16/10/2016

The Flaming Lips en el BUE: trip y corazón

Wayne Coyne flasheó de más en Tecnópolis.

Bob Dylan

Hay dos cosas que es imposible negarle a Wayne Coyne. Por un lado, el tipo vive en un estado de psicodelia constante, en donde a todo se le puede dar un vuelco lúdico sin temor al ridículo. Por el otro, es alguien que no duda en invertir todo el empeño que crea necesario para llevar a cabo el delirio que se tenga entre manos, ya sea una película sobre la navidad en Marte, una serie de canciones nuevas publicadas en un pendrive escondido adentro de un feto de gelatina, o un show en un festival que no lo tiene como cabeza de cartel.

Si la primera visita de The Flaming Lips a Buenos Aires en 2011 se caracterizó por ser una invitación al estímulo constante con más algarabía que prolijidad, lo que se vivió el sábado en el BUE fue una versión más calculada de los hechos, que tuvo su punto a favor en el repertorio elegido. Pero no todo puede salir bien siempre, y la banda de Oklahoma encontró problemas más de una vez a la hora de ejecutar las ideas y bajarlas al llano con tan solo una hora disponible para tales fines.

A la algarabía de papelitos de colores y golpes de efecto de “Race for the Prize” y el casi fogón indie de “Yoshimi Battles the Pink Robots” (con el escenario decorado con muñecos inflables gigantes de animales y Papá Noel) le siguió el trip a velocidad crucero de “The Gold in the Mountain of Our Madness”. Con una túnica extensa plagada de leds, Coyne se subió a los hombros de un asistente disfrazado de Chewbacca para cantar el tema. La postal de escenario fue efectiva, pero hasta que pudo llevarse a cabo hubo varios minutos muertos entre una tema y otro que jugaron en contra de la continuidad del show.

A la hora de “Pompeii Am Götterdämmerung” el problema fue el mismo, esta vez por la instalación y puesta a punto de un gong cargado de láseres en su marco. Las cosas volvieron a buen puerto en “What Is the Light” y “The Observer”, y también se mantuvieron a medias durante una misteriosamente respetuosa versión de “Space Oddity”, de David Bowie, en la que Coyne cantó desde adentro de su ya conocida burbuja de plástico.

Con muchos menos recursos escénicos a mano, “A Spoonful Weighs a Ton” entregó la mejor faceta de The Flaming Lips, esa en la que la vida se asemeja a una película clásica de Walt Disney vista a través de los poros de un cartón de ácido lisérgico. Esa misma apuesta por lo más simple termina por dejar las cosas con un balance positivo a la hora del cierre con “Do You Realize??”, pero también con la leve impresión de que inclusive para el universo Coyne a veces es necesario establecer el límite entre lo lúdico y lo desprolijo de más.