17/06/2017

Ride: "No nos sentíamos parte de ninguna escena"

Andy Bell y el regreso al shoegaze veinte años después.

Andrew Ogilvy / Gentileza
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La historia de Ride es un buen ejemplo de cómo la sobrevida de una banda tiene los días contados cuando el marco contextual que la engloba pierde poder y relevancia. Nacido en Oxford en la segunda mitad de los 80, el grupo liderado por Mark Gardener y Andy Bell (no, no el de Erasure) fue parte de la escena shoegaze, una camada de artistas que encontraban el punto de inflexión entre el ruido más extremo y las melodías etéreas. Con sus primeros EP y su álbum debut, el crucial Nowhere (1990), Ride consiguió liderar el triunvirato del género junto a My Bloody Valentine y Slowdive, en lo que podría ser visto como la relectura británica del caos sónico que del otro lado del océano representaban bandas como Dinosaur Jr, Pixies y Sonic Youth.

Pero todo lo que sube tiene que bajar. Después del éxito en 1991 de Going Blank Again, su segundo álbum, de a poco Ride comenzó a perder terreno mientras el shoegaze hacía su lenta retirada en los albores del britpop. En un intento por sintonizar con los vientos de cambio, su tercer disco transitó rumbos rockeros más convencionales con resultados no del todo favorables, y las cosas no tardaron en llegar a un fin. Para cuando publicó Tarantula, su último álbum en 1996, la banda ya estaba separada. De hecho, las tensiones eran tan notables entre Bell y Gardener, que ninguno participó en las canciones del otro al momento de grabarlas, o a lo sumo lo hicieron por separado.

Desde entonces, sus integrantes transitaron sendas distintas. El baterista Loz Colbert fue parte de The Jesus and Mary Chain y músico en vivo del ex Supergrass Gaz Coombes; el bajista Steve Queralt se retiró de la actividad; Gardener formó una banda efímera y luego se probó en solitario y, tras un intento de sintonizar con el britpop con Hurricane #1, Bell se sumó a Oasis como bajista y luego volvió a las seis cuerdas en Beady Eye. De hecho, la separación de la banda liderada por el Gallagher menor permitió lo impensado: en 2015, Ride volvió a los escenarios con una gira que incluso colocó al cuarteto como cabeza de cartel en festivales a ambos márgenes del Atlántico.

Y si pensar en una reunión de la banda después de su fin era impensado, imaginar un nuevo trabajo de estudio parecía igual de improbable. “No me esperaba un disco de Ride y si me lo hubieras dicho hace un par de años, no te habría creído", dice Bell sobre Weather Diaries, que se publicó hoy. "Pero estoy feliz, creo que hicimos algo que se lleva bien con nuestros primeros trabajos”. La descripción es certera: su quinto álbum puede leerse como una continuación lógica de Going Blank Again hecha 25 años después. A sus paisajes sonoros de fábrica (“Lannoy Point”, “Home Is A Feeling”) se suman tintes de neopsicodelia (“All I Want”) y chispazos guitarreros anti Brexit (“Charm Assault”), o la prueba de que hasta el género más etéreo de todos también necesitaba politizarse en tiempos convulsos.

La escena alternativa independiente sigue creciendo a través del paso de los años y nunca fue mierda, siempre fue interesante.

Las cosas no habían terminado de la mejor manera para Ride. ¿Hacer este disco fue una manera de darle un mejor desenlace?
Sí, estoy muy feliz de haber retomado las cosas y no dejar que Tarantula fuera la última página de nuestra historia. Hicimos las cosas de una mala manera y lo que le pasó a la banda fue bastante genuino. Fue muy explosivo, cinco años después del primer single nos habíamos desintegrado, pero en todo ese tiempo habíamos hecho cuatro álbumes, y un montón de EPs y giras mundiales. Tuvimos altos y bajos, grandes momentos y peleas fuertes, y es muy difícil vivir eso siendo tan jóvenes, porque cuando todo terminó todos teníamos apenas veintipico.

Weather Diaries se ubica de una manera extraña en su discografía. Por un lado, se planta en el sonido de la mitad de su carrera, pero al mismo tiempo le busca una actualización al presente.
Sí, es interesante escuchar opiniones ajenas porque no sé a qué suena, en realidad. Tratamos de recuperar nuestra esencia, cuando todavía no teníamos ningún disco publicado. Creo que dos discos después, todavía disfrutábamos bastante estar dentro de un estudio, y tratamos de volver a ese punto y continuarlo. La otra manera en la que lo pensamos fue imaginar que en todo este tiempo habíamos seguido sacando discos, por lo que este vendría a ser el vigesimoquinto y ahora tenemos que hacer el otro (se ríe). Esa fue la otra técnica que intentamos explotar.

De hecho, dejaron pasar bastante tiempo entre que se reunieron para tocar y grabaron el disco.
Cuando empezamos la gira, no sabíamos que queríamos grabar. Sólo queríamos salir de gira y tocar nuestras canciones de nuevo, e inclusive hasta la mitad del tour no lo teníamos en claro. De a poco empezamos a sentir que teníamos buenas ideas mientras zapábamos, tocábamos bien juntos y vimos que había un futuro para eso. Ir desde ese punto hasta hacer un disco no toma una semana o dos, es algo que consume tiempo. Terminamos el tour, nos tomamos un tiempo para estar con nuestras familias, y empezamos a escribir canciones y a retomar ideas para empezar a convertirlas en temas de verdad. En el medio de eso, nos ofrecieron tocar con The Cure en un festival grande en la isla de Wight, y decidimos probar algunas de las canciones nuevas justo antes de entrar al estudio. El tiempo corre rápido y la vida se mete en el camino, sobre todo cuando tenés hijos chicos, familia y esas cosas, y estuviste un año de gira. Cuando decís que fueron dos años parece un montón de tiempo, pero cuando lo pienso desde mi lugar, veo que estuvimos trabajando en esto hace rato. Para la próxima va a tomar menos, espero.

Varias bandas claves de tu camada, como My Bloody Valentine y The Stone Roses también se juntaron en el último tiempo después de décadas de sus separaciones. ¿Esas reuniones fueron algún tipo de influencia para ustedes?
Te voy a contar algo. Fui a ver a My Bloody Valentine en Londres junto a mi mujer, una noche para nosotros dos, sin nuestros hijos. Llegué y cuando fui a sentarme, vi a las personas que estaban ubicadas al lado nuestro... ¿y quiénes eran sino los otros tres chabones de Ride (se ríe)? Evidentemente, alguien estaba tratando de juntarnos y eso generó rumores, pero en ese momento no hablábamos nada de esto. Pero sí, verlos a ellos hacerlos hacer lo suyo tan bien fue un punto de partida. Muchas de mis bandas favoritas se juntaron. The La’s también lo hizo y estuvo muy bien. Todos suenan en vivo mucho mejor ahora que antes y eso que los vi dar shows increíbles en las viejas épocas. Lo que recuerdo de los shows de My Bloody Valentine en los principios de los 90 era dolor, dolor físico real (se ríe). Eso era bueno en cierto punto, pero también me gustó poder verlos de otra forma.

Estuviste alejado dos décadas de la escena alternativa. ¿Cómo creés que cambió en todo este tiempo?
Pasó demasiado. Veinte años es un montón para la música, especialmente para la alternativa. Hace un par de años tuve que escribir una lista sobre los diez discos que me cambiaron la vida y fue un ejercicio bastante cool que me tomó bastante tiempo, porque tuve que escarbar en mi colección y elegir los indicados. Cuando terminé, me di cuenta de cuánta música nueva que uno ama se publica cada año. La escena alternativa independiente sigue creciendo a través del paso de los años y nunca fue mierda, siempre fue interesante. El foco a veces se posa sobre bandas grandes, lo que significa que hay muchas otras bandas buenas que no son conocidas en el momento, sólo después, y es algo que sigue pasando.

¿Qué te dio esta versión de Ride que no obtuviste en su momento?
Hay muchas cosas tecnológicas, en un nivel bastante aburrido. Nunca podíamos escucharnos en vivo, sonábamos bastante fuerte y no había manera de oírnos. Ahora un recital puede sentirse de mucha mejor manera y eso hace que queramos estar más tiempo en el escenario porque lo disfrutamos más. También cambiaron bastante los pedales y esas cosas. Si alguien en los 90 me hubiera preguntado qué efecto me hubiera gustado tener hubiera sido alguno que pase la guitarra al revés, y ahora es algo muy fácil de obtener y lo podés hacer en tiempo real. El resto es bastante parecido a antes: nuestra crew de escenario es la misma que hace veinte años y ahora también estamos con la misma gente que publicaba nuestros discos.

El pico de popularidad de Ride se dio en el apogeo de la escena shoegaze. ¿Pensás que de algún modo el britpop los “mató” como banda?
No necesariamente, porque la historia de Ride es bastante interna. Éramos independientes de lo que pasaba en Londres, estábamos en nuestro pequeño mundo, que era casi como una habitación con nosotros cuatro y nadie más. Grabábamos discos, íbamos a ver a nuestro manager y él nos decía “llévenlo al sello”. No nos sentíamos parte de ninguna escena, ni siquiera del shoegaze, al menos en ese momento. Nowhere es el único disco que podés decir que es de shoegaze. Si le sacás algunas cosas, Going Blank Again suena como un disco de pop con guitarras, y los últimos son más rock and roll de la costa oeste. Seguimos nuestro camino y, para el momento en el que terminamos de tocar, nos habíamos agotado. No podíamos encontrar un camino para salir de ahí, y si nos hubiéramos tomado un par de años y hubiéramos escuchado la música que andaba dando vueltas en la segunda mitad de los 90, quizá podríamos haber tomado influencias de esos artistas para seguir adelante, como hizo Radiohead con la electrónica. Ese es el camino en el que pienso en una suerte de realidad virtual o universo paralelo en el que podrían haber seguido las cosas.