26/09/2017

Gustavo Santaolalla: "Nunca puse mucha energía en el tema de la nostalgia"

Un raconto en vivo hecho con cinco décadas de carrera.

Federico Kaplun / CCK / Gentileza

Un pantallazo fugaz al currículum de Gustavo Santaolalla alcanza para apabullarse. En casi 50 años de carrera el músico de El Palomar se despachó con 18 álbumes entre discos y bandas de sonido, musicalizó documentales y videojuegos, realizó trabajos de antropología musical (en solitario y junto a León Gieco), fue una de las piezas clave en la relectura 3.0 de la música rioplatense en Bajofondo y cosechó dos premios Oscar consecutivos por su trabajo en la musicalización de Secreto en la montaña y Babel.

Con el pasar de los años, la dinámica de estar siempre en movimiento le impidió a Santaolalla detenerse para poder contemplar su propio recorrido. En gran parte por eso mismo, el músico y productor publicó en abril Raconto, un álbum en vivo grabado en el Teatro Colón y en el Centro Cultural Kirchner en diciembre del año pasado. "Creo que algo de esto tiene que ver con la edad y algunas cosas personales que me llevaron a decir 'Bueno, también es importante mostrar cómo llegaste hasta acá'".  Entonces ahí decidí revisar un poco mi vida a través de las canciones”, dice antes de la presentación en vivo del disco, este sábado 30 en el Teatro Coliseo.

"Siempre fue una gran frustración para mí en mis años mozos en la Argentina pensar que nosotros teníamos muchísimo talento, pero a los discos no podíamos hacerlos sonar como en Inglaterra o Estados Unidos"

¿En qué momento decidiste volver sobre tu propia historia en un mismo recital?
Nunca puse mucha energía en mi carrera en el tema de la nostalgia. Al contrario, siempre miré hacia adelante y traté de salir de mi zona de confort, haciendo cosas que han sido desafíos. Pero cuando miraba un poco para atrás y veía tanto, entendí que hacer esto también implicaba para mí un desafío, porque nunca hice esto en mi carrera. Nunca salí con un proyecto bajo mi nombre. Salió mi disco Santaolalla y nunca lo toqué en vivo, lo mismo con Gas o Ronroco y así... Entonces también era algo nuevo para mí tener que armar una banda y salir a tocar esto.

¿Y qué te encontraste cuando te pusiste a revisar tu propia obra?
Fue como redescubrir todo ese material. Primero vi la atemporalidad de esos temas, y de hecho algunos de Arco Iris me suenan hasta modernos. Después, pude ver que las cosas que me preocupaban en otro momento siguen siendo las mismas que ahora, entonces no me siento mal de cantar lo que estoy cantando. Además, mi rango como cantante creció en vez de reducirse, que sería lo normal. Se produce algo muy interesante, porque las canciones son como nuevas para mí, y también para la gente, porque tampoco está muy familiarizada con muy repertorio. Conocen "Mañana campestre", "Ando rodando" y por ahí el instrumental de De Ushuaia a La Quiaca,  pero salvo para los fans, es muy difícil seguir mi carrrera, son muchos años. Es algo que me reconforta mucho, porque la gente viene a verme como artista y a descubrir esas canciones como yo también las estoy redescubriendo.

Aparte de extensa, tu discografía es bastante variada y decidiste armar una banda bastante atípica para estos shows. ¿Cómo encontraste el tono unificador para las canciones que elegiste?
Una de las cosas que me interesaba muchísimo era el de poder contar con multi instrumentistas y de tener muchos timbres. Si ves el concierto, usamos decenas de instrumentos, y me interesaba también el trabajo de las voces, que era algo muy presente en Soluna y Arco Iris. De chico era fanático de los Beatles, los Byrds y Brian Wilson, pero también del Grupo Vocal Argentino, Buenos Aires 8 y los Swingle Singers. Una de las cosas que más me gusta en esta banda es que laburamos las voces con un criterio más cercano a los Beatles, pero los timbres tienen características folklóricas, es de una originalidad muy importante y me encanta. Si bien todos en la banda tenemos un background que tiene relación con el rock y el jazz, todos tenemos una historia que tiene que ver con el folklore. Incluso Pablito González, que muchos pueden conocerlo por ser el baterista de IKV, es un tipo que es riojano y lo primero que hizo en su vida es tocar folklore con su papá. Las sonoridades fueron buscadas bastante expresamente, hay muchos instrumentos acústicos y orgánicos y muy poco eléctrico. Yo toco mucho la criolla, hay un glockenpsiel, campanas tubulares, ukelele, contrabajo, de todo. Hay un timbre acústico, que igual no nos impide rockear cuando hace falta.

Irónicamente, ese tono acústico lo pudiste trasladar a la banda de sonido de The Last of Us. ¿Cómo fue que decidiste llevar ese formato a un videojuego?
El tono surgió naturalmente, todavía ni sé bien cómo. A Neil Druckmann, el director del juego, le gustaba el ronroco. La cuestión es que lo primero que me terminó saliendo es un tema en 6/8, que es el ritmo de chacarera, fue muy orgánico. Yo no soy un gamer, pero mi hijo sí, así que entiendo un poco y lo que me gustó e interesó es que este es un juego atípico. Incluso hay gente que ha llorado mientras lo jugaba porque es muy emotivo. Siempre mi laburo fue muy orgánico, me gustan mucho las texturas y los ruidos y sonidos. Hay algo en la música de The Last of Us donde trabajo la música y los sonidos de una manera muy expresionista, con trazos muy fuertes y locos, tanto de sonido como de rítmicas. Todo muy primitivo y muy salvaje, pero siempre orgánico. No tengo nada en contra, pero está alejado del mundo secuenciado. También trabajé con Trent Reznor (en la banda de sonido del documental Before the Flood), y lo interesante de esa colaboración, y esto fue dicho por él, fue que yo aportaba la parte orgánica y él la de la electrónica y las secuencias.

En los 90s creaste Surco, un sello que impulsó a varias bandas que eran emergentes en Latinoamérica. ¿Por qué decidiste abandonar ese rol?
Lo hice durante quince años y puse en el mapa montones de artistas. Creo que marcamos una zona, un territorio que no existía. Siempre fue una gran frustración para mí en mis años mozos en Argentina pensar que nosotros teníamos muchísimo talento, pero a los discos no podíamos hacerlos sonar como en Inglaterra o Estados Unidos. Obviamente, venir a Los Ángeles me dio la posibilidad de acercarme a cómo se hacen esos discos y cómo suenan. Ahí me propuse crear una especie de mapa musical alternativo de Latinoamérica, y creo que ayudó mucho a poner discos grosos en el plano global. Te puede gustar más o menos, pero Dónde jugarán las niñas de Molotov no tiene nada que envidiarle a ninguno de los Red Hot Chili Peppers. Creo que sirvió bastante el aporte, pero cumplió en mí una etapa. Tengo una necesidad de seguir creciendo y nunca fui de repetir y quedarme en una zona de confort. Hoy en día no me interesa tanto la producción, me encanta pero no me interesa invertir mi tiempo en eso porque tengo también que seleccionar, porque sigo haciendo un montón de cosas, no una sola. Surco fue "el" sello alternativo latino a nivel mundial. Por momentos me encantaría volver a hacer algo así, pero la realidad es totalmente distinta, aunque siempre me atraen los talentos nuevos y las cosas nuevas, o no tan nuevas, pero que lo son para el sistema. Cuando digo que me gustan Los Espíritus o El Mató, hace tiempo que están, pero para mucha gente son desconocidos todavía.

¿Y ahora que no priorizás tu faceta de productor cómo te mantenés al día?
No es que busco algo en particular, sino que por ahí algo llama mi atención. Estoy muy receptivo, trato de tener las antenas paradas para prestarle atención a algo que esté sonando, y siempre tuve una muy buena intuición. Me acuerdo de estar con un ejecutivo de alto rango que había venido de Estados Unidos escuchando a Árbol en El Mocambo de Haedo. El sonido era espantoso, el tipo me miraba con una cara como diciendo "¿Vos querés hacer firmar a esto?" y yo le decía "Detrás de este ruido yo escucho música", y me pasó mucho. Cuando conocí a Café Tacuba todavía no tenía a Surco y tardamos un año y medio porque a la banda no la quería hacer firmar nadie… Siempre tuve ese olfato para conocer en un artista algo que podía trascender, pero siempre ligado a un gusto personal, porque nunca dije "Uh, esto no me gusta pero puede andar".

En tu trabajo en cine y en varias de las versiones de las canciones de Raconto hacés un énfasis especial en el silencio, como si fuera una nota más dentro de las canciones ¿De dónde viene esa fijación?
No sé de dónde viene, pero es una cosa natural y que la tengo desde muy chico. No podría decir de dónde sale, pero es algo natural el uso de la espera porque le da valoración a las notas. Una de las cosas que yo quería en Raconto era que se lo percibiera como un álbum de estudio, no como un registro en vivo. Está grabado en vivo, pero en ningún lado del disco te lo dice, y una de las decisiones artísticas fue jugar con el aplauso. En algunos temas los eliminé después del final, pero en un caso en particular, que es el de "Quién es la chica", se produjo un silencio impresionante en el final del tema que se prolongó hasta que la gente finalmente aplaudió. Es espectacular, es un silencio lleno de música, está sonando. Ese tema era perfecto para sacar el aplauso porque tenía el espacio para hacerlo, pero lo terminé dejando porque me encanta que la gente perciba y viva eso, termina formando parte del tema. El silencio también se toca.