30/04/2022

Trueno, Las Pelotas, Eruca Sativa y más en Quilmes Rock 2022: diferentes maneras

Quilmes Rock

Cantar vertiginoso el de Trueno, que desde el minuto cero en el Quilmes Rock se comió un escenario inmenso como si hubiera nacido allí adentro. Al toque pateó esa puerta grande con “20.1.9”, enmascarado como la banda que lo acompañaba, todos arrancados de una película de Rob Zombie, o de una yunta bizarra entre los Slipknot y la crew entera de Kendrick Lamar. No fue ni de cerca el momento más destacado de su noche (por motivos secretos que no se habían revelado todavía), pero “Cucumelo”, bañada por luces rojas, y el flow de un pibe de 20 años con pulmones inagotables, potenciaron esa cruza silvestre entre la imaginería del terror y el salpicré de black metal. La oveja negra de la escena, en el escenario denominado “Rock”, con una banda tan sólida que simulaban un metrónomo hecho pelotas de acero, dio cuenta de que eso, justo eso a lo que se le dice “rock”, pueden ser muchas cosas.

Si Trueno tenía un centro gravitatorio de acero, Las Pelotas, por el peso de las mismas que le cuelgan, es el centro de la Tierra. Germán Daffunchio y los suyos no se oxidan nunca, son el mismísimo magma en constante ebullición. Bajo la gorra, siempre se puede adivinar la pelada ajada de Daffunchio, pero lo que hay es un jenga metálico e indivisible de clásicos. Pocas bandas en el país pueden hacer una seguidilla como fue “Cómo curan las heridas”, “Personalmente”, “Escondido bajo el brazo”, “Hasta el fondo del río”, “Será”, “Si supieras”, “Siento luego existo”, “Capitán América” y poner el moño final con “Esperando el milagro”. Y a no confundirse, no es la lista del supermercado. Es fáctico, inescrutable como una ley física. Tanto ellos, como su contraparte exsumística, pueden amuchar canciones, darle forma de bola y reventar así los cimientos de un edificio que van a permanecer intactos. Como siempre, Las Pelotas hizo alarde de su oficio y nada más. Eso es en lo único que siempre se pareció a Divididos, y si ellos son la aplanadora del rock, entonces Las Pelotas son las demoledoras.

Distinta fue la actitud con la que Vicentico planteó su show en el Quilmes Rock. El que fue en busca de un hit amable lo tuvo al cierre, cuando el vocalista se colgó la guitarra acústica y entregó una versión despojada de “Siguiendo la luna”. Los 45 minutos anteriores, en cambio, se basaron en una formato trío de tintes industriales, con un show pensado más como una experiencia visual integradora a partir de las visuales sincronizadas en el fondo de escenario. En su rol de Trent Reznor de alma rude boy, Vicentico deconstruyó sus propias canciones para reensamblarlas en vivo: “¿Quién sabe?” se convirtió en el sonido de la marcha de mil samurais a la batalla, mientras que “Creo que me enamoré” se convirtió en ceros y unos con una caja de ritmos y un sintetizador al frente. Hubo también momentos de desnudez de formato, como en el rapto fogonero de “Cuando salga” y la lectura a guitarra y voz de “Tan solo un momento”. Y quien quería baile, lo tuvo a su manera con una versión RKT de “Los caminos de la vida” y “Morir a tu lado”, ahora convertida en un dance anfetamínico. 

Virus, en cambio, funcionó por oposición. En su primer show en siete años, y como parte de una lenta despedida definitiva de su público, la banda de los hermanos Moura apeló a la mayor concentración de hits en un solo set de toda la jornada. “Imágenes paganas” y “Mirada Speed” fueron el punto de partida para un show ajustado y atravesado por la nostalgia, no solo por las canciones, sino también por la estética de los videos de fondo, con pantallas de arcades, imágenes de cassettes y aires Pagsa en más de una ocasión. Después de “Tomo lo que encuentro”, Julio Moura tomó la posta para cantar “Pronta entrega”, y acto seguido su hermano Marcelo invitó a Benito Cerati que se acoplase a “Una luna de miel en la mano” en una suerte de paso de mando del pop díscolo y provocador. Y si la seguidilla de clásicos de clásicos invitaba a sospechar sobre cierto desarrollo en piloto automático, el solo de guitarra de Julio Moura en “El probador” fue muestra de su entereza escénica a pesar del paso del tiempo, antes de que “Agujero interior” y “Wadu Wadu” oficiaran de despedida hasta la próxima.

Benito Cerati encontró la vuelta. Necesitaba una huida urgente del apellido inefable y se materializó cual puerta de emergencia, gracias a una mezcla de osadía e inteligencia que supo conjurar en su presentación. “Son todos temas nuevos. Relajen.”, le dijo al público del escenario Enigma casi atajándose. Es comprensible, su nuevo presente es capitanear una exploración de texturas, melodías y estructuras que finalmente le caben como un guante quirúrgico. En esa gesta heroica que los erróneamente llamados “hijos de” (a veces) emprenden, el fuck you de Benito  fue un manantial de potenciales. Se lo vio distinto, sin necesidad de forzar una estética sino que ésta lo forme a él mientras sacude la cabeza ensortijada.

También, por suerte, se lo escuchó diferente: grueso, potente, armado. Casi entrenado por Björk en un glaciar de Islandia. Parece como si entre Zero Kill y BC habitaran galaxias de distancia vocal e instrumental, porque se permitió un violín y se dio el lujo de sumar capas y capas de buzz. Incluso se jugó la cabeza acoplando a propósito, porque no había manera de llevar tantos sonidos fuertes y al medio en un galpón sin que eso suceda.  Y sin embargo salió airoso de su tiempo con una balada espiritual, de ascenso, como aquellas de las cuales sólo Bobby Gillespie conoce la receta. Con eso en mente, atención, quizás haya un nuevo aprendiz de alquimista en ciernes.

La propuesta sonora de Eruca Sativa parecía tener un doble vínculo con el contexto, no solo con el Quilmes Rock, sino con Tecnópolis en sí misma. Con el pasar de los años, el trío cordobés puso a su rock guitarrero y descarnado a dialogar con otras músicas, y parte de ese proceso los hizo sumergirse en la música de raíz en una mirada quizás federalista, quizás en plan regionalismo crítico. Prueba de eso fue “Sorojchi”, encargada de abrir el show, y alcanzó su máxima expresión en “Creo”, sostenida por percusión digital y una guitarra criolla, la prueba de que se puede rockear sin necesidad de pisar un pedal de distorsión. “Amor ausente” y sus aires de chacarera MIDI prometía ir por la misma senda, hasta que un solo de bajo demoledor de Brenda Martín enchufó a la banda a 220v. De ahí que después de “Para que sigamos siendo”, el final fuera una descarga eléctrica primero con “Magoo” a puro slap y funk metal, y después “Nada salvaje”, una muestra de que tradición y salvajismo pueden ir de la mano.

Créditos fotos: Rodrigo Alonso y Catriel Remedi (Vicentico, Las Pelotas), Rodrigo Alonso (Eruca Sativa), Lola Ledesma (Benito Cerati)