19/01/2018

Daniel Melero: “Jamás pensé en componer una canción para que suene en la radio”

El ex Los Encargados no quiere tocar mil veces las mismas cosas.

Rodrigo Ottaviano / Gentileza
Daniel Melero

Casi a contramano de una tendencia que sostiene que en los últimos años las plataforma de streaming llevaron el consumo de música de los discos a los singles y las canciones sueltas, Daniel Melero concentró en el último lustro el grueso principal de su discografía. Desde 2009 a la fecha, publicó al menos un disco por año ya sea en solitario, acompañado (con Carlos Cutaia y Un)  o en el rol de interventor sonoro de material grabado con otro, como lo evidencia Desayuno en Ganímedes, firmado a dúo con Gillespi.

A todo ese se le suma que, en las últimas tres décadas, Melero se convirtió en un productor de amplio espectro, capaz de trabajar con Soda Stereo y Juana La Loca, pero también con Los Brujos, Diosque e Historia del Crimen. “Yo no sé cuántos discos he hecho con mi nombre en tapa, pero hace un tiempo hicimos el cálculo de cuántas producciones hice, y eran más de 300”, explica a modo de repaso biográfico improvisado.

A fines del 2017, Melero publicó Cristales de tiempo, el vigésimo trabajo que lleva su nombre en tapa, pero también el segundo que trabaja con el mismo grupo de apoyo después de años de desarrollar música por su propia cuenta. “Creo que desde Los Encargados, algunas veces había tocado con una banda, pero los discos los grababa yo solo. Y la verdad es que se facilita mucho la creación cuando te multiplican los demás y no te dividís solo”.

La gente que vive atrapada en el deseo de pensar “Si tengo tal aparato, voy a poder hacer tal cosa” está eludiendo enfrentar sus miedos.

¿Y de qué manera condicionó eso a tus discos?
Había veces en los que salía a presentarlos prácticamente solo. Ahora tengo una banda, y ellos también hacen sus discos y me llaman para que colabore en sus álbumes, siento que me multiplican. En la época de Acuanauta empecé a sentir que el lugar más aburrido que conocía era mi mente, porque la verdad es que me atraen demasiadas cosas a la vez y me gusta eso. Algunas veces, cuando tenía gente que me acompañaba pero con la que no había tenido una creación en conjunto, sentía que a mí me faltaba liderazgo. Pero lo sentía como una virtud, no como un defecto. Yo no quería ser un líder y también lo fui comprendiendo. Estar rodeado de artistas es de lo que siempre se trató mi vida. Gente que de alguna manera u otra admiro y tengo la suerte de que me acepte, y que los puedo interesar para involucrarse en cosas tan inespecíficas como ir a grabar sin saber qué vamos a hacer. Adoro esa idea que tienen en el lenguaje los ingleses de “play music”, que puede ser “tocar” o “jugar”. Tocar la música me parece medio asqueroso, andar manoseando la música es lo peor que podés hacer. En cambio, jugar música es otra cosa, y eso es lo que a mí me gusta.

De hecho, tus presentaciones en vivo se aferran más a esa segunda lectura.
El que quiere escuchar el disco no lo va a encontrar ahí, pero probablemente lo que va a ver, si se toca un tema de un disco que haya supuestamente lanzado, es cómo lo estamos viendo ese día, porque para mí es mucho más teatral la situación de la música. El valor de un show en vivo, para mí, está en la teatralidad que tiene que ver con no utilizar pistas, por ejemplo, que son una presunción de qué va a suceder. En ese sentido, es mucho más setentista la postura, más cercana a grupos como Can, sin que la música se trate de eso. Inclusive, ahora que estamos que estamos empezando a tocar temas de Cristales de tiempo, lo que a mí me parecía y llevé a la banda como idea, es que los veamos también en un contexto de qué queremos decir ese día, qué nos pasa, qué está pasando en la entropía con el público. Para mí tiene objetivos mucho más profundos que a ver si baten sus palmas, no se trata de eso sino de qué tipo de silencio, qué tipo de manera de estar viendo el show esa noche, qué te afecta. Si vos venís haciendo tu gimnasia, sos el anfitrión de una fiesta en la que vos mismo te aburrirías.

El disco como objeto fue perdiendo cada vez más valor en la era del streaming y sin embargo vos estás editando más álbumes que nunca.
Siempre me resultó irrelevante el contexto social de cómo se escuchaba la música, y la portabilidad de la música de alguna manera ya existía con el walkman o el discman. A mí me llaman la atención algunas variables tecnológicas, como que no existe el tiempo negativo y no podés meter temas ocultos en una cuenta regresiva donde si la persona no aprieta un botón no lo escucha. Pensando en eso, y sabiendo lo inútil que pasó a ser un CD, es donde empiezo a creer que estaría bueno sacar el vinilo y lo que se escuche en Spotify sean los temas pero con otra edición. Hay temas que en el disco duran 6 minutos pero en digital duran 12 o 14, y en ese sentido me gusta mucho el edit del digital. Después, si la gente va a escuchar un tema por vez o todo ese asunto… uno no debe estar teniendo presunciones de qué van a hacer con tu música y tener una postura moral alrededor de eso.

¿Y a qué responde entonces?
A la manera en la que pienso cuando estoy elaborando cualquier disco, que es que sea como un vehículo que pueda ser manejado por quien lo posee o accede a él. Cuando escribo, trato de que se entienda de que eso tiene un significado, pero que no sea necesariamente el que yo quise darle, y en ese sentido no me representa ningún problema cómo escucha la gente ni nada, más allá de no estar respondiendo a un plan que no tengo. Jamás pensé en componer una canción para que suene en la radio, pero era más víctima de ese tipo de información en otro  momento. Hoy no estoy muy enterado de cómo funcionan los rankings, y cuando escucho música de fondo en la tele o haciendo zapping, me cruzo con algo y casi ni conozco a los artistas, pero me la paso escuchando música.  La versión de “Sangre en el volcán” de Piano 2 se ve que entró en uno de esos playlists de Spotify de una cafetería francesa o algo así, y es la primera vez que tengo más de un millón de escuchas. Me halaga, pero yo no lo hice para eso y no me molesta que ocurra.

Recién hablabas de lanzar el disco en vinilo como una novedad, pero es el formato con el que empezaste a hacer música.
Uno de los problemas es que yo atravesé todos los formatos, ahora escucho mp3. Yo sé hacer un vinilo, es la tecnología con la que hice mis primeros discos y mis primeras producciones, hasta sé organizarlo de una manera en la que contenga los defectos que el vinilo le agrega a la música. No es que suenan mejor, se deterioran, o sea que la primera vez que lo oís es la que mejor lo vas a escuchar y de ahí en demás es desgaste. Eso me encanta, hay algo orgánico. Después está que el vinilo tiene una situación hermosa que busqué tener en el CD, y es que es que al darlo vuelta decidís seguir escuchando. Eso renueva la capacidad de audición, y dura más o menos una cantidad de tiempo que la atención humana funciona bastante bien. El exceso de tener 60, 70 minutos de música hace que sea agotadora la experiencia, salvo que seas un joven ávido y fanático. El vinilo te dice “este es un discurso, ahora viene otro”, y vos decidís escucharlo o no. Al final, la música es teatral y después está la música grabada. Estamos en la era de la replicación, y por eso me interesa que mis shows sean todos distintos, para que sea que “este día pasó esto”.

¿No te interesa repetir ese momento?
No. Vivimos en una era de prosumidores, consumidores que generan contenido para alguna plataforma. Lo vas a poder ver con un pésimo sonido, pero entiendo que eso significa un poco de amor. Una vez más, la música es el vehículo de quien la está escuchando. Prohibir este tipo de cosas es propio de gente que ganó demasiada plata muy fácil. Llamar piratería a que alguien comparta… La piratería está mal porque simula ser un producto. Es el disco con una tapa fotocopiada, y ahí sí puedo entender que hay una cosa que afecta a la industria. Pero que personas alrededor del mundo estén pasándose música y que después eso sea hasta deconstruido y reconstruido… Uno lo tiene que ver como símbolo de interés, amor y como valor agregado a esa música.

¿Y de qué manera es posible manejarse en ese escenario?
Hay que saber sortear las intenciones que uno tiene. A mí nada me obliga, tengo un contrato con la inspiración y con lo que me brindan los otros. Se me ha hecho más sencillo poder hacerlo y, cuando creo que hay algo de valor, publicarlo para que le ocurra lo que le tenga que ocurrir. Por supuesto, dado que no hay gente que ponga dinero para que yo lo haga, estoy jugando con mi presupuesto de vida. Yo tengo la misma computadora hace más de diez años y sigo masterizando con esa, no me interesa tener el último sistema operativo de nada, porque a la vez esos sistemas no me brindan lo que necesito. Pienso mucho más en tener una filosofía de vida que ser esclavo de mis deseos. Mis deseos, que serían los de una música que todavía no supe hacer, los conservo. Y ni siquiera sé de qué se tratan, pero cuando publico un disco es porque siento que estoy por llegar a ellos, pero no tengo un deseo tecnológico alrededor. No tengo ningún dispositivo de pantalla táctil.

Pero en algún momento se creó esa fantasía alrededor tuyo.
Sí, pero también si lo pensás, en ese momento era otra la tecnología, y la verdad que esa tecnología hasta medio intuitivamente me la estaba formulando. Muchos de los aparatos con los que hice esos discos supuestamente tecnológicos fueron hechos por amigos. El otro día, en medio de la reforma que estaba haciendo en casa, descubrimos que el portero eléctrico que compramos tiene una chicharra que suena bajito. Le dije al arquitecto: “Ya que suena así, ¿no podés hacer que le mande wi fi a un timbre inalámbrico para que yo lo pueda mover para cualquier lado?”, y me lo va a traer en unos días. Por ahí es algo que ya existe, pero es mirar lo que hay y pensar qué podría ser lo que necesito. Creo que el último sintetizador que compré es un Roland JD 800, que me lo trajo Gustavo (Cerati) de Estados Unidos en 1989. También tuve que vender muchos aparatos que tenía en los 80 porque no tenía dinero ni para viajar en colectivo. Nunca sentí que dependa de una herramienta.

Pero todo vuelve, y ahora esos equipos que hasta hace poco eran tecnología antigua, son tope de gama de nuevo ahora.
Hay dos cosas que conservo: mi primera guitarra acústica, que es con la que sigo grabando los discos, y mi primer sintetizador, que vale un dineral. Ese dineral yo lo podría poner en, no sé, libros o un viaje, porque prefiero un plug in que mi grandioso sintetizador, porque cuando estos equipos tienen mucho tiempo empiezan a fallar. Pero nunca hay que venderlo si falla, porque va a ser algo único. El JD 800 también es un aparato increíble, está repleto de cosas, parece una consola, y falla de una manera impresionante. Y yo digo: “Qué maravilla, grabemos en el momento en que está fallando”, porque ya lo veo como un instrumento que me va a llevar a un lugar impensable. Antes sabía controlarlo y funcionaba, íbamos de gira con Soda Stereo y salían los sonidos que tenían que salir. El error de un aparato te impone a vos otro estilo, entonces son todos juegos. Creo que la gente que vive atrapada en el deseo de pensar “Si tengo tal aparato, voy a poder hacer tal cosa” está eludiendo enfrentar sus miedos.