12/05/2018

Thundercat en Vorterix: más allá de lo evidente

Jazz, soul, hip hop y Mortal Kombat.

Pablo Astudillo / Gentileza
Thundercat

En 2016, la revista Playboy publicó un artículo titulado “Como el jazz salvó al hip hop, otra vez”. Allí se explicaba la manera en la que Terrace Martin, Kamasi Washington y Thundercat, entre otros, alentaron a los raperos a dejarse influir por otros géneros y hacer de su música una fusión de todos los sonidos de los Estados Unidos negros.

Pero acá está Thundercat, parado en el Teatro Vorterix, descollando un solo de bajo en “Captain Stupido” y recorriendo el camino inverso a lo que promulgaba la nota de Playboy, es decir: salvar al jazz desde el hip hop. ¿Salvarlo de qué? De que quede bajo la propiedad exclusiva de señores de traje que se sientan a añorar los viejos tiempos mientras revuelven sus vasos de whisky. Lo que el bajista y cantante nacido como Stephen Lee Bruner hace al frente de su trío (que completan Dennis Hamm en teclados y Justin Brown en batería) es jazz agresivo, electrificado y verborrágico, tal como lo concibe la generación hip hop.

Con la lista de temas de Drunk (2017) como columna vertebral -los cinco primeros temas del show fueron los cinco primeros temas del disco-, Thundercat dedicó la primera parte del repertorio a poner en evidencia las destrezas musicales del grupo, que mantiene el groove incluso cuando se dispara a velocidades supersónicas, como si Prince le hiciera un tributo a Jaco Pastorius. En la segunda mitad, a partir la balada “Hard Times”, el trío fue directo al hueso, las versiones se volvieron más respetuosas de las originales y se sucedieron como un muestrario de aguafuertes souleras, que tuvo a “Drink Dat” uno de sus puntos más altos.

Thundercat

“¿Quién de acá juega al Mortal Kombat?”, preguntó mientras maniobraba el pie del micrófonos en una de sus pocas intervenciones. De gorra roja, zapatillas andrajosas repletas de pins, remera negra, colgantes dorados y short de seda como si recién saliera de una clase de Muay Thai, Thundercat es un buda que juega a la Play Station. Después de su exposición gamer, el bajo espeso de “Tokyo” puso a Hamn a disparar sonidos circulares de psicodelia sintética y a Brown a despedazar su batería como un pterodáctilo que aletea sobre los tambores. La recta final del show se encaró a puro funk para mover la patita.

Antes de los bises, “Friend Zone” y “Them Changes” fueron los mayores coqueteos con el pop y la alta rotación, aunque siempre con momentos para que la mano izquierda de Thundercat se moviera como limpiaparabrisas por el diapasón. Ya sin anteojos y con toda su cabellera de lana roja a la vista, el saludo de protocolo anticipó el cierre definitivo con “DUI”, la melodía spinetteana que también cierra Drunk.

En una hora y media de show, Thundercat no necesitó rapear para dar cuenta de su esencia hip hopera ni ponerse corbata para probarse jazzero. Al mostrar sentido de pertenencia esquivando los lugares comunes, tal vez Thundercat haya conseguido lo que Leono le pedía a la “Espada del Augurio” en el dibujo animado al que le debe su nombre: ver más allá de lo evidente.

Thundercat