29/08/2017

Natalia Lafourcade: "Quería hacer un disco que sonara hogareño"

La cantante mexicana se deja inspirar por sus musas.

Natalia Lafourcade es, entre muchas cosas, una pequeña gigante. En su cuerpo de metro sesenta y tantos, la joven de 32 años que abrió las puertas del mercado discográfico con el hit "En el 2000" guarda una personalidad fuerte, capaz de alejarse de los cánones del pop-rock y navegar entre distintos géneros con éxito. Una personalidad que -con la intención de revisitar la obra de artistas icónicos de la canción latinoamericana- la llevó a plantarse sola, sentada en el piano, frente a las 10.000 personas que colmaron el Auditorio Nacional de la ciudad de México para cantar "Amor de mis amores", el clásico de Agustín Lara.

Su visita a la Argentina revela el éxito de esa apuesta, con entradas agotadas en Buenos Aires -con dos fechas en La Trastienda y una tercera con entrada gratis, esta noche en el CCK-, Córdoba, Rosario, Mendoza y Mar del Plata. Su último paso por nuestro país, en un festival al aire libre dedicado a la mujer, significó una lección sobre cómo resolver problemas bajo presión. "Fue en la mitad de un tour de 18 fechas en un mes. Llegué al aeropuerto y fui directamente al venue, ni pasé por el hotel. Allí nos informaron que todos nuestros instrumentos habían sido retenidos. No teníamos con qué tocar, no teníamos nada. Entonces había dos opciones: o cancelar el show o tomar instrumentos prestados de otra banda. Y así fue como hicimos el show, con lo que nos prestaron", recuerda, sentada en una mesa del comedor del edificio de su sello. "A última hora recuperamos nuestra computadora y parte de las secuencias que traíamos, pero como que nos inventamos un show. Lo hicimos de esa manera, pero creo que estuvo padre. La gente estaba contenta".

"No quería expectativas, porque venía de un disco que había generado muchas cosas y no quería que me pidan algo que supere a Hasta la raíz. Te digo, este año me imaginaba en la playa"

Aquél show fue un repaso por tu carrera, con foco en Hasta la raíz. ¿Esta gira mantiene esa intención o está más enfocado en tu último disco, Musas?
Es un poco de todo. Hasta la raiz, Mujer divina, temas muy viejitos, y Musas.

¿Cuánto costó adaptar las canciones de Musas, grabadas con Los Macorinos, el dúo que acompañaba a Chavela Vargas, al formato tradicional de banda en vivo?
Musas se me salió un poco del control que llevaba. Superó mis expectativas. Me imaginaba en este año realmente descansando, y empecé a hacer este proyecto con la necesidad de encontrarme con la bohemia, con mi casa, y volver a conectar con la música que me gusta. Cuando la disquera me dijo “el disco está increíble”, se empezaron a activar los tours otra vez, las fechas, toda la máquina. “¿Creías que te ibas a bajar? ¡Pues no! Vamos a seguir". Por eso hemos adaptado el concepto de Musas a la banda, y sorprendentemente es increíble. Una cosa súper acústica e íntima con todo el grupo... un tono interesante, y estamos muy contentos.

Desde Mujer divina, el álbum homenaje a Agustín Lara, se mantuvo el esquema de unir un disco de canciones propias con uno que abre el juego a otros artistas. ¿Tu intención es seguir con ese ritmo?
Siempre va de la mano de mi necesidad. Con Musas tenía ganas de juntarme con Los Macorinos, quería hacer un disco acústico, íntimo, que sonara hogareño, como si estuviéramos tocando en la sala de tu casa. Pero esa era una cosa que quería hacer. A todo el mundo le decía “no le digan a nadie” porque no quería expectativas, porque venía de un disco que había generado muchas cosas y no quería que me pidan algo que supere a Hasta la raíz. Te digo, este año me imaginaba en la playa, comiendo camarón y tomando mi chalada y coco. No imaginaba así lo otro. Entonces iba muy de la mano con mi necesidad de probar algo distinto.

De indagar en el folklore.
Sí, de explorarlo un poco, y digo "un poco" porque siento que lo hago en la superficie, que no estoy yendo al fondo. El folklore es muy profundo y tiene cientos de ramas y ritmos y géneros, músicas de todos lugares. Mientras más lo investigás ves lo increíble que es, lo extenso que puede llegar a ser. Para mí era como un coqueteo: ver cómo suena si le pongo una gotita del joropo venezolano o una gotita de son jarocho, o qué pasa si pongo una gotita que suene a ranchera. Siempre era así la búsqueda, pero me he dado cuenta que eso me ha ayudado a enriquecer mucho mi música y mis letras. Y mi interpretación también. Entonces, pues, al menos es algo que me gusta explorar y con lo que jugar.

¿Te generó cierto "pánico escénico" intercalar canciones propias con las de artistas míticos, como Violeta Parra?
Realmente traté de no poner algo tan angustiante en mi panorama. O sea, sí pensaba de a momentos “espero que la música que estoy haciendo pueda encontrar su lugar con los otros temas”. Y realmente componía pensando en Los Macorinos y que ellos las pudieran tocar. Quería cantarle a México, a Veracruz, a Rocío [por la bailarina mexicana Rocío Sagaón] y a todas aquellas cosas que me mueven, conmueven y que me inquietan. Quería escribir para todo aquello, tratar de encontrar el punto medio sin poner demasiada presión de “mi canción se va a quedar chiquitita”. También confiaba mucho en mis productores; entonces, siempre que terminaba una canción, se las mandaba totalmente dispuesta a que me dijeran “esta no va, esta sí”.

Y amalgamaron muy bien.
Sorprendentemente salieron canciones increíbles. Y de maneras increíbles. O sea, "Rocío de todos los campos" es una canción que escribí dictada por Rocío. Desde no sé dónde, pero fue una cosa maravillosa. Pocas veces me ha tocado hacer una canción en tan poco tiempo. Creo que la escribí en 10, 15 minutos, y escuchás la letra y es muy profunda. Ahí entendí: “ahora sí que esto tiene energías muy poderosas”. Tiene una misticidad el disco. Por eso me animé a ponerle este nombre de Musas, porque el disco tiene un misticismo impresionante. De una fuerza de otras dimensiones que nos sobrepasaba a todos. No lo entendíamos: había veces que estábamos en el estudio y decíamos “¿que está pasando con la energía que hay aquí?”. Encendíamos velas, poníamos fotografías, hacíamos nuestros altares y sentíamos la presencia de las musas. Logramos capturar esa energía, y siento que pasó con las composiciones también.

¿Cuánto ayudó la decisión de grabar el disco en una cabaña en vez de en un estudio tradicional?
Era un disco que necesitaba mucha sensibilidad de nuestra parte, para ir leyendo qué había que hacer. Desde las canciones, la letra, la música, la producción, los instrumentos, hasta los espacios que ocupábamos para la grabación. Teníamos realmente que ser muy sensibles. No podía confrontarse a esta música sin esa parte de la humanidad. Teníamos que forzosamente acercarnos a ese espacio para poder encarar la fuerza y el peso de la música y el contenido del disco.

¿Qué enseñanzas tomaste de grabar junto a Los Macorinos?
Pues yo con ellos... lo puedo resumir en una palabra que es “humanidad”. Y todo lo que esa palabra podría abrazar. Como el concepto de la paciencia, de incluirlos, de colaborar con ellos, con su mundo, con su universo, con su calma también. Me di cuenta de cómo nosotros somos más atolondrados en la vida. De cómo uno quiere hacer todo sin tomarse pausas, espacios, sin respirar, sin permitir que las cosas fluyan con su propia energía. Todo tiene su propio espíritu. Y pasa con la música que cuando no le dejas mostrar su espíritu, te quedas muy arribita, o sea, la manejas y la terminas sin que ella misma haya mostrado su duende. Y con ellos no. Con toda esa calma y esperar, el espíritu de toda la música tomaba una fuerza impresionante. Y ahí yo entendía: “claro, por eso les dicen sabios. Viejos sabios”. Pues toda su habla es lenta. “Pues claro, pasaron por tantas cosas”, y saben que hay que tomarse pausas. Hay que respirar. Entonces eso es una cosa que yo aprendí.

¿Y qué imaginás que ellos aprendieron con vos?
Creo que lo que vivieron es la parte de la exigencia. Me contaron que con Chavela no ensayaban nunca y para mí era muy importante el ensayo porque había muchos errores que yo veía, míos, de ellos y de los otros músicos. Entonces yo decía “OK, todo bien con que no tuvieran ensayos, pero a mí sí me importa”. Por supuesto, ellos tenían toda la disposición. El espíritu de la música se dejó ver cuando sabíamos de atrás a adelante la música. Y ya más bien lo que salía era lo otro, cuando te conectas con una cosa y ya. Se trasciende.

Salir de gira es casi lo contrario a lo esa idea de calma de Los Macorinos...
Pues tenemos una agenda bastante apretada. Una vez que empezamos con los shows, son casi a diario. De acá nos vamos a Chile, luego a España, y de España a Estados Unidos, y así durante un año.

¿Cómo se sobrevive a eso?
Tengo un juego psicológico de que cuando llego a un hotel digo “bienvenidos a mi casa”. "Como verán, esta es la decoración que pusieron en mi casa de Buenos Aires, unos pisos de madera maravillosos, unas lámparas divinas en la entrada, tengo un conserje divino..." Meto mi chip de esto, y tengo mis aceititos, mi bocina.

¿Y qué sentís al volver a casa?
Amo mi casa. Es lo más. Abro y está Leonora, mi gata, bella bella y peluda así. Con ojos de “llegaste, mamá”. Lo primero que hace es treparse, un amor. Tengo tres gatos y una perra chiquita en México, pero en mi casa-casa real, que está en Veracruz, tengo mis 2 perrotes y mis 2 gatas, Ying y Yang, que tardan como tres días en volver a quererme. Leonora es amor incondicional, a la hora que sea. Ella me ama y yo la adoro, pero las otras se enojan. Amo llegar a mi casa, es lo más. Pero también me gusta tocar.