libre relajó eso y nos transformó en algo más sólido, con un interés musical más profundo y con búsquedas conceptuales.

¿Esa búsqueda fue algo planificado o se dio?
Joaquín: Tiene que ver también con la edad y la búsqueda de algo más profundo. Nosotros veníamos de una época mucho más superficial y banal, más de esa fantasía de ser estrella de rock y querer comerse el mundo. Después de eso vino la introspección y buscar un poquito más adentro, por eso también es más interesante el disco. A nosotros nos pasaron y nos pasan todas las cosas muy rápido.

¿Cuáles fueron los primeros pasos después de quedarse sin sello?
Joaquín: Nos echaron de Universal después de haber vendido como 40 mil discos en un contexto en el que los grupos tardaban como diez años en hacerse conocidos, ya eran viejos cuando eso pasaba. Nos daban todo, hasta que un día el tipo que nos apoyaba no estaba más y no nos atendían ni el teléfono. Todo ese éxito que habíamos tenido se redujo a la nada. Terminamos representados por Ohanian que, en una visión de posible buen negocio, porque veníamos de serlo, nos conchabó y nos prometió un contrato. Nadie agarraba viaje y nos llevaron a Musimundo en el pico de su éxito como disquería, entonces se ve que se entusiasmaron y pusieron una discográfica, y nos decían a todo que sí, que pidiésemos lo que quisiéramos. Empezamos a pedir equipos, queríamos arreglar los instrumentos y a todo nos dijeron que sí, pero un día antes de la grabación nos dijeron. “No, al final no podemos darles nada”. Tuvimos que pedirle plata prestada al manager para poder sacar los instrumentos porque el sello se había borrado.

Turf

Eligieron tomarse su tiempo para pensar un disco nuevo.
Joaquín: (El fotógrafo Alejandro) Kuropatwa, a quien conocíamos a través de un amigo en común, nos prestó una quinta en Tortugas. Era un lote muy, muy grande, bien setentoso, se ve que dividido entre cinco familias, con una mansión para cada una, y a fines de los 90 eso se había convertido en una decadencia total. Llegamos, elegimos cada uno su mansión y, como había una pileta olímpica con trampolín, nos pusimos la malla y fuimos al agua. Pero se ve que la altura del trampolín era mucha porque al día siguiente amanecimos todos con otitis, algo un poco grave si te dedicás a la música. Después armamos el estudio para ensayar en una de esas casas y en ese lugar había un teléfono, en la época previa a los celulares. Un día empezó a sonar, y lo atendió Ríspico, el tecladista. Era el dueño, un tipo que ni sabía que nos habían prestado la casa en su nombre. Éramos okupas, así que nos tuvimos que mandar a mudar.
Leandro: Después de ahí nos fuimos a Valeria y estuvo re bueno. Estábamos re hippies, fumando porro todo el día, tirando las ideas que después fueron al disco.
Joaquín: ¿Te acordás de que compramos unas damajuanas de vino gigantes? Era lindo, porque estábamos todos en un living tocando hasta que llegaba al amanecer y uno se dormía. Dejaba de tocar aquel que quedaba dormido, pero dormido de tocar. Caía uno y seguía el resto, y así hasta que quedaba uno solo.

¿Y de qué manera terminaron trabajando con Coti?
Leandro: Nuestro manager de esa época nos dijo “Hay un pibe del interior que la rompe y lo está ayudando a Calamaro a hacer Honestidad brutal”, y ahí nos presentaron. Flasheamos porque el chabón era súper músico, tocaba, producía, escribía arreglos de cuerdas.
Joaquín: Si no aparecía, terminábamos en el Borda.
Leandro: Coti pudo poner en música todas esas ideas. Fue una grabación larguísima, casi se vuelve loco. Escuchábamos King Tubby, Martin Denny, toda una música desopilante, y también Manu Chao, The Beta Band, Say No More, La vida secreta de las plantas, de Stevie Wonder….

¿Cómo se le pudo dar forma a eso?
Leandro: Ya en Buenos Aires, conseguimos una sala fija. Ahí vino Coti, pero hacíamos temas muy locos. De hecho, hace poco los estuve escuchando porque queríamos meter unos outtakes para Spotify, y había una música… una cosa muy barroca, muy loca, increíble. No me acuerdo mucho, pero evidentemente trabajar con Coti… Él estaba en un momento muy pillo, escribía los arreglos y todo. Llevó el disco adelante, fuimos a grabar a un estudio de él y a El Pie, y se fue armando. Fue un disco largo de grabar, fue tremendo. Fuimos a lo de Charly para ver si quería grabar, porque nos amaba. Le mostramos “Esa luz” y le encantó, así que lo grabamos con una portaestudio tirado en la cama. Lo que se escucha al final del tema es él solo tocando “Rhapsody in Blue”, de Gershwin. Salimos de ahí, le llevamos el cassette a Coti y le dijimos “Sumalo”.

No deja de ser raro que eligieron un título que muchos asocian con una marca de toallitas femeninas.
Joaquín: Vale aclarar algo que está tan a la vista que a veces se pasa por alto y es que el “siempre libre” del título es un chiste. Es una broma típica del grupo, que juega con la libertad y la falta de libertad de manera conceptual. Continúa en el CD, en el que el título tiene un signo de pregunta y el disco es plateado para que te reflejes en él. Invita a la reflexión sobre los grados de libertad que uno tiene, porque la libertad no existe, es una ilusión. Lo que sí existen son distintos grados: hay gente que es más libre que otra. Libres-libres no sé ni si son los animales. Capaz, hablando filosóficamente, uno deja de ser libre cuando nace… Pero no hay que volar tan alto, porque no deja de ser una banda de rock. Es una reflexión que nació combinada con los libros que leíamos en ese momento y la edad que teníamos.

¿Qué leían?
Joaquín: Hermann Hesse, Nietzsche, Zaratustra, William Blake…
Leandro: Me acuerdo de estar leyendo La insoportable levedad del ser en Valeria del Mar y cerrarlo para aplaudir diciendo a los gritos “No lo puedo creer”.
Joaquín: Mucha introspección y existencialismo. El disco trae esa pregunta porque se manejaban lindos grados de libertad musical y también humana, desde quedarse sin compañía hasta terminar en una quinta que ni siquiera era nuestra.

¿Cómo fue que ese disco deviene en otro que cortó tres hits?
Joaquín: Comercialmente, Siempre libre fue un fracaso rotundo. Y así como no queríamos que se nos subiera a la cabeza el éxito del primer disco, tampoco quisimos que se nos subiera el fracaso del segundo. Entonces, para empatar esta situación, el show debía continuar. Por eso se llama Turfshow. Turf nunca se repite, ni siquiera dentro de un mismo disco. ¿Entonces qué hicimos? Empezamos con fuegos artificiales, fanfarrias… y de ahí lo demás es historia.

¿Ven este show como una reparación histórica para el disco? En su momento no tuvo mucha repercusión.
Joaquín: Como todo disco conceptual. De parte nuestra tampoco teníamos el deseo de ser mostrados. En el primer disco sí teníamos ganas de suceder.
Leandro: Firmamos con Levi’s, había afiches con nuestra foto… ¿Sabés lo que era aguantar eso? Todo el mundo matándonos y ahora todos se mueren por tener algo así, piden por favor a cambio de nada.

Algo de eso hay en el arte de tapa. Mientras en el primero aparecen sus caras en primer plano, en el segundo se divisan unas siluetas fuera de foco.
Joaquín: Apenas llegó a la sesión, Nora (Lezano, la fotógrafa) quería renunciar.
Leandro: Todos empepados, un desastre.
Joaquín: Llegamos a las nueve de la mañana a este lugar en Tigre. Yo vi un charco de barro, flasheé libertad y me mandé de una, terminé todo lleno de barro en la cara. Nora quería que lo dejásemos para otro día, pero la convencí de que me dejara ir a buscar una canoa para la foto, pero no conseguía porque no había agua en el río, se había secado. Me la terminó prestando un tipo que también se ofreció a hacernos un asado y mientras trozaba las piezas se rebanó un dedo con la cuchilla. La sangre chorreaba por todos lados, era una terrible imagen para ver empepado. Yo estaba con lo de la canoa viendo dónde la metía, porque no había agua. Ellos, pobrecitos, con el tipo con el dedo menos. Fui a avisarles que la había conseguido y estaban todos pálidos, cagados de miedo. Pusimos la canoa sobre el piso y dijimos “ya fue, después le agregamos el agua”. Y así fue.
Leandro: ¿Posta? No me acuerdo.
Joaquín: Claro, no había agua ni los árboles que están adelante. Lo agregamos todo después, es todo artificial. Lo gracioso hubiera sido hacer una foto del backstage, porque hay uno que supuestamente está remando.

En esa época ocurrió también un episodio en el que los echaron de un estudio televisivo en Córdoba después de hacer un playback. ¿Recuerdan algo de eso?
Joaquín: Como dijo Lea antes, nos cagábamos en todo. Es más largo aún: estábamos ahí, hicimos ese tema, terminamos de tocar y nos rajaron. Salimos del estudio, que daba a un patio enorme rodeado por todas las oficinas del canal. No me acuerdo quién de nosotros se puso a patear una pelota que teníamos en la mano y ¡pum! directo a un vidrio… al del director del canal. El manager dijo “Yo no aguanto más, renuncio”, se tomó un remis y se fue. Nos quedamos solos en Córdoba. Todas las cosas que se vivieron en esa época están ligadas a una cosa muy romántica.
Leandro: Pero Turf siempre fue así, incluso desde la música. Nosotros somos de los primeros que empezamos a meter música con caños, colores. El rock en esa época era muy cuadrado, todos vestidos de negro. Nosotros éramos un disparate.
Joaquín: Existe esa idea de que cuando tenés una banda de rock, tenés que salir a romper todo y putearlos a todos. No, no sos político, no tiene importancia. Estás jodiendo, estás divirtiéndote. No tenemos prejuicios. Yo no creo que seamos una banda de rock, pero tampoco somos algo del todo pop. Somos un conjunto de delirantes que hacemos una música bastante desopilante, con influencias del cine de comedia: Peter Sellers, Mel Brooks y los Monty Python. De hecho, tenemos un video inspirado en eso. Nuestra canción busca siempre sacar una sonrisa, tener un buen ritmo… Turf es un excelente grupo de canción. Si hay algo que reivindica, es la canción. La música rara nos cuesta un poco más.