19/05/2020

Los Tabaleros: “No encontrábamos la adrenalina en el rock”

Folklore urbano y ganas de joder.

Tute Delacroix / Gentileza
Los Tabaleros

“El punk no es un culto religioso: el punk significa pensar por vos mismo”, grita Jello Biafra en “Nazi Punks Fuck Off” para explicarle a quien quiera escuchar que rebelarse es pararse de manos, no pararse el pelito. Años después, en Buenos Aires, Beto Martínez (guitarra, voz) y sus compañeros de Los Tabaleros abarajan la idea y la ponen en práctica. “Para nosotros fue un acto punk escuchar folklore en ese contexto de los 90 en el que todos eran fanáticos y usaban la cadenita con la medalla de plomo de los Guns, Metallica o Hermética”, dice.

Y aunque está al tanto de que un Chalchalero no es un Rolling Stone, el guitarrista de Los Tabaleros también sabe que a veces al rock hay que ir a buscarlo fuera del rock: “Siendo de lo peor del colegio, yo miraba a mis compañeros de secundaria y los que hacían rock no eran mis amigos del bullicio: eran los pibes que tenían bien las notas y les compraban la guitarrita de premio. No encontraba ahí la adrenalina”.

Esa es la “actitud rockera” que tanto se le alaba al folklore de Los Tabaleros: la de saltar tranqueras sin hacer con eso un panfleto. Su tercer disco Tuy (2016) los sacó del nicho de las peñas y los expuso a un público que es “una licuadora de varios mundos". "Tenemos una uña de cada dedo de cada pie metido en algún submundo popular”, dice Martínez.

Después llegó Chuy (2019), la confirmación a un arrime a lo que sea que se pueda llamar mainstream en la música argentina contemporánea. Y por último dos singles en vivo de este año: “Niebla rosada” y “Demonio paraguayo” -el primero con Ale y Juliana de Miranda!, el segundo con Los Auténticos Decadentes- que podrían ser interpretados por una banda “con una parada estoica” como una aceptación por parte de la cultura rock, pero que para Los Tabaleros son una juntada de amigos que quedó grabada.

Nosotros representamos a una música que puede ser más vieja pero ahora es nueva, después de dos décadas de bandas sonando como Los Nocheros, la Sole, Roxana Carabajal, Abel Pintos o Luciano Pereyra.

A veces el mundo del folklore es incluso más conservador que el del rock. ¿Se comieron algún bardeo en las peñas por venir de otro lado?
De alguna forma, tenemos algunos conceptos que rinden pleitesía al folklore más tradicional. De la escena del folklore actual, vas a ver que las cinco mejores bandas tienen batería y sección de percusión, y nosotros jamás incluimos la batería dentro de nuestro audio por una búsqueda distinta del sonido. Ese sonido tiene una raíz súper folklórica. A veces las barbas y los tamaños asustan, eso puede ser. Pero la gente, ya entrados los 2000, consume de otra forma la música: es mucho más ecléctica y tiene más recepción a cosas nuevas. Nosotros representamos a una música que puede ser más vieja pero ahora es nueva, después de dos décadas de bandas sonando como Los Nocheros, la Sole, Roxana Carabajal, Abel Pintos o Luciano Pereyra.

Lo diferente en ustedes es cuestión de procedencia o de estética, más que de ruptura musical.
Nosotros encontramos inspiración en ciertas canciones del folklore tradicional, quizás un poco más de vanguardia de la década del 60, con la polirritmia, la búsqueda de la belleza de la poesía por sobre la nostalgia del pago y muchas cosas que nos sedujeron porque nos vimos capaces dentro de nuestro contexto barrial. Queríamos poder representar al folklore desde ese lugar. Poder hacer folklore y hablar del mar, por ejemplo, que no está tan tocado. O de la calle y las palomas de mierda que hay por todos lados, que no sé si son lindas o traen pestes.

También aprovechan el paisaje urbano en un entorno folklórico. Algo que hacen en canciones como “Once”, por ejemplo, con sus floristas de noche a los que nadie les compra un ramo.
Sí, siendo un territorio federal, Buenos Aires no deja de ser parte de un todo, por más que nos odien, je. Desde que se generó la banda fuimos parias, porque nuestra provincianía tenía una herencia folklórica de sobremesa, de tradición familiar. Y las peñas eran universitarias, pero nosotros tocamos bastante de oído el tema universidad. Vivimos durante muchos años como universitarios nutriéndonos en esas peñas, donde nos costó ser reconocidos, y pululamos muchos años haciendo folklore tradicional y aprendiendo un lenguaje. Después, una vez que entendimos que era un lenguaje, lo hicimos nuestro y ahí sí aparecieron la ciudad y otros contextos.

¿Fue liberador sacarse el corset de lo que se suponía que tenían que hacer?
Lo aprendimos muy lentamente, para ser sinceros. Si le preguntás a un Beto con 21 años, no se imagina a un bajista en la banda ni en pedo. No se concebía. Pero sí cuando empezamos a componer y a jugar con la estructura de las cosas, primero copiando a los grandes pero después buscando nuestras formas y quizá cagándonos un poco en el formato bailable. Ahí encontramos la forma de que las canciones sean nuestras y de que reflejen lo que queríamos decir.

Tuy significa “caliente” y Chuy, “frío”. ¿Son nombres nada más o hay un concepto ahí?
Son conceptos. El primero es tal cual y el segundo está malversada la palabra: Chuy es frío, pero no hicimos un disco frío o azul en la escala de Kandinski: al frío lo imaginamos en una cerveza, en el verano; fresco, más que frío de nieve. Hay más influencia del Noroeste en Tuy y es más mesopotámico Chuy.

En los primeros discos (Carmesí de 2009 y Lolita de 2013) tienen un componente melancólico que parecen abandonar cada vez más. ¿Fue una decisión consciente o un producto del momento por el que pasaban?
Un poco de las dos. Tuy tiene tintes más oscuros, más allá de que porta mucha alegría, y de que el punch y la alegría es el hilo conductor de los dos discos. En Tuy hay algo más de oscuridad en la composición y en Chuy se daba que estábamos muy contentos con el equipo que habíamos logrado, estábamos en un gran momento de fechas y de composición y decidimos que la alegría fuera un norte fuerte en el disco.

No son un grupo humorístico, pero siempre están al borde. ¿Dónde se pone el límite para no ser una banda “en chiste”?
Le tenemos tanto respeto al humor que no queremos ser humoristas. Nuestro juego va más por la gracia que por el gracioso y buscando en el juego de palabras una satisfacción de segundas lecturas. Eso tiene que ver mucho con la interna de la banda, con como somos entre nosotros en una forma vil y cruel, pero coloquial. Más que buscar ser humoristas, es buscar complicidad. La misma complicidad que tenemos como banda se transmite en esos jueguitos que algunos los entienden y otros no: algunos cantan la canción pensando en la imagen primaria.

El despegue llegó en Tuy. ¿Fue una cuestión puramente musical o una movida industrial?
Un poco y un poco. Nosotros venimos de la ignorancia y la inocencia musical absoluta, porque no estaba predestinado para todos tener una banda y dedicarnos a la música. Era un escape que se transformó en un club que se transformó en un oficio. En el primer disco pensábamos que la estábamos rompiendo y lo hicimos como si fuera una tesis, con un esfuerzo muy grande desde la composición y la producción, y siempre con una cuota de ignorancia grande que se iba puliendo. Pero lo que cambió, quizá, más allá de que en cada disco estábamos tratando de superarnos, fue que Tuy fue el primero que salimos a mostrar y a vender de verdad. Nosotros, en un ostracismo de nicho, pensábamos que iban a venir a buscarnos porque éramos los gallos más relucientes de un pequeño gallinero y no pasó.

Grabaron con Miranda! y con los Deca. ¿Cómo los ve el mundo del rock y el pop?
No sé si es afinidad o sensación de que somos extraterrestres, pero todos nos tratan con suma alegría, sonrisas y camaradería. Y nosotros lo transitamos entre algodones.