04/10/2017

The Cult en el Luna Park: las cosas en su lugar

Ian Astbury y compañía reconectaron con sus mejores momentos.

Manuela Uribe / Gentileza
The Cult

El Monumental repleto en 1991. Obras lleno en 1995. El Teatro de Flores a la mitad de su capacidad en 2011. El Luna Park casi lleno anoche. En sus distintas visitas, The Cult ha sufrido en carne propia los vaivenes de su convocatoria, que fueron de la mano de su propuesta artística. El último recuerdo de su paso por Buenos Aires, cuando Ian Astbury salió a cantar en joggineta ante menos de 1000 personas, fue triste y un poco injusto para un grupo de tantas cualidades. Al fin y al cabo, The Cult fue la banda que durante los 90 y en Margarita, Halley y Majadahonda -entre los reductos rockeros más tradicionales- despedía con sus hits a todo el mundo a la pista.

Por suerte, la historia volvió a poner todo en orden en el Luna. A pesar de un notorio retraso de 45 minutos, cuando salieron los primeros acordes de “Wild Flower” desde la Gretsch blanca e inmaculada de Billy Duffy, desde los cuatro costados se notó que esa combustión de energía que solo se produce entre el rock y su público iba a ser de un octanaje altísimo. Ante cada riff, el campo se convirtió en un enjambre agitado como única respuesta posible a esas canciones que son casi una definición perfecta de rock and roll. Ian Astbury tuvo su caudal de voz intacto, chicaneó al público del súper pullman como “fucking VIP”, agitó, recorrió el escenario y vivió cada una de las canciones; su mezcla de darkie inglés de origen, mutado a indio rocker del desierto californiano -con un breve capítulo como imitador de Jim Morrison- le da mucha espalda.

La base contó con una batería a cargo de John Tempesta, con admirables 11 años de estabilidad en el grupo, y el bajo de Grant Fitzpatrick, que podía moverse entre la potencia monolítica que requiere el hard rock y la solidez con clase que viene del dark inglés. Sin embargo, la que se lleva todos los plenos es la guitarra de Duffy. Como todos los talentosos en cualquier disciplina, verlo tocar le hace creer a uno que sintetizar lo más atractivo y contundente del rock es una tarea sencilla, para luego caer en la realidad de que su talento es de esos que no se ven todos los días. Cada riff, cada solo, cada rasgueo que se escuchó anoche en el Luna Park se amplificó hasta cada pecho de los que colmaron el recinto.

La engañosa publicidad de “Electric 30 años” no fue tal en la lista elegida para la noche, pero la elección de temas expuso lo mejor de su repertorio, que estuvo balanceado sobre todo en esa trifecta que no falla: Love, Electric y (en menor medida) Sonic Temple. Los temas que le dieron identidad al grupo sonaron vitales, sin rastro alguno del paso del tiempo. “Rain”, “Lil Devil”, “Nirvana”, “Peace Dog”, “Phoenix” o “Sweet Sould Sister”, bien tocadas, no respetan estados de ánimo y arrasan con todo. Intercalados estuvieron cuatro temas del reciente Hidden City, que no desentonaron y funcionaron como una declaración de principios: The Cult no se va a resignar a vivir solo de su pasado.

El final fue casi un “uno-dos”, como un homenaje a la catedral porteña del box. Primero con una extensa “She Sells Sanctuary”, donde Astbury se permitió jugar por fuera del libreto y hasta hizo un breve homenaje a Joy Division al meter unos versos de “Transmision”. Segundo, un final incandescente con “Fire Woman” para cerrar una noche revindicatoria para The Cult. En los bises, el cierre fue con “Love Removal Machine” -con ese comienzo, que sigue como el mejor homenaje a “Start Me Up” que se haya hecho jamás-, para desatar el pogo generalizado en el frenética recta final. Y, por un rato, el Luna Park fue Margarita, Halley y Majadahonda en un mismo espacio.