15/05/2019

Guillermo Beresñak quiere dejar de ser el secreto mejor guardado

Un músico en la tremenda dimensión del amor.

Cecilia Salas
Guillermo Beresñak

En 17 años de trayectoria, Guillermo Beresñak ha alimentado un currículum tan abultado como ecléctico: arrancó con el grupo Antü, hizo música electrónica con el dúo Le Mikrokosmos (junto a Pablo Retamero), produjo y grabó las canciones de biopics como Gilda, no me arrepiento de este amorEl Potro, estuvo tras la consola en discos de Miss Bolivia y Kumbia Queers -entre muchos otros-, trabajó junto a Diego Maradona en la canción argentina del último Mundial y grabó cinco discos como solista. El más reciente de ellos, La tremenda dimensión, tendrá su presentación oficial mañana jueves 16 en Niceto Club

¿Por qué, entonces, Guillermo Beresñak continúa siendo “el secreto mejor guardado” de la escena local y su nombre no ha trascendido más? “Hoy en día hay muchos artistas jóvenes que surgen de un modo muy fuerte, a partir del movimiento del trap y de las redes sociales, pero en mi caso es algo que se ha ido construyendo muy de a poquito”, explica este cantante, compositor, músico y productor. “Espero dejar de ser un secreto pronto… Creo que haber producido muchos discos en paralelo a mi carrera como artista ha hecho que tenga que dividirme y generó que mermara un poco el trabajo que tenía como artista, que no es sólo componer canciones sino también armar el show, hacer entrevistas, ensayar, gestionar cosas con el manager… Todo eso quizá lo fui llevando a un fuego muy lento”.

“Por otro lado, los cuatros discos que hice anteriormente tenían un carácter un poco más oscuro y melancólico, cosa que hace que cueste más entrar, en algunos casos”, continúa Guillermo Beresñak. Pero La tremenda dimensión es un trabajo muy diferente: “Siento que se está abriendo una puerta nueva, porque es un disco más popular en cuanto a los ritmos que tiene y es más alegre. Refleja un momento de felicidad en mi vida, de encontrarme con el amor y celebrarlo, y siento que eso genera mucha más empatía que la tristeza”, asegura.

Tener que sumergirme en el mundo de cada artista para ayudarlo a concretar sus objetivos me ha hecho abrazar cada estilo. Además, desde chico ya consumía mucha música distinta, sin prejuicios.

Paradójicamente, el lugar común es que cuando uno está triste o mal compone mejor.
Algo de eso hay, pero también creo que es una herramienta que se usa para hacernos sentir mal a los artistas, y así pagarnos poco y que tengamos una vida miserable (carcajadas). Así lo justificamos diciendo que vamos a componer mejor… Pero, en realidad, cuando somos felices también podemos escribir canciones lindas y que celebren el amor, o que sirvan para festejar, para bailar. Es cierto que buscamos la música para encontrar consuelo en nuestra pena, pero también lo hacemos para celebrar cosas lindas de la vida. Borges decía que la felicidad es un fin en sí mismo, que no hay que transformarla en nada, en cambio a la tristeza o esa clase de sentimientos, el arte ayuda a convertirlos en algo bello. Eso le da razón al lugar común que mencionabas, pero no quiere decir que no se pueda componer estando feliz, simplemente van a salir otro tipo de obras.

¿Tu eclecticismo no te jugó en contra en un panorama como el del rock argentino?
Sí, pasa algo así con los géneros… No soy un artista de cumbia, de folklore, de rock o de pop, y eso a veces hace que cueste dirigirse a un target de público, porque mi música es muy abierta. Pero creo que eso refleja lo que soy y lo más importante es ser genuino. Producir tantos estilos diferentes me ha hecho amar la música desde distintos lugares: he colaborado con gente desde el trap a la música clásica, tango, folklore, cumbia, rock, electrónica… Tener que sumergirme en el mundo de cada artista para ayudarlo a concretar sus objetivos me ha hecho abrazar cada estilo. Además, desde chico ya consumía mucha música distinta, sin prejuicios. Entonces, cuando me pongo a hacer una canción la hago sin ningún género musical y después, jugando, encuentro si es un bolero, una cumbia o hip hop.

¿La canción te llega sin estilo?
Sí. Por eso, lo mío no es tan estratégico sino más un juego musical que le pongo arriba de lo que escribí. Y quizás eso dificulta un poco delimitar el público, aunque también genera que a los shows venga un público muy diverso, de todas las edades. Me gusta que haya gente que pueda identificarse con un vals tanguero de Francisco Canaro (“Yo no sé qué me han hecho tus ojos”) o algo del Trío Los Panchos (“Vagabundo”), y que también baile cuando hago una parte de trap y de música disco en otra canción.

¿Cómo es ese juego para determinar qué estilo tendrá cada canción?
Veo qué me propone la letra y la melodía para ver en qué paisaje sonoro voy a ubicar a la canción para que realce la emoción que quiero transmitir. Si es algo de celebración, un ritmo como la cumbia; si es algo romántico, le puede ir bien el bolero… A veces hago pruebas. El otro día compuse una balada medio Luis Miguel, medio Manzanero, pero empecé a cantarla más rápido y terminó quedando como una cumbia romántica a lo Leo Mattioli.

¿Y cómo elegís las versiones que hacés?
Trato de dejar impregnado el sello musical que estoy atravesando. Por ejemplo, en la de Francisco Canaro, hicimos una versión con bandoneón, violín, piano, contrabajo y dos guitarras criollas. Tiene algo goyenechesco, pero a la vez algo rockero, que es como mi rasgo natural. Es un poco más lenta que la original… Voy buscándole la vuelta para sentir que la canción es mía, que me deja expresarme con mi propia voz. Lo mismo hice en “Vagabundo”, de Los Panchos…

¿Y con “Me quedo contigo”? A esa canción de Los Chunguitos la hizo Manu Chao, ahora Rosalía… Parece que admite cualquier versión.
Sí, de una, es un temazo. Lo conocí por Los Chunguitos, hace mil años, pero la versión de Manu Chao fue la que me atrapó. Hace un par de años la estaba escuchando en México y me puse a tocarla en la calle, en Guadalajara. Me hicieron un videíto que me gustó y entonces seguí tocándola. Como veía que funcionaba bien en los shows, me gustaba cantarla y reflejaba el enamoramiento que estaba atravesando, la grabé en el disco. La de Rosalía salió un poquito después, le gané de mano (se ríe).

¿Cuáles son los pasos para llegar a un mayor reconocimiento?
Lo más importante es lo que puedo hacer por el proyecto, que es abocarme más. Ahora estoy lográndolo al no hacerme cargo 100 por ciento de las producciones sino armando equipos que dirijo, en lugar de estar las ocho horas de cada día. Eso me da la posibilidad de hacer esta nota, de meter más ensayos por semana, de armar más giras por el interior… Es una ficha que me cayó en este último tiempo y siento que a través de eso todo va a empezar a crecer más. También tengo que hacer discos más a menudo: del anterior a este pasaron cuatro años. La idea es hacer por lo menos un lanzamiento por año. A mí me gustaría que sea de discos enteros, aunque me dicen que hay que sacar singles.

La tremenda dimensión salió el año pasado. ¿Ya tenés otro disco listo?
Tengo cuatro canciones terminadas y seis de las que me falta terminar las letras. Está bastante avanzado. La manija del músico siempre es poder sacar más material. Además, quiero promediar cinco discos en esta década, ¡así que tengo que meterlo en 2019!