01/08/2019

The Head and the Heart: “Cada generación necesita una crisis como esta para unirse contra el odio”

Del open mic a decirse verdades en público.

Gentileza
The Head and the Heart

La historia de The Head and the Heart se justifica a partir de una sucesión de casualidades. Cinco desconocidos provenientes de distintos rincones de Estados Unidos confluyeron por misma cantidad de motivos en Seattle, primero, y en un ciclo de open mic después. Así, en la capital mundial del grunge, la unión inesperada de fuerzas tomó forma de un quinteto folk que disco tras disco pasó del revisionismo purista (hola, Costa Oeste en los 60) a darle a sus canciones una lectura más anclada en el presente.

Y si el salto del primer álbum al segundo fue notable, las cosas se pusieron aún más intensas en el paso siguiente. Con Signs of Light (2016), The Head and the Heart no sólo firmó contrato con una multinacional, sino que también pasó a ocupar lugares destacados en grillas de festivales (entre ellos, en el que se hizo para celebrar los 50 años de Monterey Pop, para envidia de Woodstock), y sus canciones pasaron por late night shows y producciones originales de distintas señales de cable. Pero el éxito no viene gratis: en el medio de esa vorágine, el grupo perdió al guitarrista y cantante Josiah Johnson, que decidió dar un paso al costado para tratar sus adicciones. 

Esa sucesión de altibajos emocionales está presente en Living Mirage, su cuarto disco. Después de una serie de tormentas personales, la banda tuvo que reacomodar varias cosas para volver a hacer funcionar su propia maquinaria. “Nos fuimos de Seattle al desierto de Joshua Tree y eso fue una gran parte del disco. Cuando llegamos allá para escribir canciones, no estábamos conectando como amigos. Tuvimos que empezar a reencontrarnos a nosotros mismos después de diez años de estar en una banda juntos”, explica el baterista Tyler Williams. Quizá como consecuencia de ese proceso, en el disco The Head and the Heart alcanza una dimensión épica, más cerca de los estadios pero sin perder la sensibilidad. 

Vimos cómo nuestra amistad se había fracturado y tratamos de pensar en una manera para arreglar eso y convertirlo en canciones.

¿Cuáles fueron las cosas que tuvieron que reformular para poder seguir adelante?
Después de tanto tiempo de estar con alguien, construís en tu cabeza una idea de cómo es esa persona. Aún si luego cambia, todavía la pensás a como era diez años antes, porque sigue haciendo lo mismo y también molestándote de la misma manera. Pudimos darnos cuenta de que todos crecimos de manera individual, así que tuvimos que reconectar de algún modo, y recién a partir de ahí empezar a escribir canciones (se ríe). Creo que, cuando estás metido ahí dentro de ese estudio, el desierto es un lienzo en blanco. Se siente como que sos libre de romper la caja en la que estás metido y salirte con algo nuevo que no hiciste nunca antes.

Al momento de publicar este disco, dijeron que quisieron dejar de lado las reglas que los ayudaron a darle forma a los trabajos anteriores. ¿Crearon algunas nuevas?
Creo que está todo en el título del disco (“Espejo viviente”, en español). Lo elegimos por la idea de que en tu viaje personal tenés todos estos obstáculos que vos mismo podés poner en tu camino, ya sea por temas de salud mental, estar agotado o lo que sea. Con el tiempo, te das cuenta de que en realidad esos obstáculos no existen, los inventaste en tu cabeza. Trabajamos de la misma manera: lo hicimos desde donde creemos que The Head and the Heart es, y para lograr eso tuvimos que romper nuestras propias barreras y darle forma a un nuevo sonido. Aún si decidíamos usar un violín en este disco, lo tratábamos de una manera distinta, y lo hacíamos sonar como un teclado o algo por el estilo. Usamos un sample de las voces de Charity (Rose Thielen, cantante y violinista) y lo alteramos tanto hasta llegar a un punto en el que no te das cuenta de que es algo de su voz. Queríamos experimentar un poco más en el estudio y romper un poco las reglas del folk rock como género. Queríamos sacudirlo un poco y decir “Ey, también sabemos hacer estas otras cosas, no somos sólo eso en lo que nos categorizan ustedes”. 

¿Tenían miedo de quedar etiquetados sólo como una banda de folk?
Creo que siempre tratamos de demostrarnos eso a nosotros mismos. Viene de la idea de que podemos ser lo que queramos, porque somos un grupo de seres humanos con un rango de emociones e ideas completamente variados, y cada vez que hacemos algo, no deja de ser The Head and the Heart, porque somos nosotros quienes estamos haciéndolo. Sale de nuestras propias experiencias y emociones, y nuestra música es bastante autobiográfica, así que creo que cada vez que hacemos algo nuevo, por más que sea distinto, no deja de tener el corazón de la banda, más allá del juego de palabras (se ríe). En este disco aprendimos a dejar de lado nuestros miedos acerca de cómo iba ser recibido algo así y fuimos simplemente nosotros. Queríamos ver qué pasaba cuando dejábamos que nuestra creatividad fuese adonde quisiera y estamos muy orgullosos del resultado final.

Signs of Light, el disco anterior, fue un salto abrupto del indie a la masividad. ¿Estaban preparados para ese tipo de exposición?
Siempre hay un poco de presión en estas cosas y creo que un poco es autoinfligida. Cuando tenés un momento de tanta exposición como ese, puede llegar a ser bastante terrorífico y terminás preguntándote cómo hacés para dar el próximo paso. Mucha de esa presión terminó siendo de nosotros mismos, porque se ve que hicimos una obra que resonó en mucha gente, y queríamos saber cómo volver a conectar entre nosotros de un modo sincero para poder hacer eso de nuevo. Nunca sentimos presión de nuestro sello ni nada por el estilo, sino que nos preocupamos mucho por hacer música que nos importe demasiado.

Una de las canciones de este disco se llama “People Need a Melody”. ¿Hay algún mensaje puntual en ese título?
Creo que Jonathan (Russell, cantante y guitarrista) escribió eso para una persona en particular, pero una vez que la vio con el cuadro ya completo, era algo bastante metafórico para toda la humanidad. Hay muchas divisiones en el mundo en general y en Estados Unidos en particular, es demencial, así que es una manera de llamar a integrarnos. La música cura, somos todo parte de lo mismo y estamos en esta juntos. Compartimos emociones y miedos, así que deberíamos poder dejar de lado tanta mierda para poder convivir en este planeta de una manera pacífica (se ríe). 

Bueno, cuando asumió Trump dijeron que la música iba a tener un peso más importante…
Creo que se volvió más significativa para nosotros, al menos. El mensaje que estamos tratando de ponerle a nuestra música es el de unidad y amor, como hizo Bob Marley en su tiempo. Creo que cada generación necesita una crisis como esta para unirse contra ese tipo de odio. No sé si toda la música se transformó en eso: el pop se convirtió en algo muy triste, pero nosotros tratamos de transmitir un mensaje positivo para alcanzar a más gente, y también para decirles que esta mierda se puso bastante espesa (se ríe) y merecemos algo mejor.

Muchas canciones del disco lidian con el hecho de tener que afrontar una verdad incómoda. ¿Es un mensaje hacia adentro o hacia afuera de la banda?
Muchas de esas verdades tenían que ver con nosotros mirándonos a nosotros mismos. Vimos cómo nuestra amistad se había fracturado, y tratamos de pensar en una manera para arreglar eso y convertirlo en canciones. Escucho los versos de Charity en “Honey Bee” y creo que están apuntando a John, y seguramente él lo hizo en alguna otra canción… Mientras lo escribíamos no nos dábamos cuenta, pero una vez que lo terminamos, vimos que era una buena analogía de “esta es una banda fracturada, al igual que este mundo en mismas condiciones”. Escribimos canciones para nosotros mismos, pero pueden aplicarse a un nivel mayor. 

¿Y cómo se siente que esas canciones en las que se están hablando de uno a otro terminen convirtiéndose en hits?
Es la manera en la que se supone que tiene que ser la música. Ninguno de nosotros se lo tomó como algo personal, por más que esos sentimientos fueran bastante ásperos y quizás algo incómodos. Pero, al mismo tiempo, escribir sobre eso alivianó bastante las cosas. Fue como ir a terapia, y que fuéramos muchos hablando de lo mismo hizo que fuera como terapia grupal. Estamos en esta juntos. 

A pesar de que casi ningún integrante de la banda es de ahí, The Head and the Heart se formó en Seattle. ¿Cómo influyó la ciudad en su obra?
Obviamente fuimos influidos por Nirvana y Pearl Jam, Soundgarden y todas esas bandas de Sub Pop, es difícil no serlo estando acá. Pero también tomamos mucho de Fleet Foxes y somos muy fans de Band of Horses y The Shins, las bandas del cambio de milenio con las que conectamos más. Fueron años muy formativos para nosotros y supongo que el clima de Seattle es una influencia enorme en la música de acá. Estás encerrado durante muchísimo tiempo en el invierno y durante nueve meses casi que no podés salir de tu casa, a menos que quieras mojarte o cagarte de frío. Es una ciudad bastante nublada y oscura, así que hay muchos temas relacionados con la salud mental y el clima, pero es un lugar en el que la gente se expresa con mucha honestidad, porque necesita buscar ayuda durante ese largo invierno.