08/02/2019

Mercury Rev: “No les decimos a las canciones que se callen”

Una fábula del sur estadounidense reimaginada desde las montañas Catskills.

Mercury Rev

En la carrera de Mercury Rev nada parece hacerse de acuerdo a un plan. Nacida en Buffalo en 1989, la banda liderada por Jonathan Donahue y Sean “Grasshopper” Mackwoiak hizo bandera con una propuesta que buscaba equiparar al ruidismo con las sendas melódicas. A la altura de su tercer álbum, See You on the Other Side (1995), el vocalista David Baker dio un paso al costado, y fue Donahue el encargado de ocupar su lugar. El título del álbum era premonitorio: los arreglos orquestales del disco, fundidos entre acoples, parecían presagiar lo que vendría. Grabado al borde de la disolución, el barroco Deserter’s Songs (1998) logró no sólo reavivar al grupo, sino también definir un nuevo norte en trabajos posteriores.

De a poco, ese nuevo giro plagado de arreglos de cuerdas y bronces se volvió una constante y perdió todo halo de sorpresa posible en discos cada vez más recargados y complejos, mientras sus integrantes originales iban retirándose de a uno disco tras disco. Donahue y Grasshopper tardaron siete años en sacar su último álbum de material original, The Light in You, el primero en su carrera sin ser producido por Dave Fridmann, también bajista de la banda, y colaborador de The Flaming Lips y MGMT.  

Y cuando parecía no haber otra luz al final del túnel que la de la autocelebración de su disco más exitoso (que los trajo por primera vez a Buenos Aires el año pasado), Mercury Rev volvió a pegar un giro drástico. The Delta Sweete Revisited, publicado hoy, es su propia versión de un clásico oculto de la música country, grabado por la cantante Bobbie Gentry. Pensado como un álbum conceptual sobre la vida en el sur profundo estadounidense, en manos del grupo toma un inesperado vuelo atmosférico no sólo en su sonido, si no también en su contenido, con un elenco de vocalistas invitadas que va de Norah Jones a Hope Sandoval, pasando por Beth Orton y Laetitia Saedler, de Stereolab. “El disco original tiene concepto y atemporalidad, y lo principal era no alterar eso. Es como estar mirando la tumba de un faraón: es todo tan magnífico que no querés ni barrer el polvo, mucho menos sacarle las joyas”, explica Donahue.

Así es ser parte de esta banda: creés que vas hacia un destino con una idea que va a ser algo, y termina siendo algo inevitablemente diferente. Me gusta pensar que siempre es mejor, pero al menos es distinto.

¿Y de qué manera se encara ese proceso?
Jonathan: Teníamos que imaginar nuestra propia versión, hacerla fuera del tiempo y asegurarnos de que no estuviéramos alterando nada, sólo reimaginando las canciones.
Grasshopper: Empezamos a hacerlo de una manera más cercana a los originales, pero después tomamos distancia. Despojamos todo y tratamos de crear nuestras propias historias y misterios para esas canciones, siempre con ella en mente.
Jonathan: La única manera en la que podés hacer esta tarea es desde tu propia atemporalidad. Hay una atmósfera romántica allá Walt Disney, que es nuestra porción del universo. Cualquier otra cosa hubiera sido falsa: un disco de electrónica, avant garde, o raro a propósito. Nace de la misma sinceridad con la que hicimos todos nuestros discos.

¿En qué momento fue que decidieron que no debía ser Jonathan quien cantase esas canciones?
Jonathan: Ya en el principio queríamos estar seguros de que el disco tuviera una cualidad muy femenina, especialmente para los covers de otra gente que Bobbie incluyó en el álbum original. Son canciones muy orientadas hacia lo masculino, sobre todo para esa época, y así y todo eligió hacerlas. Me encanta la versión de Hope (Sandoval) de “Big Boss Man”, tiene una sensualidad enorme, mientras que la original es mucho más confrontativa.
Grasshopper: También pasa con lo que hizo Susanne Sundfør con “Tabacco Road” y la manera en la que canta… Es un blues muy purista, y con esa cosa Disney que mencionaba Jonathan antes se le pudo dar a la canción una feminidad mágica.
Jonathan: Para nosotros, Walt Disney no tiene que ver con dibujos animados, sino con una conexión emocional profunda, y eso es lo que ellas le dieron a estas canciones. Las transformaron en algo con mucha feminidad, que a su vez se conecta con la original.

En varias ocasiones manifestaron su miedo de que los álbumes no sonasen a ustedes ¿No tuvieron ese mismo temor ahora?
Jonathan: Espero que suene sincero, que si alguien lo escucha de fondo en una cafetería y no piensa en Mercury Rev porque no está mi voz ni la guitarra de Grasshopper, pueda sentirlo como genuino. Eso es más importante que sonar a Mercury Rev. Lo que hacemos es genuino para nosotros. No significa que lo sea para los demás, pero te podés dar cuenta si nos ves en vivo o escuchás nuestras canciones. Podés notar que es algo sincero para los dos tipos que están ahí sobre el escenario. No es un juego, no es una puesta en escena, no es sólo una interpretación. Incluso si no te gusta, no podés decir que es algo que no tiene nada que ver con los que están parados ahí arriba.

Eligieron reimaginar un disco basado en la vida en el Sur profundo de los Estados Unidos. ¿Cómo se relaciona ese universo con el de ustedes, que hace años viven en las montañas Catskills, una zona boscosa al norte de Nueva York?
Grasshopper: Es bastante parecido, porque es un lugar en donde hay mucha historia musical. Son zonas bastante rurales, y nada es lo que parece: hay mucho misterio y oscuridad, tienen su propia mitología.
Jonathan: Así como el sur era real para Bobbie, las montañas lo son para nosotros, no lo podés disociar. Sería bastante ingenuo que empezáramos a cantar sobre el Lower East Side de Manhattan. Grasshopper vivió allá, pero yo no. Siento que Bobbie estaba contando su historia, en una época en la que no se acostumbraba a hacerlo en la música country. Podías hacerlo en una canción de tres minutos, pero no podías hacerlo a lo largo de un acto teatral, y creo que eso hizo que el disco no tuviera la cantidad de oídos dispuestos a escucharlo en su momento. Quizás eso es parte de lo que quisimos hacer nosotros también desde Deserter’s Songs en los últimos veinte años. No es música de las montañas, sino música hecha en las montañas. El paisaje te condiciona.
Grasshopper: Lo importante es tener el paisaje en la mente. Ella grabó gran parte del disco en Los Ángeles y con músicos de Nashville, así que tiene que ver más con lo que elegís contar y no dónde lo hacés.

Mercury Rev

Mencionaron a Deserter’s Songs. Cuando lo publicaron, ustedes  ya no esperaban más de la banda, pero terminó volviéndose el álbum más representativo de Mercury Rev para mucha gente.
Jonathan: Ahora es casi una atracción turística en las Catskills, la gente viene a ver dónde se hizo el disco. Teníamos muchas ideas distintas entre nosotros en ese momento. Yo lo veo como una antigua novia. Quizás tuviste una relación muy intensa por un período muy corto de tiempo, pero cuando la ves 20 años después estás muy agradecido, porque lo que sea que pasó entre los dos te formó como la persona que sos ahora. En el momento, podías pensar “Dios mío, estos es demasiado intenso”, pero veinte años después estoy agradecido de haber atravesado eso con Dave Fridmann y las personas que participaron en el disco.

¿Creen que Deserter’s Songs delineó la carrera del grupo en las dos décadas posteriores?
Jonathan: De la misma manera en que un antiguo amor lo hace, un padre, o un episodio en tu vida que, al momento en que ocurre, es demasiado intenso como para procesarlo completamente. Toma tiempo, y por supuesto que lo fue. Pero también lo fue See You on the Other Side, que dio lugar a Deserter’s Songs. Estábamos intentando decirlo lo más fuerte posible, pero nadie estaba interesado en escucharnos.

¿Y por qué creen que ese costado orquestal apareció en Deserter’s Songs y no en los discos anteriores?
Jonathan: Bueno, en See You on the Other Side ya estaba, quizás no en todo su esplendor, pero nosotros creíamos que sí. Estábamos intentando hacer lo mejor posible para llegar al punto de trabajar con cuerdas. Siempre tratamos de orquestar los acoples.
Grasshopper: Incluso, si vas a “Car Wash Hair”, hay un arreglo de cuerdas y de vientos. Ya desde el comienzo era algo con lo que queríamos jugar, y dedicamos bastante tiempo a aprender cómo meterlo en nuestra música.
Jonathan: En la época de Yerself is Steam había seis personas en la banda, todas muy intensas. Cada uno tenía su propia visión sobre la música, pero el único punto de confluencia que teníamos era la música orquestal, aunque de maneras diferentes. A mí me gustaba Walt Disney, y a Grasshopper Miles Davis. David Baker escuchaba a Scott Walker y Dave Fridmann lo hacía con alguna otra cosa, pero todos coincidíamos en eso. Quizás no llegamos a ese puerto con una banda de seis personas. Se necesitaron un par de discos para realmente poder darle forma, pero hubiera pasado de todos modos, incluso con los seis de nosotros.

En la época de su primer álbum, tuvieron la chance de abrir algunos shows para Bob Dylan. ¿Cómo fue posible?
Jonathan: Fue uno solo. Era un momento de poca popularidad para Dylan, sus shows eran cada vez más chicos y la gente no escuchaba su música con la misma intensidad con la que lo hizo un par de años después.
Grasshopper: La mitad del público nos aplaudió y la otra mitad nos abucheó durante todo el show, pero no sabíamos quién hacía qué (se ríe).
Jonathan: Pero si sumás todo eso, se crea un ruido atronador fantástico que era lo único que podíamos llegar a escuchar. La mitad del público eran viejos hippies que estaban conformes, y el resto era gente más joven que no estaba para nada a gusto.
Grasshopper: En un momento del show, me di vuelta y vi que estaba parado a un costado del escenario mirando nuestro set, escondido detrás de un buzo con capucha. Eso nos puso muy nerviosos.
Jonathan: En esa época éramos demasiado dementes en vivo, no nos importaba ganarnos al público a partir de nuestro talento compositivo. Era más que nada una oportunidad en el tiempo y lugar correcto para decir “sí, lo vamos a hacer”. Supongo que fuimos afortunados: muchas veces escuchás historias sobre gente que abrió shows para los Rolling Stones y la bajaron a botellazos.

Tardaron siete años en sacar su último disco de material original. ¿En algún momento pensaron que había llegado el fin para Mercury Rev?
Jonathan: No es que lo pensamos: ¡nos lo dijeron! La compañía, todo el mundo. Nos decían “Sabemos que a la gente le encanta su música, pero no sabemos si queda alguien ahí afuera interesado en un nuevo álbum”. No lo decían de mala manera, sino para envalentonarnos. Y tiene sentido: en estos tiempos, siete años es mucho tiempo en la industria de la música. Pasan géneros enteros entre un disco y el otro. Pero nos mantuvimos ocupados, no es que nos quedábamos en casa haciendo nada. El tiempo avanza de manera distinta en las montañas, te puedo asegurar.

Bueno, ahora parecen ir por la senda contraria. El anuncio de The Delta Sweete Revisited prometía un segundo disco para el 2019.
Jonathan: Va a estar listo para fin de año. Estoy seguro de que sí decimos algo ahora, al momento en el que finalmente vea la luz y lo mastericemos, va a sonar completamente distinto a lo que dije y me vas a acusar de mentiroso. Así es ser parte de esta banda: creés que vas hacia un destino con una idea que va a ser algo, y termina siendo algo inevitablemente diferente. Me gusta pensar que siempre es mejor, pero al menos es distinto. No es producto del azar: escuchamos a las canciones y lo que tienen para contarnos. No les decimos “Esto es en lo que van a convertirse”. Siempre escuchamos, y a veces eso toma tiempo, quizá más que a otras bandas que le dicen al tema “bueno, vas a durar tres minutos, vas a tener, bajo, guitarra y batería. Listo, callate” (se ríe). No les decimos a las canciones que se callen. A veces, ellas nos lo dicen a nosotros, y de manera muy enfática.