03/02/2021

Pablo Martín, un argentino en la escena del rock neoyorquino

De El Corte a Tom Tom Club y las "Canciones secretas".

Gentileza
Pablo Martín

El nombre de Pablo Martín no aparece de inmediato en la memoria cuando se piensa en el rock argentino. Y tiene lógica, porque aunque el músico formó parte de El Corte, El Vértice, Amor Indio y algunas bandas más, la mayor parte de su carrera como bajista, guitarrista, productor y técnico de sonido se desarrolló en Nueva York. Y allí, en un departamento de Harlem a tres cuadras del río Hudson, le dio forma a su primer disco solista, Canciones secretas, que apareció a fines del año pasado. Eso además de ser el violero de Tom Tom Club, la banda que Chris Frantz y Tina Weymouth armaron en sus últimos años como base de Talking Heads.

Pero para llegar a este presente (pre pandémico, en todo caso) de mucho trabajo para Pablo Martín en la Gran Manzana, mejor comenzar por el inicio. "Yo tenía 17 años, era un pendejo recién salido del secundario", recuerda el músico. "Estaba tocando con la primera versión de El Vértice, con Gigio González, y Sergio Rotman, que trabajaba en el falso Tower Records de Lacroze, me llamó un día y me dijo: 'Che, ¿querés tocar con Frappé?'" El dúo pop formado por Javier Calamaro y Hernán Reyna ya había publicado su álbum debut y el corte "En la cama" había funcionado relativamente bien. "Cuando fui a conocerlos, lo hice con todo el prejuicio, porque era un pendejo punk y no quería saber nada con lo que estaba sonando en la radio, y me encontré con estos dos que estaban haciendo el primer disco de El Corte, ya totalmente frustrados con haber sido un instrumento del pop, de haber tratado de seguir esa ruta. En un año ya los habían derrotado".

Como la dupla aún tenía un contrato discográfico, se propuso hacer "algo más ambiental, pero eran los 80 y estaba toda esa cosa industrial y goth dando vueltas por ahí, que finalmente marcó el primer disco", dice Martín. "Es un disco muy raro, muy difícil de escuchar, muy denso, muy pesado. Es muy gracioso que una compañía como Interdisc haya puesto en el mercado un disco tan denso, tan hecho para confrontar. Es como jugar al ajedrez contra la computadora: en algún momento perdés. Es un disco con un sonido muy raro, en un punto muy amateur... como si fuera garage goth. Lo hicimos en un galpón de Obras Sanitarias que ellos habían conseguido no me acuerdo por qué movida. Lo ensayamos tres meses en una sala muy chiquita en la Manzana de las Luces, donde todo se escuchaba bien, y un día nos tiraron a grabarlo en un galpón gigante, con reverberancia que no terminaba nunca... Es como ensayar tu disco en la Tierra y tener que grabarlo en Marte. Y eso se nota".

Ese álbum debut y el otro que grabó El Corte, El camino contrario, serán reeditados en CD por el sello Twilight Records. "En ese momento, todo era una gran decepción todo el tiempo. Pocas cosas arrancaban... Y cuando cayó el tema de la hiperinflación nos derrumbamos todos", recuerda Pablo Martín. Después de pasar por algunas bandas, en 1997 puso rumbo hacia el norte. "Quería cambiar de ambiente, instruirme un poco más después de tantos años de autodidacta. Me agarró ese berretín de aggiornarme, así que me puse a estudiar producción y todo eso, cosa que hice hasta 2008", explica.

Video capturado con Motorola 8G

¿En paralelo tocabas?
Sí, pero me sacaba mucho tiempo trabajar con música de otra gente, aprender otros estilos, aprender a vivir en otro país. Cuando llegué en el 97 buscando rock, Nueva York era R&B, hip hop y merengue. Y ahí tuve que aprender, porque si quería trabajar en el estudio debía hacerlo con eso. Aprendí otra forma de trabajo.

¿Tenías algún contacto? ¿Cómo llegaste ahí?
Reventé ahorros... Era el 1 a 1, entonces no me costó tanto irme. Tenía un departamento en Buenos Aires que alquilé y tenía amigos en Nueva York. Primero me fui a California pero no me gustó para vivir y un amigo me dijo que me fuera para Nueva York, que ahí estaba bueno. Vine para acá y me quedé, no volví nunca más.

¿Cómo te insertaste en esa movida ajena?
Trabajé en varios estudios como asistente y como fui uno de los primeros ingenieros que aprendió Pro Tools, me convertí como en un puente entre los viejos ingenieros y la nueva tecnología. Al principio el Pro Tools costaba 30 mil dólares y era la cosa nueva, pero cuando empezó a pintar por 500 dólares se cayó todo, porque todo el mundo grababa en su casa. Fue un bajón para toda la industria. En un momento ya era un ingeniero establecido, y en 2008 desapareció de nuevo la industria, con la caída del CD y todo eso. Cerró todo, fue como si nos sacaran el piso. Tuve que volver a empezar y decidí volver a hacer música. Estaba a punto de volverme a Buenos Aires, pero pensé que había ido a Nueva York para hacer música y probé con tocar en bandas.

En ese punto, volvió a aparecer como contacto crucial Sergio Rotman, que para entonces vivía en Puerto Rico. "Me llamó y me dijo '¿Por qué no hacemos unos shows con Mimi (Maura) en Nueva York? ¿Conocés gente?' Les dije que sí, que armábamos una banda, e hicimos un par de shows. Ahí conocí a Chris Frantz y Tina Weymouth, de Tom Tom Club, que justo meses después estaban buscando un guitarrista y le preguntaron a Sergio. Ellos sabían que la banda que habíamos armado había ensayado dos veces y que había sonado muy bien. En este tipo de gigs con este tipo de bandas lo que importa no es el virtuosismo sino la capacidad de llevar adelante un show y no perder tiempo. Es tan simple como eso. Tenés que tener la sensibilidad como para 'bancarte' la música y hacerla de acuerdo a cómo fue escrita".

Aunque Pablo Martín tocaba el bajo, los ex Talking Heads lo llamaron para cubrir el puesto de guitarrista. "Mi idea era hacer la audición para tocar con ellos, tener la experiencia y decirle a mis amigos que había tocado con Chris y Tina, pero en un momento le pregunté a Chris cuánta gente había para audicionar y me dijo 'Nadie, vos solo'. Ahí ya me puse en una situación en la que no podía hacer quedar mal ni a mi mejor amigo ni a los héroes de mi vida... ni a mí mismo. Entonces, me senté durante tres meses en Buenos Aires, con la guitarra de una amiga, para diseñar una estética de la guitarra para Tom Tom Club".

El músico volvió a Nueva York, hizo la audición y a Weymouth y Frantz les gustó. "Hicimos un ensayo y al otro día me empezaron a llegar faxes: 'la semana que viene nos vamos a Londres', 'la otra semana tenemos un show con Devo', 'en dos meses nos vamos de gira con Psychedelic Furs'", memora Pablo Martín. "¡De repente estaba insertado en la discografía de mi infancia! Es muy raro, porque cuando sos chico agarrás la viola y fantaseás que de grande vas a tocar en una banda así, pero nunca me había imaginado que iba a terminar ahí".

Martín no sólo sigue siendo el guitarrista de Tom Tom Club sino que hasta compuso para Downtown Rockers, el último disco de la banda. "Mucha de la gente de esa época está sobria: se arruinaron en los 80 y los que quedaron no hacen ninguna. Entonces tienen otra perspectiva, son mucho más simples, directos y agradecidos de lo que les tocó y de haber sobrevivido. Chris y Tina no, ellos siguen en la suya, pero mucha gente de ese círculo es así, con agradecimiento de lo que les tocó... ¡que fue la golden age! Vivieron eso y sobrevivieron a la que se vino después", explica el argentino.

Bueno, estás en la discografía de tu infancia. ¿Cómo fue el trato con ellos y tocar una base que cambió un montón de cosas en la estética del rock?
Esa era mi mayor curiosidad, pero estaba bien preparado. Sabía cómo era el show, sabía cómo tenía que tocar. Aprendí todas mis partes, todo lo que tenía que hacer. Si ellos tenían que acordarse de un tema y estudiarlo, yo ya lo sabía. En un punto, era como tocar con cualquier banda competente, lo cual para mí fue un alivio: por un lado, me dio validación, porque con lo de ser autodidacta y demás nunca sabía a qué nivel estaba realmente. Y me di cuenta de que estaba a ese nivel, de que podía hacerlo. Lo interesante es tener un baterista como Chris Frantz con el que nada se cae nunca. Es esa experiencia de mirarlo tocar en vivo y pensar "claro, es muy simple pero no se cae nunca". Es todo tan sólido, tan confortable, que es una sensación de seguridad muy rara. Al único baterista que vi tocar así, desde afuera, es Tony Allen. Le ves la cara y pensás "este tipo no pifió una nota en los últimos 35 años". Y Tina está en otra posición en Tom Tom que en Talking Heads, porque acá tiene que cantar y tocar el bajo, ser la frontwoman. No es fácil eso. Entonces, tiene que simplificar mucho para poder hacer las dos cosas. Y Chris es el que está atrás asegurándose de que todo está sólido.

Pablo Martín toca habitualmente con la mitad de Talking Heads, aunque también llegó a tocar con tres cuartas partes: "Hicimos shows con Jerry Harrison, o sea que estaban ellos tres y yo. Muy raro. Pero estaba trabajando, tenía problemas de monitores, Jerry no estaba en el rider entonces había que conectarlo... Son cosas de estrés que pasan, en ese momento estaba esperando que termine el show para que estuviera todo bien, y tres meses después estaba en el subte y de golpe me acordé. 'Guau, estuve tocando con tres Talking Heads en el escenario'... y no pude disfrutarlo porque tenía problemas de monitoreo".

En paralelo a su labor en Tom Tom Club, Martín es parte de dos bandas muy diferentes: The Du-Rites y Lulu Lewis. La primera la comparte con Jay Mumford, quien en la década anterior dejó de rapear y se sentó a la batería. "Empezamos a hacer estos discos de funk instrumental y nos va súper bien. Es un nicho pequeño, pero es con lo que mejor me fue en mi vida. Hicimos cosas con Eddie Palmieri, con Ghostface Killah... Logramos tener un sonido auténtico y personal en un género en el que está todo dicho y hecho". Del funk instrumental a un "soul medio gótico": Lulu Lewis, la banda que comparte con su mujer, la cantante Dylan Hundley, con participaciones de Brendan Canty (ex Fugazi) y de JD Daugherty (Patti Smith). "Ella siempre estuvo conectada con la historia de Nueva York: nació acá y las vivió todas, los contactos vienen de su lado", reconoce el guitarrista.

Y, entonces sí, de regreso a las Canciones secretas de Pablo Martín. "Son secretas porque estuvieron guardadas mucho tiempo en un hard drive y porque durante mucho tiempo las había descartado", dice. "Tienen un componente emotivo, casi romántico, que no es algo que yo haga. Pero en este momento tuve que sacarme el escudo de la ironía, la bronca y el punk rock: a veces hay que cantarle al amor y todo eso. Y es muy complicado exponerse en ese sentido. Y hacerlo bien, sin que sea un cliché. Es una parte de mi carrera artística que nunca había hecho, pero si no le cantás al amor nunca vas a ser un artista completo. Entonces, si lo iba a hacer, tenía que ser de frente: con mi nombre, en castellano y con este contenido".

"El disco es, en muchos sentidos, producto de la pandemia", amplía después de la entrevista Martín vía mail. "No solo como actividad para sobrellevar lo que fue el encierro inicial, sino que yo también la viví de cerca", dice. El músico contrajo Covid-19 en marzo, cuando todavía era todo incertidumbre, y lo pasó bastante mal. "Estuve dos dias en esa encrucijada en las cuales tuve que decidir si me iba a un hospital o no. Decidí que, pasara lo que pasara, preferia morirme en casa entre mis discos y mis libros antes que morirme en un hospital solo y dejando deudas impagables. Para tomar esa decisión no te queda otra que hacer un balance como para convencerte de que estás listo. Tuve suerte, pude hacer lo que quise, tengo un legado decente, ya está, estoy conforme".

Pero... siempre hay un pero: "En el balance, sólo apareció una historia que me hubiese gustado poder resolver, poder pedir disculpas y oír lo que tuviesen qué decir. Pero pasaron dos días y zafé, así que quedó ahí. Un par meses más tarde, me invitaron a hacer una nota de periodismo remoto para la revista Lugares, que tenía que ver con sacar unas fotos sobre Nueva York en la pandemia y ahí conté lo del Covid. Fue la nota lo que hizo que me llegara un mensaje: 'Estuve pensando en la muerte también este último tiempo y no me gustaría morime yo o que te mueras vos sin que antes podamos hablar'. Cuestión que tuve la oportunidad incluso de poder resolver ese pendiente. Fue un alivio pero no fue fácil. Canciones secretas es un tótem de esta historia, para mí al menos; conceptualmente fue la motivación para llevarlo a cabo. Para mí es un recordatorio de que cuando podés optar entre hacer las cosas bien o mal, todo es mejor cuando al menos tratas de hacerlas bien... ponele".