13/09/2017

Richard Coleman: “No podía supeditar mis ideas al formato de banda”

Cómo hacer para que lo d-i-f-í-c-i-l termine siendo f-á-c-i-l.

Richard Coleman

Desde que comenzó su carrera solista en 2011 con Siberia Country Club, Richard Coleman emprendió un lento peregrinaje en el camino a desprenderse del mote de embajador local del imperio de las tinieblas. Y si bien en sus primeros trabajos en solitario puede percibirse una línea de continuidad con la obra de Los 7 Delfines, lo cierto es que lo hizo desde un abordaje con un sonido más clásico y guitarrero, sin los ribetes oscuros que caracterizaron a la banda que timoneó entre 1991 y 2008.

Después de repasar sus tres décadas de carrera con un disco en vivo, Coleman empezó a trabajar en las canciones de su tercer álbum de estudio con un perfil más luminoso. Con un balance de fuerzas entre groove y opresión, el flamante F – A – C – I – L linkea con otro momento de su trayectoria: su pasado al frente de Fricción en los 80. “Retomé eso porque lo dejé incompleto y lo sentía presente”, explica el cantante y guitarrista. “Empecé a escribir, y compuse dos o tres temas casi al hilo. Con esas tres canciones se me abrió un universo de imágenes y lugares que podía visitar y describir, e hicieron todo muy llevadero”, dice antes de la presentación del disco por partida doble, este viernes y sábado en La Trastienda.

“Una de las grandes cosas que aprendí de David Bowie es el derecho que tiene uno a contradecirse a cada hora.”

¿Y cómo convertiste esa primera tanda de canciones en el eje del disco?
Lo del groove tiene que ver con algo que recuperé, algo necesario para mí: tenía ganas de disfrutar la música de esa manera. Salió como un concepto general partir de eso, pero llegué ahí un poco por casualidad o por una cantidad de obstáculos que tuve en la medida que lo fui desarrollando. Me senté a componer en 2014, pero me propusieron hacer el homenaje a Gustavo en el Planetario, que fue en 2015, y eso me ocupó todo, no me dio la cabeza. Quedé palmado porque fueron seis meses largos, y en julio de 2015 ya me senté a trabajar con músicas que quería desarrollar. Empecé a bajarlas a tierra y la primera parte de composición del disco fue la de canciones con un lenguaje que venía manejando con Incandescente. Trabajé mucho, pero nada me satisfizo, no salía de la zona de confort. Me fui de vacaciones y se me cerró otro concepto que había postergado, que era el de retomar la composición de temas a partir del groove, un buen riff de bajo o un pulso de batería. Armaba temas a partir de secuencias, no con un desarrollo tan lineal. Verás por qué le terminé poniendo F – A – C – I – L, , porque me fui metiendo en un moño…

Sin embargo, terminaste dando con tu disco más directo. ¿Sentías la necesidad de no enredarte en la complejidad?
Son diferentes etapas, diferentes búsquedas. De todo lo que hice, no me arrepiento de nada,  porque todo va hacia cierto lugar. La búsqueda del disco fue esa y fue clara desde el principio, porque en realidad los diferentes niveles de lectura están, lo que pasa es que están de otra manera. Quería darle otra presión distinta o menos presión, esperar un poco menos del receptor. Que no lo tenga que terminar todo el otro y dejar que las cosas sigan su rumbo. Una vez que está todo ahí, el que lo agarra, lo agarra, y el que no, por lo menos que se divierta.

Grabaste el disco con Juan Blas Caballero, un productor del pop mainstream ajeno a la cultura rockera. ¿A qué respondió eso?
Me tenté por dos razones. En 2012 me llamó porque estaba trabajando en el demo de unos chicos que eran admiradores de mi faceta de los 80 y le habían quemado el bocho con que querían sonar como Fricción. Él es de otra generación y no lo tenía tan claro eso, pero como es muy pragmático nos contactó a Samalea y a mí. Me propuso hacer unas sesiones y fui a ver qué onda. Los temas estaban bien, pero lo que más me gustó fue el trato de él para obtener lo que necesitaba imprimir como productor. Me dejó hacer lo mío y lo orientó hacia lo que él estaba buscando. Después me contó que además le gustaba mucho remixar, es medio DJ de la vieja escuela, entonces le propuse hacer un remix de un tema que hice de PJ Harvey en A Song Is a Song. Le mandé el multitrack y lo que hizo me encantó, entonces vi que había un intercambio interesante.

Tenés bastante experiencia acumulada ya. ¿Sentís que tenés que delegar la producción a un tercero?
Aprendo mucho, me gusta aprender todo el tiempo y soy muy exigente conmigo, pero no me alcanza. Necesito una vista de afuera porque a veces uno se da con un caño en el lugar equivocado. Por ahí terminás matando algo valioso y desconcentrás la belleza en una música que por ahí no transmite tanto. Para poder trabajar así, primero tengo que tenerla clara yo y a partir de ahí vamos viendo. Y también tengo que tener la confianza para que, al momento en que le paso la pelota, el tipo no me esté preguntando todo el tiempo qué me parece. Se aprende mucho, porque no son solo observaciones técnicas, sino también sobre uno mismo, y me ayuda mucho también sobre mi autocrítica.

En los créditos del disco hay una dedicatoria a Bowie. ¿A qué se debe?
Desde el primer disco de Fricción me gusta poner en los agradecimientos a algún artista, escritor o algo que me fuera acompañando. Le agradezco al productor, a la discográfica, a mi mamá, a mi perro y a William Burroughs. Lo pongo porque me hace bien, es tirar una onda, una punta para que alguien lo lea y diga “qué será”. Incandescente se lo agradecí a Tesla, a Steve Jobs y creo que lo metí a Burroughs de vuelta porque hacía mucho que no le agradecía nada. Acá estaba agradeciendo formalmente, y pensé en ponerlo a Bowie, porque en varios momentos del proceso de producción recurrí a él, pero al final preferí dedicárselo. Se murió y lo lloré mucho el día en que falleció, nunca había tenido una pérdida de ese tipo, porque uno llora a un amigo o un familiar, pero fue devastador ese día. Fue un día durísimo para mí, el tipo es el único artista que me acompañó toda la vida. Lo escuché por primera vez a los 14 años y ahora tengo 54, imaginate….

No hay muchas dudas de que ha sido una influencia en tu vida.
Cuarenta años mirando el mismo faro, es como que te tiren abajo el Obelisco… ¿Qué hacés? Se lo dediqué a su memoria, porque sentí que era el momento de hacerlo. Después, el que escuche y vea lo que le parezca… Estoy muy tranquilo con eso. Algunos asocian momentos del disco con la obra de Bowie y me encanta, porque estoy completamente seguro de que esa referencia es más emotiva que real. Te hace acordar a algo como vos creés que te pegó, pero musicalmente no es así. Uno me dijo que “F – A C – I – L” era como “Young Americans”, otro como “Let’s Dance”, pero vos ponés cualquiera de esos temas y decís “¿qué fue lo que escuchó?”. Alguien me dijo que “Desechos cósmicos” le hacía acordar a “Space Oddity” y no tiene nada que ver, pero está buenísimo porque son obras mayores. Menos mal que le hace acordar a eso y no a “Despacito” (risas).

Antes hablabas de que con este disco querías volver sobre tu pasado. Eso se hace más evidente en “Días futuros”, en la que canta Andrés Calamaro.
La culpa la tiene Juan Blas; se le ocurrió y fue fantástico. Estábamos grabando en el estudio, y entre toma y toma me dice “Che, te quería comentar algo, puede ser una locura total, tomalo como quieras… pero en este tema en un momento me sonó la voz de Andrés. ¿Te animás a que cante un poco?”

¿Sabía que habías grabado con él en Vida cruel en el 85?
¡No! Juan Blas es genial. Yo le tiraba referencias,  él me decía a todo que sí y después las googleaba para ver de qué le estaba hablando. Le amplié el background y él me abrió mucho el juego a mí. Nos divertimos mucho y eso es genial. Cualquier cosa que decía le parecía una locura, pero se trataba de eso, de buscarle la locura a la cosa. Volví a leer la letra y empecé a pensar qué partes le podían hacer honor a Andrés, y Juan habló con él. Después me llamó, hablamos y estaba encantado. Él lo grabó en Madrid porque estaba allá y me mandó mucho más de lo que le pedí. Yo le había pedido dos estrofas y me mandó como seis voces de todo el tema. Amalgamaron muy bien las voces, incluso hay varios unísonos que quedaron súper bien, estoy muy contento.

Poco antes de que se separaran Los 7 Delfines descartabas una carrera solista. ¿Qué pasó?
Obvio. ¿Qué pasó? Soy un artista y una de las grandes cosas que aprendí de David Bowie es el derecho que tiene uno a contradecirse a cada hora (se ríe). La historia es larga. Hice el primer disco de Fricción, a los tres meses la discográfica me propuso hacer un disco solista y le dije que no. Después, con el segundo disco pasó lo mismo. A cada rato aparecía uno y yo siempre trabajé en banda porque me gusta, creo en el trabajo en equipo. Siempre fui un armador de equipos, pero llegó un momento en que necesité otro tipo de cosas, y necesitaba la libertad para que cada canción fuera un universo. No podía supeditar cada una al formato de banda, necesité abrir el juego. Si había una canción en la que tocaba todo yo porque había salido así, quedaba así; y si aparece una que es con flauta y ukelele, voy a llamar a los mejores músicos que pueda por la canción, porque eso me va a hacer sentir bien. Con los Delfines sentí que tenía que abrir mi juego a nivel compositivo y de arreglo, porque quería hacer más música, y la banda llegó a un punto de tener una personalidad sonora tan fuerte que no permitía una variante. Por eso ahora trato de que eso sea así en cada disco, que sea una unidad y que cada uno tenga su personalidad. Es una necesidad artística que nunca había tenido antes.

¿Y cómo te sienta ser el único responsable?
Me venía haciendo mucha mala sangre, porque terminaba haciendo eso de una manera tácita. Uno se hincha las pelotas de que se tiene que hacer cargo de todo, pero es así, porque tenés que estar en todo, pero voy delegando a conciencia. Si te delego algo a vos, vos hacés las cosas, y si no hacés lo que habíamos acordado, hablo con vos, no es que es todo un quilombo. Ahora me tengo que ir a tocar a San Juan, y no da el presupuesto para un aéreo para toda la banda, asistentes y backline, pero yo no puedo perder el contacto con el público, y menos a esta altura del siglo, donde el contacto cara a cara es tan excepcional. Hace poco estuve en Jujuy, fui a dar una charla en Tecnópolis y tenía que tocar dos temas. Llevé dos guitarras para eso, para ofrecer dos cosas distintas y hacer algo memorable, porque no sé cuándo voy a volver. Salió mejor de lo que pensaba y me saqué 40 fotos, y a cada uno le di un beso y le di la mano. Para eso fui, para charlar, tocar un poco y estar con ellos. Lo dan por hecho, pero no es así. Y si hubiera tenido que esperar a ir con la banda, me tengo que quedar con los likes, no puede ser. Eso me está pasando ahora: como solista tengo la libertad de decidir y de mandarme, y tengo más acceso a la gente.