02/07/2021

Liz Phair: "Ya no estoy tan enojada con los hombres"

Más allá del exilio.

Eszter+David / PIAS / Gentileza
Liz Phair

Liz Phair tomó al mundo por asalto cuando publicó su debut Exile in Guyville (1993), un clásico instantáneo en la historia del rock. Promocionado durante su lanzamiento como una respuesta directa, tema-por-tema, al álbum de cabecera de los Rolling Stones, Guyville se apropió de la premisa con soltura para desplegar algo mucho más radical: un cuestionamiento a la escena predominantemente masculina que la cantante observaba en Chicago y que, a escala más macro, se reiteraba en cada rincón del planeta, dictando los cánones de lo que merecía ser escuchado.

Y sin embargo, Exile in Guyville ofrecía algo más que la habilidad de remarcar las fallas del mundo: su honestidad. Donde contemporáneas suyas como Kim Gordon y PJ Harvey eludían conscientemente la primera persona, Liz Phair confiaba todos sus secretos a su audiencia; todos sus miedos y todas sus expresiones desvergonzadas de deseo.

Terminados los 90 y con otros dos grandes discos a cuestas (Whip-Smart y whitechocolatespaceegg), Liz Phair incursionó en el pop adolescente con un disco homónimo que, a los ojos de la crítica rockista en la aurora del nuevo siglo, traicionaba aquello que ella alguna vez había representado. Pitchfork lo condenó con un 0.0 (el periodista Matt LeMay se retractó hace unos años) y a partir de ahí, los discos fueron menos y progresivamente más infrecuentes.

Soberish, el nuevo álbum de estudio de Liz Phair, llega así tras una ausencia de once años. Es una progresión natural en el derrotero creativo de su autora: una evolución que, incluso a lo largo de los cambios, preserva las virtudes con las que ella cautivó a sus primeros oyentes.

Me encantaría despachar a todos los políticos de mierda y figuras de autoridad que habitan este país en este momento. Estoy absolutamente furiosa y resentida cada vez que veo lo que pasa en mi país y los niveles de descaro que tiene su explotación.

¿Cuál fue tu intención a la hora de escribir Soberish?
Hacía unos años, en 2018, habíamos reeditado Exile in Guyville por Matador Records, en una versión exhaustiva que incluía los demos Girly-Sound y que no dejaba nada por decir. Volver a entablar contacto con ese período de mi vida me sedujo a ser nuevamente Liz Phair: ser ella es algo que va y viene. Entonces me pareció apropiado volver a trabajar con Brad Wood, el productor de Exile, que tiene una memoria enciclopédica respecto a cómo grabamos cierto compás o qué micrófono usamos para las baterías. Le dije a él que me entusiasmaba la idea de usar los cimientos de nuestra primera incursión en la música (mismos sonidos, pedales, guitarras) pero dispuestos de forma tal que reflejaran mi experiencia de grabar el disco en ese entonces: no sabiendo hacia donde iba o cómo iba resultar. Quise retornar a la mentalidad del principiante que persigue algo que desconoce cómo llevar a cabo. Mis intenciones eran dos: quería sonar distinta a todo lo que se escucha hoy siendo simultáneamente reconocible. Lamentablemente, debido a mi ausencia de once años, tuve que volver a presentarme con un “hola, ¿me recuerdan?”. La cuestión era cómo hacer eso cuando sos una “artista revolucionaria” (risas). Opté hacerlo a través de arreglos inusuales, múltiples capas de sonido y dinámicas frenéticas que se detienen, empiezan, aceleran. Un poco como mi diseño sonoro para televisión, pero camuflado con ganchos. Quería que la gente lo escuche y lo sienta como un disco de rock, o como un disco de Liz Phair en su forma, pero que las decisiones experimentales se dejen entrever a medida que te vas familiarizando.

En “Hey Lou” cantás desde la perspectiva de Laurie Anderson. ¿Cómo llegaste a ese concepto y qué querías expresar con esa canción? ¿Sentís que la relación de Reed y Anderson encapsula una verdad más macro sobre las dinámicas entre hombres y mujeres?
Curiosamente, esta es la primera canción que Brad y yo escribimos en conjunto, y se dio de forma muy espontánea. Tenía una parte de guitarra resuelta, pero con una letra y una melodía diferente. No se sentía terminada y Brad se frustraba porque le pedía que me deje volver a casa a intentar una vez más. Un día me llamó y me contó que estaba loopeando el estribillo, podando el loop para que no quede un clip de la toma vocal siguiente. Vos tenés un patrón, y lo depurás al principio y al final para que no se superponga con otra parte, porque de lo contrario escuchás como un blip. Y Brad me dijo: “Cada vez que da la vuelta parece que estás diciendo ‘hey, Lou’. ¿No sería gracioso si fuese una canción sobre Lou Reed desde el punto de vista de Laurie Anderson?”. Ahí mis ojos se iluminaron, me pareció brillante. Saqué mi libreta amarilla y empecé a anotar. Él tiraba una línea y yo otra, y casi me meo encima de la risa con todos estos escenarios. Nos cruzamos con un suelo muy fértil. Tanto Brad como yo crecimos en una época donde adorábamos a Lou Reed y a Laurie Anderson por separado, antes de que siquiera fueran pareja. Fueron muy formativos para mi sonido. Hoy la gente tiene a Bennifer, pero yo estaba obsesionada con Lou Reed y Laurie Anderson. Y pensaba: “¿Podría tener a otro artista obstinado y fuerte con quien pueda estar enamorada y tener una vida doméstica de verdad?”. Ese era mi cuento de hadas. Sentía este amor medio stalker, medio stan, medio simp, en el que miraba fotos suyas, y quería averiguar cómo y cuándo se conocieron. Así que estaba lista para escribir esta canción, anotando furiosamente todo lo que se me ocurría mientras elucubraba sobre cómo gente de tanto carácter podía negociar cosas mundanas como lavar los platos y la ropa. No estoy retando a Lou Reed, lo estoy pintando a él como el taimado que imagino que fue y a ella en el rol más tradicionalmente femenino de guiarlo, a través del humor, hacia modos más constructivos de gastar su energía. Tranquilamente pudo no haber sido así, quizás ella era la impetuosa. Lo que hice fue depositar mis propias experiencias de pareja, aunque honestamente no te puedo decir si en la vida real soy más Lou o más Laurie.

Desde Exile in Guyville tu música se caracteriza por rebalsar carácter y por recurrir a la yuxtaposición. Sin embargo, Soberish es inusualmente vulnerable, al punto de que en una canción cantás “mi seguridad se derrumbó”. ¿Fue consciente la decisión de ser más directa?
Creo que se debe a que escribí la primera mitad de mis memorias justo antes de hacer este disco. Se llama Horror Stories, historias de terror, y la segunda parte que me encuentro escribiendo ahora es Fairy Tales, cuentos de hadas. Esa fue la manera en que decidí fragmentar mi vida a la hora de narrarme, imaginando a ambos libros como un yin y yang. La primera parte buscaba confesar todo aquello de lo cual me sentía culpable, exponiendo las maneras en las que he fallado y me han herido. Estaba en un lugar de haber abierto el pecho y expuesto cosas peores en el libro, entonces con el disco ya no tenía miedo. Las heridas no habían cicatrizado. Un motivo por el cual escribí Horror Stories fue que me la pasaba gritándole a Trump en la televisión: “¡No puedo creer que hayas hecho esto! Sos estúpido, sos esto, sos aquello”. Juzgando, juzgando, juzgando. Mientras escribía Horror Stories pensé: “¿Qué pasaría si la gente estuviese señalando todas mis fallas, todas las cosas que hice mal, si supiera todo lo que he hecho?”. Entonces, con Soberish venía de un lugar de apertura y de sentir que juzgar no ayuda, que es una forma de impedir que la gente acceda a vos emocionalmente. Quería dar el ejemplo dejando que la gente vea cuán insegura puedo ser. Porque esa parte mía siempre estuvo ahí y solamente la escondí.

¿Podés contar algún cuento de hadas que hayas considerado para el libro? No necesariamente uno que vaya a ser incluido, no sea cosa de spoilear.
Al principio de la pandemia, cuando el mundo no tenía idea de lo que estaba sucediendo, estaba muy asustada porque mi hijo tiene problemas respiratorios. Y al margen del momento horrible, era un invierno oscuro en general. Pero sucedió una noche que afuera de mi casa aparecieron algas luminiscentes. En plena oscuridad, las olas rompían con esta luminiscencia negra y azul. Cada madrugada comencé a bajar a la playa. Era ilegal, no se suponía que estuvieses ahí; pero dado que el punto de esa ley era no cruzarse con gente, cosa que de todos modos no iba a suceder a la mitad de la noche, técnicamente no estaba haciendo nada malo. Las experiencias que tuve al lado del mar durante esas madrugadas, como ver qué ventanas tenían las luces prendidas o como la vez que el gato me siguió hasta la arena sin que me diera cuenta... para mí eso es un cuento de hadas, porque en plena oscuridad había una historia mágica, surrealista y hermosa. Fairy Tales trata sobre cómo, sin importar cuán fallada o corrupta pueda sentirse la vida, seguimos vivos. Lo demás no importa. Es una óptica: en Horror Stories está el costado terrible y en Fairy Tales el espectacular.

Has abordado en tus canciones muchas temáticas que en su momento fueron tabú. ¿Hay algo de lo que todavía no puedas escribir?
Hay algo grande, pero no puedo hablar al respecto por más que quisiera. Es un área que mantengo muy protegida, no por mí sino para proteger a otras personas.

“Soul Sucker”, del disco nuevo, es una canción en la cual te podés perder.
Una de las cosas que me interesaba hacer en Soberish era tener múltiples voces principales al frente de la mezcla, lo que causó cierta incomodidad en la gente de mi sello. “Spanish Doors” tardó en decantar porque intenté entretejer cuatro voces principales, todas cantando algo diferente y entonando melodías distintas. “Soul Sucker” específicamente tiene ese segundo verso en el que las voces del fondo están hablando sobre un monstruo e ingresan desde el canal derecho en dirección al izquierdo. A eso le llamo “Tokyo fade”. Quería que las canciones de Soberish capturen cómo se piensa y cuántos pensamientos irrumpen en tu cabeza al mismo tiempo. Me interesa la complejidad en el mundo moderno: cuántos destinos simultáneos puede tener nuestra atención, las formas en que esa complejidad se ve reflejada en la música actual. En la primera mitad de Soberish lidio con la terminación de una relación larga que dilató demasiado su vencimiento y en la segunda estoy saliendo con dos hombres nuevos. Y el de “Soul Sucker” es uno que me da igual. ¿Alguna vez atravesaste un período de inseguridad en el que te sentías vulnerable y buscaste gente con la que no tenías intención de continuar, proyectando una postura falsa porque necesitabas a alguien ahí para que te acompañe, pero después tuviste que negociar tu salida de ese vínculo porque fuiste una mierda al haberlos ilusionado? Eso hice en la canción.

En “Dosage” mencionás a alguien que se llama Henry, lo que retrotrae al barman de “Polyester Bride”, de whitechocolatespaceegg. ¿Es un personaje recurrente en tu obra, una persona real, un compuesto? ¿Seguís siendo amiga suya? ¿Encontraste la diferencia entre salir con hombres famosos y no famosos?
(Risas) Me gustan todas esas. Es una persona de verdad. No estoy actualmente en contacto con él pero siempre voy a estar feliz de verlo. Y tenés toda la razón: esa canción es sobre el bar de “Polyester Bride”, que solía frecuentar todo el tiempo, solo que ahora estoy regresando como una mujer de mediana edad y observando a otra chica que me recuerda a mí misma en ese entonces. Quiere ser cantante, grita mucho, es ruidosa: todo lo que yo era en “Polyester Bride”. Ahora soy la mujer adulta que la observa y piensa “uy”. Mencionar a Henry es una forma de contar que estoy en ese bar, que esa joven soy yo, que estoy viendo a mi yo de aquella época e intentando aconsejarla, aunque claramente mi versión presente tampoco está del todo bien.

Exile in Guyville cumplió veintiocho años y, si uno se guía por “Hey Lou”, todavía estás desmitificando rockeros. ¿A qué otro disco o figura canónica le darías el tratamiento Exile?
¿A quién le daría el tratamiento Exile? Pasa que ya no estoy tan enojada con los hombres (risas). Es gracioso porque a medida que crecés, dejás de meterte en problemas porque vas hallando la manera de preservar a la gente con la que te llevarías bien. Ya no hace falta mezclarse con el resto, que igual tampoco tiene poder sobre vos. No puedo decirte que hay un músico al que quisiera dedicarle ese tratamiento, pero sí puedo contar que me encantaría despachar a todos los políticos de mierda y figuras de autoridad que habitan este país en este momento. Estoy absolutamente furiosa y resentida cada vez que veo lo que pasa en mi país y los niveles de descaro que tiene su explotación. El otro día estaba investigando formas seguras de salir de gira, averiguando lo que cuestan los aviones privados (risas). Nadie puede costearse eso y esos dólares salen de los contribuyentes que pagamos impuestos. Estamos literalmente financiando los estilos de vida imposibles de una minoría muy selecta. Le decía a mi hijo anoche que no sé por qué particularmente el avión privado hizo que tome conciencia de esto, pero me sacó de quicio.

Tu disco epónimo está teniendo una suerte de resurgimiento a casi veinte años de su lanzamiento original. ¿Cómo evaluás a ese álbum desde una perspectiva puramente musical? ¿Lo bancás? ¿Cuál es tu aspecto favorito?
Lo banco y lo disfruto. No la estaba pasando tan mal como la gente suele creer. El otro día le estaba hablando a un periodista del Washington Post acerca de esto y quiso pintarme más enojada de lo que en verdad estaba. Acababa de ser mamá así que, primero y principal, tenía una perspectiva muy clara acerca de las cosas que importan. No creía que la música fuese algo sobre lo cual alterarse extremadamente. Eso lo tenía súper en claro. La gente se me vino encima con toda esta energía y yo pensaba “No tenés que escucharlo, está todo bien, cortala” (risas). Hay cosas peores en la vida sobre las cuales enloquecer. Intenté descifrar por qué se habían sobresaltado tanto y qué podía representar el disco para toda esa gente. Y he obtenido un poco de claridad. Había un componente socioeconómico porque en cierto nivel tenía que ver con sellos grandes y sellos indie, cultura mainstream, a quién se incluye y a quién se excluye. Se supuso que yo jugaba para el equipo excluido y entretanto ellos pensaban que estaban nominando a su mejor guerrera para que los represente. En ningún momento pensé que estuviese haciendo eso. Vengo de un suburbio adinerado y no me entendieron. Lo que debieron haber sabido es que soy una artista. Respecto a ese disco, me encanta la música que contiene. Es un disco compuesto a partir de cinco sesiones de grabación distintas, cada una con sus respectivos músicos y productores. Había grabado con Michael Penn, a quien adoro al día de hoy, pero no se sentía como mi disco. Necesitaba expresar otros costados míos y el tipo que hacía A&R en Capitol me dijo que si les daba algo pasible de ser transmitido por la radio, porque en esos años todos escuchaban pop de radio, iba a poder meter lo que se me cante en el disco. Lo que incluía “Hot White Cum”, por cierto (risas). Esa no les gusto. Entonces, cuando escucho Liz Phair, oigo lo mejor de cada sesión perteneciente a ese lapso de cuatro años. Y respecto a las canciones pop: sí, no soy fan de “Favorite”, toda esa parte de mi bombacha nunca me gustó. Por esas épocas estaba discutiendo con Lauren (Christy, coescritora) explicándole que no podía decir eso y ella insistía con que era una genialidad. Y yo: “No, no puedo decir esto” (risas). Y al día de hoy no la toco en vivo porque no puedo decir eso. Pero el proceso de grabación fue divertidísimo y me encantó escucharme en otro estilo. No entiendo por qué la gente se queda tan atascada en su identidad. Diviértanse, experimenten. Miren a la música de hoy: todo el mundo muda sus géneros todo el tiempo. No es la gran cosa.

¿Crees que el recibimiento del disco estuvo atravesado por una cuestión de género? ¿Y que su recepción sería distinta hoy, a la luz del poptimismo? Lo mismo podría decirse sobre Funstyle, que precedió al hyperpop por unos años.
Además de todo lo que mencionás, creo que es difícil entender cómo se siente ser alguien que hace música cuando no la hacés. Si vinieras hoy a decirme “Che, Liz, vení, tengo este presupuesto gigante y vamos a hacer tu disco de salsa”, yo estaría súper entusiasmada. No tengo ningún compromiso o interés en ser una única identidad con mi arte. Para mí, la creatividad no debería tener límites. Si me decís “jazz”, por supuesto, aprendamos de jazz, hagamos eso. Si me decís que puedo meterme en un submarino e ir al fondo del océano, yo te escribo encantada un álbum sobre los peces. La música es un lenguaje, es una expresión, y deberías cambiar y viajar con ella. Del mismo modo que deberías viajar en la vida, deberías viajar con la música. Creo que la gente coincide con eso, pero al mismo tiempo he aprendido un par de cosas sobre los seres humanos: les disgusta el cambio, les disgusta la complejidad y la falta de certeza. Creo que es culpa suya, y que deberían hacerse cargo y arreglarlo. Pero viajá. Viajá con tu música. Aunque la gente se enoje, viajá.

Es curioso porque alguien como Taylor Swift tiene hoy la edad que vos tenías cuando publicaste Liz Phair. Y aunque musicalmente ella no esté tan alejada de ese disco, la forma en que es recibida hoy sí lo está. ¿Fue una cosa rockista de la época? ¿Una cuestión sexista? ¿O simplemente la incapacidad de la gente de asimilar lo complejo y el hecho de que la gente cambia?
Creo que la gente aprendió lo que yo vi venir hace mucho tiempo. Sí siento que hubo sexismo porque por esos años había tan pocas voces femeninas y ahora hay que hacer lugar para escritoras, artistas, ejecutivas. Hay mujeres en la industria y ese es el cambio más evidente. Pero también estaba la cuestión socioeconómica. La gente supo desde el comienzo que vengo de un suburbio adinerado, pero yo había adoptado una rebeldía que inquietaba o traicionaba a esos suburbios, entonces les encantó. Era una época donde las discográficas grandes eran posicionadas contra las independientes y se había establecido este concepto de la música ochentosa siendo falsa, controlada y corporativa mientras que la escena DIY, que se había desprendido del punk y que empezaba a emerger en el Noroeste con el grunge y los fanzines, albergaba a la bohemia urbana. Cuando me fui para el lado del pop, esta gente se sintió tonta por haberme aplaudido en primer lugar. Pensaron que era una boludita suburbana. Una boludita suburbana que aceptó todos los elogios pero que en el fondo no era una gran artista. Percibieron algo solitos, y se sintieron engañados y se enojaron por haber sido engañados. Pero están equivocados, porque soy una genia (risas). Estoy bromeando, pero era muy buena en artes visuales antes de ser música, y en ese sentido sí se equivocaron porque tengo mucha habilidad artística, aunque no siempre tenga ganas de emplearla y aunque ciertamente no tenga ganas de representar a un movimiento que no tiene ganas de tener algo que ver conmigo. Porque yo no mentí sobre quién soy, no les oculté nada. Asumieron algo, se sintieron estafados cuando su idea no se ajustó a la realidad y se enojaron mucho.

Con respecto a eso, en “Bad Kitty” cantás “no vivo en un mundo que me aprecie, podría decirse que soy una adelantada”. Durante años, parecía como si las críticas de los discos de artistas como Tori Amos o Fiona Apple -incluso escritas por mujeres- sólo pudieran aspirar a un 8/10, pero hoy parece que eso se estuviera reparando: tu antología fue un éxito, Amos también publicó una autobiografía, Jagged Little Pill será adaptado a Broadway. ¿A qué crees que se debe este hambre repentino de escuchar estas voces y con tanto retraso?
Me parece que nunca es muy tarde. Pasa cuando pasa y es mejor eso a que no pase. Una de las cosas que recuerdo sobre los años 90 es que la crítica era absolutamente venenosa de una forma que pretendía ser graciosa. Lo que estaba de moda era publicar críticas malintencionadas por todos lados. Por aquel entonces había como un clima de no querer equivocarse porque somos nerds: hacemos música, arte, escribimos. Somos nerds. Entonces te privabas de excitarte demasiado con las cosas. Y no solo en el mundo de la escritura. Me acuerdo de estar en bares viendo quiénes tocaban, y teniendo que calcular internamente si estaba bien visto ir a ese recital o decir que te gustaba esa canción. Primaba una mentalidad de grupo que no dejaba margen para la diversidad. Ahora, dado que tantos grupos han luchado para conquistar sus derechos civiles y su derecho a la individualidad, pasó que eso benefició a las mujeres. Y esas voces recibieron una legitimidad que ya no tiene que ver con lo que dicta el grupo. Ya no hay un grupo y ya no hay patovicas que no te dejan entrar. Pronto vamos a acercarnos al ideal de los artistas creando y los fans consumiendo con muy poco intermediando.

En “Chopstick”, de Whip-Smart, narrabas que estabas en un auto con un chico sin saber de qué hablar y llenabas ese espacio incómodo contándole que habías conocido a Julia Roberts en tu colonia de vacaciones. ¿La conociste de verdad?
Sí, de verdad. Me perforó las orejas la segunda vez y nos colábamos en la cabaña para hacer ejercicios. También recuerdo que usábamos aceite de bebé para broncearnos, ¡puaj!