14/08/2017

Martín Elizalde canta desde el piano bar

Crónicas de una noche lluviosa de verano.

Teófilo Riadigós / Gentileza

 Martín Elizalde se siente relajado. Acaba de publicar Llueve. Es de noche. Es verano, su cuarto disco solista, y no tiene la presión de tener que presentarlo en una fecha grande. En cambio, lo distribuyó en un ciclo de shows todos los miércoles en Vuela El Pez (Av. Córdoba 4379, CABA), un espacio íntimo ubicado en la frontera entre Villa Crespo y Palermo que cuenta con un piano de pared. “Si tuviera la oportunidad de hacer un River, preferiría hacer seis Gran Rex -explica- Para mí, un recital tiene que ser una experiencia: tenés que ofrecer algo más que mostrar las canciones. En este lugar estamos ofreciendo un momento diferente donde salís del trabajo, te metés ahí y el tiempo va a otro ritmo”.

Que la presentación del disco se realice ahí busca cerrar un círculo que comenzó el año pasado cuando el ex Falsos Profetas produjo en ese espacio una serie de shows para celebrar “15 años de canciones” junto a su banda (Augusto Coronel Díaz en guitarra, Agustín Macías en bajo y Alex Frank en batería), y en donde empezó a definir el espíritu de las nuevas canciones. “La formación de nosotros cuatro tocando en el bar generó la estética que tuvo después el disco”, indica. El resultado es un disco hecho a la medida de la intimidad, construido desde la materia prima del piano, la voz y la pluma melancólica (y porteña) de Elizalde.

La carrera solista de Elizalde comenzó en 2010 cuando lanzó Amores en trinchera, mientras continuaba al frente de Falsos Profetas, una de las bandas claves del rock tanguero en la primera década del 2000. El grupo se separó en 2014, con dos shows a sala llena cuyo registro audiovisual verá la luz en un futuro próximo (¿con reunión incluida?). Desde entonces, publicó La distancia perfecta, en 2015, un trabajo abierto y más rockero, y ahora Llueve…, caracterizado por la economía de recursos, plagado de sutilezas que emergen en cada escucha. “Es un disco más austero en las palabras, hay más espacios. Hay menos verborragia musical. Estos espacios, estas pausas, están en la instrumentación, en los arreglos y en los detalles”, señala.

Desde el título, Elizalde organiza su enunciación a partir de descripciones, un recurso narrativo común de sus composiciones. “Estudié periodismo y siempre me gustaron mucho las crónicas. El poder de observación es clave y eso lo fui trasladando a las canciones. Casi todos los autores que me gustan son muy detallistas. Eso me gusta mucho de las canciones: la capacidad de describir situaciones, gestos, estados de ánimo. No hay nada más real que lo cotidiano, y lo cotidiano es lo que está cerca tuyo. Si vos podés describir eso, tomarte una pausa para describirlo, vas a poder contar mejor una historia”, explica Elizalde, que en 2014 también publicó una novela titulada No hay nada romántico en Buenos Aires. El nombre del disco también dialoga con su propia obra. “Convive el primer disco de Falsos Profetas, Vimos pasar el verano, y el primer disco que produje, Chaparrón. Quedaba un espacio en el medio, la noche, que me parecía que era el lugar donde estas canciones eran más fuertes”.

Chaparrón (2013) también fue el primer álbum que grabó en el estudio que armó en su propia casa, al que de a poco le fue dando más centralidad. Suele citar una frase que le leyó a Juan Stewart de Jaime Sin Tierra, en el que habla de usar el estudio como instrumento más. Elizalde dice que con el tiempo fue aprendiendo a hacerlo de ese modo, aprovechando las bondades de la producción. “Con este disco puntual quería que sonara a clásico pero que también fuera moderno. Cuando vas creciendo artísticamente y te proponés hacer un disco como este y lo conseguís, es una satisfacción tremenda”, afirma.

A su vez, subraya la libertad que le da tener su propio equipo: “Además de ser absolutamente independiente artísticamente, me permite no tener que hacer discos sobreproducidos. Me pasa mucho que me encuentro con amigos músicos y se metieron en tal estudio con tal productor, y se frustran porque no va gente o no venden. Uno tiene que saber el panorama con que te vas a encontrar para construir desde ahí y disfrutar el viaje de hacer música”.

“Con los Profetas empezamos a tocar en un momento en que la industria empezaba a caer -continúa- Hay mucha incertidumbre, y está bien que sea así. No hay que perderlo de vista: vas a sacar un disco y te mandás a hacer una sala para 1000 personas y tu convocatoria es para 300. Es una locura, va directo a la frustración, te va desgastando. Una cosa es la ambición y otra cosa es la construcción. Si vas a un recital y ves al músico cómodo con lo que está haciendo, te transmite calma y te comés el viaje”.