16/02/2022

Martín Elizalde y las canciones forjadas a la hora del calor

Dos décadas de un repertorio concebido en ambos márgenes del Río de la Plata.

Philippe Caillon / Gentileza
Martín Elizalde

A lo largo de 20 años, Martín Elizalde forjó una carrera de una raíz innegablemente rioplatense. Ya fuera al frente de Falsos Profetas o en su recorrido en solitario, hizo y hace composiciones en las que la música de ambas orillas marcó presencia desde el minuto cero. Sin embargo, con el pasar del tiempo, Elizalde fue encontrando la manera de llevar ese repertorio a un formato de canción más simple, lejos del aire de arrabal. “Si bien los últimos discos de los Falsos eran más rockeros, todavía conservaban ese espíritu. Hubo como un resurgimiento del tango a fines de los 90 y estábamos a pleno con eso. Nos parecía una locura y mezclarlo con el rock es un desafío hermoso que me encanta que hayamos hecho”, dice el cantante y tecladista sobre una búsqueda artística que celebra sus dos décadas de vida este miércoles en Lucille (Gorriti 5520).

Elizalde comenzó su carrera solista cuando todavía era parte de Falsos Profetas y en esa búsqueda por su cuenta se permitió comenzar a dejar de lado algunos recursos que habían sido parte estable de su obra hasta ese entonces, algo que se acrecentó luego de la disolución del grupo. “Después de la separación, el primer disco que hice fue La distancia perfecta, y fue el primero que hice sin que hubiera un fuelle. Me propuse reemplazarlo por un Hammond y de repente el cambio servía para mis canciones”, dice.

La otra pieza clave, asegura, fue conseguir a los socios adecuados para esta nueva aventura: desde un principio lo acompaña su banda estable, Los Hermanos Soloman (con Agustín Macías en bajo, Augusto Coronel Díaz en guitarra y Alex Fank en batería), que le permite bucear hacia nuevos sonidos. “Cuando estaba viendo cómo armar la banda, conocí a Augusto, y cuando me dijo que sus dos guitarristas favoritos eran Marc Ribot y Nels Cline me dije ‘Hagamos cosas juntos’, y entre todos armamos una banda con pulso más rockero”, explica. 

Aunque esa búsqueda rockera tiene algo de novedad para Martín Elizalde, el link temporal guía hacia los 70, cuando pianistas como Warren Zevon, Harry Nilsson, Elton John o Billy Joel se impusieron como estrellas por peso propio. “La sonoridad del piano es algo que en los últimos años me fue volviendo loco y es el sonido al que quiero llevar mis canciones. El piano en el rock es un desafío porque hay muchos sonidos muy diferentes y con esta formación solo toco en salas que tengan uno acústico, porque me gusta cómo suena y ensambla la madera con la batería”, explica. La elección del instrumento también tiene una suerte de vínculo personal: “El piano con el que grabo es con el que aprendí a tocar a los 13 en la casa de mis viejos. Tiene un sonido medio particular; no es un Steinway pero es el que usé toda mi vida”, completa.

Aunque Amor de trinchera, su primer disco, fue producido por Acho Estol de La Chicana, de a poco Martín Elizalde comenzó a interiorizarse más en el proceso de creación de su propia obra. “A partir de Chaparrón empecé a proponerme cosas que no hacía, más experimentales que lo que solía hacer, cada vez fui estudiando más. Al principio quería hacer buenas canciones y con el tiempo me di cuenta que la producción es una herramienta compositiva también, entonces avancé dejando esos procesos a amigos super talentosos. A mi último disco lo mezclé yo y estoy re contento con el resultado, porque pude comprobar que tener un control de cada etapa del proceso creativo llegás a distintos resultados”.

El álbum al que se refiere Elizalde es A la hora del calor, que verá la luz más adelante este año, y del cual ya se conoce “Amigo”, su primer corte. Después de una carrera de once discos, asegura que el mayor aprendizaje del recorrido es privilegiar la máxima difundida por el arquitecto Mies Van der Rohe: menos es más. “Yo antes trataba de mostrar más lo que sabía cuando me ponía a tocar el piano o escribir letras, y con el tiempo fui yendo más a lo simple. Este disco tiene mucho más aire, es menos forzado y es dificilísimo llegar a ese estado donde todo está en el lugar que tiene que estar”, explica.

La búsqueda tiene un doble mérito también al tratarse de un terreno compositivo con más límites que libertades, algo que asegura tener presente. “Yo no soy ni voy a ser una tendencia, pero con el formato de canción que hago me sería muy fácil caer en ciertos lugares donde no me gustaría. Me parece divertido poder ir trabajando para llevar estas influencias a otro lado”, dice.

Saberse ajeno a las tendencias no necesariamente significa carecer de una vocación de trascendencia y Elizalde lo sabe. “Uno siempre tiene el deseo de que lo que uno hace se amplifique más. Trato de hacer canciones que me gustaría que suenen en la radio y no que se parezca a las que efectivamente suenan”, aclara, aunque hace la salvedad de reconocer el mérito en los artistas de una nueva generación que buscan romper los moldes. La clave, asegura, es mantener el compromiso con la obra propia: “Es imposible hacer canciones y grabarlas si no te gusta lo que hacés. No soportaría sacar discos que no me gusten. Puede pasar con el tiempo, pero al momento de sacarlos siento que es lo mejor que tengo que sacar en ese momento. Cuando sienta que me estoy repitiendo, dejo de hacer canciones. Hay algo que me empuja, pero sé que si me deja de gustar lo que hago, no lo hago más”.