08/02/2016

The Rolling Stones en el Estadio Único: rockas vivas

Mick, Keith, Charlie y Ron, y la enésima muestra de su vigencia.

Carlos Cermele / Télam

Existen vínculos que, por más evidentes que sean, son difíciles de explicar. Dentro de ese universo, la pasión stone local es quizás la más visible, como también la más difícil de traducir en palabras. Desde mucho antes del desembarco de la banda en estas latitudes hace dos décadas, la música pergeñada por Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts y Ron Wood (y sus predecesores Brian Jones y Mick Taylor) caló hondo en un sector de la población que hizo tan propia su obra que terminó por convertirla en quintaesencia de una tribu urbana. Ese magnetismo a la larga resultó ser mutuo, como se puso en evidencia en River en 1995, 1998 y 2006 y, por si quedaban dudas, también estuvo presente este fin de semana en La Plata.

La incondicionalidad stone quedó demostrada de antemano, con un público estoico que no buscó guarecerse de la tormenta intensa que atacó las inmediaciones del Único durante la tarde. El sacrificio valió la pena unas horas después cuando, tras un video introductorio, Richards marcó en su Telecaster el riff de “Start Me Up”. Con la audiencia a punto de ebullición, la cosa siguió con “It’s Only Rock & Roll (But I Like It)” en la que, después de pavonearse por el escenario y la pasarela que se adentraba en el campo, Jagger se puso a bailar extasiado frente a Richards mientras éste tocaba el solo. Un gesto que servía para echar por tierra los rumores de su enemistad, o que al menos sirve para entender que la fricción entre ellos es la que hace que todo funcione.

"Es la primera vez que tocamos en La Plata. Tardamos tanto en llegar que pensé que llegaríamos a Montevideo", bromeó Jagger después de que la banda entrase de lleno en "Tumbling Dice". Dentro del éxtasis generado por ese trío inicial, "Out of Control", de Bridges to Babylon, fue mitad paso en falso, mitad descanso necesario para evitar el desgaste. El respiro duró poco: al momento de elegir el tema más votado por el público desde redes sociales, "Street Fighting Man" volvió a subir la vara. Las cosas se pusieron un tanto más raras en "Anybody Seen my Baby?", con un discreto solo de Wood y un rapeo que incluyó un name dropping azaroso de provincias y ciudades argentinas (Mendoza, Salta, Ushuaia y, claro, Buenos Aires). "Cambiemos", dijo en castellano Mick, y el susto de una eventual bajada de línea política se disipó poco después, cuando lo que siguió fue "Wild Horses".

A medida que pasaban los temas, se establecía la distribución de papeles. Jagger es un maestro de ceremonias que seduce sin necesidad de decir palabra, dueño de unos movimientos que no se condicen con su edad a los que le suma los guiños localistas correctos (alusiones a Caminito y el Parque de la Costa, pero también al choripán con chimichurri de la Costanera). Richards es el único ser humano capaz de salir a tocar con una remera con su cara sin que parezca un acto de vanidad, aporta la mística y la cuota rockera de supervivencia. Al costado del escenario, Wood se encarga de completar todos los espacios que su hermano en armas sostiene a guitarrazo limpio, y Charlie Watts es un metrónomo humano, un baterista que supo ser de los más creativos de su camada, y que al día de la fecha todavía puede aguantarse dos horas y cuarto de show sin arruinar su fina estampa. Cada pieza encaja con la otra, e intentar reemplazar cualquiera de ellas por otra (más nueva, en mejor estado) carecería de sentido.

"Paint It Black" y "Honky Tonk Woman" fueron directo al hueso de esa química inexplicable con la tribu local. Después de la presentación de la banda y sus músicos, Richards tomó las riendas del asunto por un rato. Con una sonrisa tan desencajada como sincera, guió a sus compañeros en sendas rendiciones de "Can’t Be Seen" y "Happy" que, aun con algunas notas puestas fuera de lugar, le valieron la mayor ovación de la noche. En un escenario plagado por recursos hi tech (pantallas, marcos de led, juegos de luces y pirotecnia), "Midnight Rambler" le permitió a la banda volver a sus raíces. Jagger hizo trinar su armónica mientras Wood y Richards se sacaban chispas en un largo intermedio de corte blusero, como si se tratara de una jam session constante. La escena ocurrió ante decenas de miles, pero podría haberse desarrollado en un tugurio con olor a tabaco con la misma naturalidad.

"Miss You" fue otra estocada certera, con Jagger, Richards y Wood blandiendo sus respectivas Stratocaster a lo largo de la pasarela mientras el bajista Darryl Jones sostenía el groove con un solo de tinte funk. Ese espíritu de discoteca eufórica contrastó con una intensa versión de "Gimme Shelter", tal vez la lectura sonora más precisa del fin de varios idealismos al culminar la década del sesenta. "Brown Sugar" encendió una vez más a la tribu, que pareció alcanzar el nirvana con "Sympathy for the Devil". Allí estaba Jagger con un tapado a tono para personificar al mismísimo Lucifer mientras las visuales oscurantistas y el escenario teñido de rojo completaban la atmósfera. Como broche de esa escena, "Jumpin’ Jack Flash" fue la enésima muestra de que el paso del tiempo desaparece del plano cuando los Stones rockean.

Con el aporte de un ensamble coral, "You Can’t Always Get What You Want" mutó de arrullo a himno de estadios, y luego en un blues impensado, gracias al aporte del tecladista Chuck Leavell sobre el final. La última estocada llegó de la mano de "(I Can’t Get No) Satisfaction", y lo que alguna vez fue un esbozo de inconformismo juvenil, con los años se convirtió en quizás el mayor de los himnos rockeros jamás escritos. La escena duró unos diez minutos hasta que, tras el saludo de rigor, los Stones se despidieron sin poder ocultar sus sonrisas. Tienen edades que están entre los 68 y 74 años, y bien podrían limitarse a disfrutar de su tiempo libre. Sin embargo, eligen salir de gira y demostrar su vigencia cada vez que pisan un escenario con la banda que fundaron hace más de cincuenta años. Tienen con qué.

(Fotos: Anabella Reggiani / T4F / Gentileza)