04/08/2017

Mi Amigo Invencible: “Nuestra obra siempre hizo hincapié en la belleza de lo feo”

Relatos de una banda que maduró entre dos ciudades.

Inzendies / Gentileza

Uno de los fenómenos más destacados del rock argentino durante el último año llegó desde Mendoza. Perras on the Beach (y su frontman Simón Poxyran), Usted Señálemelo, Pasado Verde y Luca Bocci son nombres que cada vez se hacen más (re) conocidos en el ambiente y que forman parte de una generación de artistas que tiene la intención manifiesta de oxigenar al rock argentino. Pero para entender este florecimiento cuyano actual -o, al menos, su reconocimiento en suelo porteño- es necesario mencionar y desentrañar un nombre clave: Mi Amigo Invencible. Nacidos en Mendoza y radicados en Buenos Aires, su combo de canciones folk, guitarras a lo Pavement, ritmos lúdicos, letras introspectivas y un vivo poderoso no sólo la convirtió en una de las bandas más importantes de la escena indie porteña, sino que les dio el reconocimiento de ser el mascarón de proa de la efervescencia musical en su provincia.

El próximo 5 de agosto la banda celebrará sus diez años con un show en Niceto Club (Niceto Vega 5510, CABA) junto a Las Ligas Menores y Las Cosas Que Pasan. Además, hace unos días lanzaron el single Nuestra noche, que lo definen como “de transición” con el próximo disco que planean publicar en enero de 2018. En el nuevo álbum están trabajando en la producción junto a Shaman Herrera, y prometen apuntar a un sonido más “rockero y nocturno” que capture la energía de sus shows en vivo. “Todo nace a partir del suceso de Mendoza”, explica Mariano di Cesare, voz y compositor principal. “Nos transformó. Estamos aprendiendo de estos pibes, vemos cosas en ellos que nos hicieron sacar ciertos prejuicios para encarar la música nueva. Para nosotros fue renovador”.

Di Cesare junto a Mariano Castro (segunda voz y co-compositor) son las caras más visibles de este sexteto que maduró entre dos ciudades. “Mendoza y Buenos Aires son dos lugares distintos y los dos son necesarios”, reflexiona el primero. La frase es un buen resumen de la historia de este grupo, porque su ascenso puede verse como el relato de una banda que forjó su camino al dejar atrás su casa para establecerse en la gran ciudad, que construyó una obra reflexionando sobre esa distancia y, a fuerza de ello, le marcó el paso a una nueva generación de artistas coterráneos.

En Mendoza siempre se les dio bola a las bandas de afuera, y el hecho de que nosotros hayamos venido a Buenos Aires, hizo que empezara a crecer la cantidad de gente. Pero se iban dando cuenta de que también éramos una banda de Mendoza, que no éramos Los Enanitos Verdes.

En la prehistoria de Mi Amigo Invencible tocaban punk y hardcore. ¿Qué produjo la transformación?
Mariano di Cesare: En 2007 tenía unas canciones que no habían entrado en ninguna banda porque todas tenían un estilo definido: punk melódico, hardcore, metal en algún momento, pero era todo genérico. Y de repente empezamos a escuchar discos que no entraban en ninguna de esas cosas.

Dijiste que Navidad de reserva de El Mató a un Policía Motorizado te cambió en varios aspectos. ¿Cómo fue ese momento?
MdC: Era en 2006, una tarde en la montaña estábamos a punto de tocar con una banda que se llamaba Los Goonies. Vino él (lo señala a Castro) y me dijo: “Boludo, mirá lo que tengo”. Estábamos re de pepa, en una situación de atardecer, a punto de tocar, y puso eso… y entre el ácido, la montaña, El Mató y la potencia de esas tres cosas, ¿cómo no me va a cambiar la vida?

¿Qué fue lo que les llamó tanto la atención?
MdC: La sencillez frente a todo lo que se venía escuchando. Nosotros teníamos una imagen desde Mendoza hacia Buenos Aires de que la pose era lo único que reinaba para que tu música garpara. El Mató vino a decir: “Che, esto es mucho más relajado, podés ser vos”.
Mariano Castro: El Mató nos estaba enseñando un montón de cosas de una manera amable, sin soberbia.

Y ahí arrancaron la banda…
MdC: Tenía esas canciones que no habían entrado, y antes de venir a Buenos Aires dije “Bueno, saco esto” (el primer álbum, Guaper, la tenaza que corta el alambre del corral). Lo grabé solo, pero le pedí a Nico (Voloshin, guitarrista) que me ayudara, y con Mariano también me pasó lo mismo, me ayudó con las letras. Toda esa etapa son como demos, no había producción musical. Era más fresco, más lúdico, más desprolijo. A partir Relatos de un incendio (2011), que nos establecimos los seis, comienzan los discos. Hicimos la mudanza a Buenos Aires, nos consolidamos como grupo y la carga creativa se repartió entre todos.

Con Relatos de un incendio y mucho más con La Nostalgia Soundsystem y La danza de los principiantes desarrollan el concepto de la nostalgia y la mirada al pasado ¿Cuánto influyó haberse mudado a Buenos Aires?
MdC: Creo que todo.
MC: Viste que el soundsystem jamaiquino era lo que sonaba en las calles. Flasheabamos que el soundsystem de acá era nostálgico, siempre el recuerdo de que algo pasado estuvo mejor. Sentíamos que la nostalgia era un punto de encuentro entre Mendoza y Buenos Aires, pero en realidad lo que vimos fue que nosotros estábamos nostálgicos y por eso veíamos todo así. Era una descripción más que una crítica: no hacíamos un juicio de valor sobre la nostalgia, formábamos parte de eso.

En sus canciones hay una relación conflictiva con sus casas…
MC: Cuando cambiás de ciudad, el cambio va con vos y no te vas dando cuenta de eso. No te vas dando cuenta de que al vecino le están saliendo canas, es todo paulatino. Pero cuando pasa un año y volvés a Mendoza te das cuenta de que los cambios son más fuertes. A veces es un espejo bastante duro de asimilar. Al rato ya te engranás de vuelta, pero el primer choque es como medio contrastante. A mi me pasó que la primera vez que volví a Mendoza después de ocho meses, fui a mi casa, salió mi perro, se me quedó mirando y se fue directo a la cucha.
MdC: Uhhh , ¿posta te pasó eso?
MC: Sí, se fue como diciéndome “me dejaste, sos un hijo de puta”. Al día siguiente salió de la cucha y se puso al lado mío como diciendo “bueno, ya está”. Igual le rompí el corazón de vuelta porque me fui a los dos días (risas).

¿Idealizan Mendoza cuando pasan mucho tiempo sin ir?
MdC: Sí, nunca me ha dejado de pasar. Nunca he dejado de verla con añoranza y con ganas de estar ahí todo el tiempo. Sin embargo, seguramente voy a estar en Mendoza diciendo “acá mucho más tiempo no puedo estar”.
MC: Hay una cuestión de que de lejos están todas buenas. A lo que está muy lejos no le ves las rajaduras o las cicatrices, sólo cuando te acercás te das cuenta de los defectos. Nos pasaba desde Mendoza también: veíamos a Buenos Aires como algo impresionante, y venís acá y encontrás otras cosas. Creo que nuestra obra siempre hizo hincapié eso eso: en la belleza de lo feo.

Hay sensaciones que ustedes describen, como la nostalgia o la melancolía, que no son agradables…
MdC: Sí, pero uno las necesita. Cuando llegan, no les cerrás la puerta, porque hay algo del sufrimiento que nos gusta y nosotros lo trasladamos al arte. El arte te ayuda a que esas sensaciones tengan un grado de belleza.
MC: Te acercás a la piba que viste de lejos, y tiene una cicatriz en la cara…y terminás enamorándote de esa cicatriz. Pasás un montón de tiempo buscando algo que sea perfecto y es re frustrante y estúpido, es superficial. El arte te ayuda aceptar una realidad con una belleza reveladora. Es lo sincero.

¿Se sienten expuestos cantando con tanta introspección?
MdC: No. La exposición ya está desde Instagram. Las canciones nacen de un lugar personal, pero una vez que se la mostré a otra persona, ya empezó a separarse. Hablan de nosotros y hablan de otras personas. En La danza de los principiantes escribimos puras ficciones, casi películas, no estábamos relatando nuestras vidas, pero a los 15 días que salió el disco me sentía una marioneta de las canciones. Nos cayeron después.
MC: Me sentiría más expuesto cantando algo que no siento. No podría hacerlo.

¿Cómo cambió la relación de Mendoza hacia ustedes?
MdC: En Mendoza tuvimos el público más difícil. Fuimos la primera banda del indie y tuvimos que empezar a tocar algo que estaba fuera de género. Formamos parte de una vanguardia, tuvimos que romper una estructura y nos costó mucho. Allá siempre se les dio bola a las bandas de afuera, y el hecho de que nosotros hayamos venido a Buenos Aires hizo que cuando volvíamos empezara a crecer la cantidad de gente. Pero se iban dando cuenta de que nosotros éramos también una banda de Mendoza, que no éramos Los Enanitos Verdes.

¿Sienten que Mi Amigo Invencible le allanó el camino a la nueva generación de artistas mendocinos?
M
dC: Creo que sí, fuimos la punta de lanza. Mendoza siempre fue bastante genérica, que no quiere decir que haya habido música mala. Pero nosotros, junto a otras bandas, comenzamos a investigar en un sonido que estaba más ligado a lo global. Ahora se está cosechando esa siembra que nosotros dejamos. Cuando Simón (Poxyran) sacó su disco solista le escribí agradeciéndole por lo que me estaba enseñando y él me respondió: “Esto es posible gracias a que ustedes me hicieron dar cuenta de que se podían hacer las cosas”.
MC: Sin darnos cuenta, generamos una estructura, un público, un lugar para tocar. Vos hacés las cosas que tenés que hacer, pero también tiene que haber un tiempo y espacio. Sin Simón Poxyran, Usted Señálemelo y Luca Bocci, que tienen un talento de la puta madre, no hubiera pasado eso. Uno tiende a pensar que las cosas pasan por lo que hace uno, pero siempre son más colectivas. Gracias a nosotros, el talento de ellos y de que los padres que eran músicos armaron unos buenos estudios de grabación, se armó toda una bola de nieve que ahora está explotando. El error es creer que esos hechos son fortuitos.