16/05/2017

De cómo un perico se transformó en Beatrice Inferno

En Isla Grande, Brasil, Gastón Gonçalves se convirtió en "el loco del ukelele".

Morámonos todos, el disco debut de Beatrice Inferno, arranca con una intro hablada acerca de quienes tienen múltiples personalidades. Y, aunque el texto no se ponga muy explícito al respecto, algo de eso hay con el hombre detrás del seudónimo: Gastón Gonçalves es muchas cosas al mismo tiempo. En principio, se lo conoce como bajista de los Pericos, pero también es parte de Ol Iu Can It (junto a los ex Árbol Sebastián Bianchini y Martín Millán), desarrolló un facebook con críticas de fugazzetas de las pizzerías porteñas (Fugazzetonga) y, a caballo de su historia familiar -su padre fue asesinado por el excomisario Patti y a su hermano Manuel lo encontraron las Abuelas de Plaza de Mayo-, también es un activo defensor de los derechos humanos.

Pero ese es Gastón. Y Beatrice Inferno, que es Gastón cada vez que se pone un vestido y agarra su ukelele, también tiene múltiples personalidades. En su disco, pasa de una hipponeada en portuñol (“Isla Grande”) a un tema que arranca surf garage y termina lleno de bronces (“Apestoso”), o de cantarle al palo a la “Tristeza” a encarar una versión muy personal de “Día de los muertos”, de El Mató a un Policía Motorizado. “Yo nunca pude componer temáticamente”, confiesa Gonçalvez-Inferno. “Las canciones me salen en el momento, derivan de los primeros acordes o de cómo esté yo ese día. Pero nunca pude decir ‘voy a hacer este género’ y que me saliera. En realidad, esto es lo que lo hace divertido, porque podemos tocar en cualquier lugar: en un festival de folklore, en uno de punk rock o un bar mitzvah. Adentro mío tengo un montón de seres, lo cual a veces también es una pesadilla, porque me hablan mucho”.

La historia de Beatrice Inferno nació con una crisis, pero la oportunidad se dio por puro azar. “En octubre de 2015 estaba intratable, me peleaba hasta con una baldosa, entonces me fui con familia a Brasil -explica Gonçalves-.  No me había llevado el ukelele, pero estando en Río de Janeiro fui a una especie de regalería y me compré el mejor ukelele que tenían, que era maso. Aunque soy zurdo, decidí no darle vuelta las cuerdas para romper un poco el preseteado que uno tiene de saber cómo se hacen las cosas. Nos fuimos a Isla Grande, que es un lugar donde no hay motores, todo se hace a pie, todas las calles son de una arena maravillosa. Y me transformé, como me decían allá, en ‘el loco del ukelele’ (risas). Es que lo tenía siempre puesto, iba caminando y tocando, charlaba y tocaba. Si hubiese sido por mí, me habría metido al mar con el ukelele”.

Mientras miraba las olas y los delfines, Gonçalves se sorprendía cada vez que alguien le preguntaba dónde podía encontrar eso que él estaba tocando. “Yo les decía que en realidad era bajista, que no hacía eso”, recuerda. Pero volvió a Buenos Aires con una veintena de canciones a medio desarrollar. “Entonces hice lo mismo que con Los Antonios, la primera banda que tuve con Juanchi (Baleirón) y Topo (Raiman), y también con Ol Iu Can It: fui a un lugar y arreglé a una fecha, una semana antes de tocar. Venía estudiando canto con Mariana Bianchini y había progresado un montón, así que estaba engolosinado. Me mandé en algo que estaba muy en veremos, tenía nueve canciones y de algunas no sabía la letra”.

“Lo que me impulsa en todos los proyectos paralelos a Pericos es que yo necesito tocar mucho”, continúa Gonçalves. “Pericos es una banda que toca un montón, pero para mí sigue siendo poco. Y la única manera de poder hacerlo es con un proyecto que pueda moldearse según la ocasión. Con Beatrice a veces toco solo, otras con banda, en Chile y en México con músicos locales… Creo que hay una actitud parecida a la que tenía el punk, que es de quiebre: no me importa, creo en esto, voy para adelante. Aunque al principio no tenía claro qué iba a hacer con Beatrice, no quería que nadie pudiera decir que no. Si alguno de la banda no puede, yo puedo tocar igual. Lo principal de este proyecto es el disfrute; no pienso hacer nada que no me guste”.

Cuando se vio obligado a grabar un par de canciones para mostrar en los lugares donde quería tocar, Gonçalves siguió adelante en el estudio. “Otra vez me engolosiné y empecé a desarrollar el disco, que hice con Sebastián Bianchini, que es mi socio en este viaje. Es un hermoso, un hermano, un músico alucinante, un gran docente y un gran motivador. Yo nunca disfruté grabar, siempre me había parecido un momento de presión horrible, incómodo, donde las cosas pierden la magia por buscar la perfección. En este disco me resultó divertida la performance, pese a que estaba ocupando un lugar nuevo, que era el de hacer todo”. Y se sorprendió cuando el sello S-Music le propuso editar Morámonos todos (que tendrá presentación el 8 de junio en Santos 4040): “Aunque mi actitud al ir a tocar sea de caradura total, siempre fui poco creyente en cuanto a esto de mostrar mis canciones, incluso dentro de Pericos. Y que a un sello le interese esta obra, que encima es de un artista que está debutando, para mí es un halago inmenso. El viaje se puso bueno… ojalá sea infinito”.